Por J. Jesús López García

Los inicios de la Escuela Moderna de arquitectura fueron marcados por una militancia intelectual y política incluso, que se proponía a sí misma como parte de una vanguardia técnica y estética que promovía la ruptura con toda la arquitectura del pasado. Ello era una pretensión hasta cierto punto arrogante, pues si bien las formas resultantes de materiales y procesos de construcción inéditos fueron radicalmente diferentes a todo lo implementado de mediados del siglo XIX hacia atrás, lo cierto es que la racionalidad neoclasicista y la apertura de los constructores de esa etapa a nuevas maneras de abordar el proyecto arquitectónico y su ejecución, fue el principal detonador de lo que habría de considerarse en el siglo XX como la Modernidad en la arquitectura.

Aún así, el tono de ruptura de la Escuela Moderna y lo radical de sus exponentes mas tempranos sí estableció parámetros muy claros para lo que debía ser la composición arquitectónica actual, enfocada a la utilización de materiales como el acero, el concreto y el vidrio, con planos realizados de albañilería que como todo el conjunto, debían manifestarse simples, todo expresando la naturaleza de la nueva arquitectura. Marcar los niveles de la construcción, pero sin los entablamentos tradicionales; los elementos estructurales aparentes cuando se podía, pero sin basamentos ni capiteles; los vanos sólo cubiertos con puertas y ventanas, éstas últimas transparentes.

Ese programa constructivo y compositivo redundó en una arquitectura sencilla, que en su momento de aparición, resultó efectivamente disruptivo -como debió ser la sede en Aguascalientes del Sindicato de los Trabajadores del Ferrocarril ubicado en la Avenida Madero al iniciar los años 40 del siglo XX-, pero a través del tiempo, al irse extendiendo el uso de esos materiales y la manera simplificada de componer con ellos un edificio, esa radicalidad de la diferencia, fue perdiéndose hasta hacerse la manera generalizada de construir: columnas, cadenas y cerramientos de concreto son de uso común, lo mismo que los vanos de proporción horizontal; el acero ya no impone y el ladrillo cocido es de lo más usual.

Es por ello que ahora vemos a los viejos edificios de la modernidad tardía como inmuebles grises, sin tomar en cuenta que fueron ellos los que como veteranos de combates pasados, hace ya varias décadas, se asentaron en el gusto por lo nuevo, y sobre todo, la conciencia de que esa manera de proyectar debía ser pertinente para un siglo que buscaba en la modernidad no solamente su innovación tecnológica, sino también la concepción renovada de igualdad, equilibrio, racionalidad y bien común sin jerarquías inamovibles, sin opacidades ni oscurantismos.

Existe una residencia de la modernidad tardía en Aguascalientes, ubicada en la esquina de las calles Dr. Jesús Díaz de León y Leona Vicario, a escasos metros del templo del Encino. Es una casa que en algo se asemeja a la obra que el arquitecto Le Corbusier (1887-1965) proyectó para la exposición Die Wohnung –La Vivienda- en el barrio Weissenhofsiedlung de Stuttgart en Alemania, hace casi cien años: Un lote estrecho que permite sin embargo una amplia fachada apuntada al sur; sus niveles marcados por las trabes, se desplantan desde una especie de zócalo forrado en piedra que es su piso más bajo; en la planta superior una terraza con una losa que aparenta volar. Este inmueble es uno de los ejemplares de la arquitectura moderna que busca ser contemporáneo sin otro recurso compositivo que el uso de sus elementos constructivos.

Como el ejemplar anteriormente descrito, aún existen muchos en nuestra ciudad, pero éste ha llegado hasta nuestro siglo XXI sin intervenciones mayores, ni siquiera en sus puertas y canceles -que es donde se aprecian las primeras modificaciones-, por ello puede considerarse un buen modelo de lo que fue una modernidad que en su tiempo aún vigente, empezaba ya a mezclarse con gestos posmodernos en nuestra ciudad.

Por otra parte, da cuenta de lo que en su época de construcción se apreciaba en materia de patrimonio arquitectónico, pues a diferencia de lo que tiende a ocurrir en nuestros días, un inmueble así en las inmediaciones de un monumento como el conjunto del Encino y la arquitectura tradicional de las calles de su barrio, sería actualmente turnado de vuelta al arquitecto para la reelaboración del proyecto. Esto es un ejemplo de que en historia, lo que actualmente parece ley, en otro tiempo ni siquiera se veía como recomendación.

En fin, este inmueble, asi como el templo cercano son parte de la misma historia -contada en dos tiempos- de la ciudad de Aguascalientes. El gusto no tiene que ver en su aprecio. De lo examinado, es indudable que hubo un tiempo en la capital acaliteña en donde su población era receptiva a los adelantos en todas las materias y disciplinas, como en nuestro caso, la arquitectura. Es por ello que aún se pueden apreciar múltiples ejemplos de obras que nos muestran lo que en su momento se consideraba lo más nuevo, lo reciente, lo actual y lo moderno.