Cuenta la leyenda que cuando Pitágoras llegó a la ciudad de Fliunte, situada en la península del Peloponeso, conversó con el tirano local llamado Leonte. El gobernante le preguntó a qué oficio se dedicaba y Pitágoras le respondió que no tenía una destreza en particular, sino que era “filósofo”. Como Leonte no conocía esa palabra, Pitágoras le puso como ejemplo las olimpiadas o cualquier fiesta a la que acuden muchas personas. Unas lo hacen para competir, otras para hacer algún negocio y las terceras, las más dignas de consideración, para observar a las otras y todo lo que ocurre a su alrededor. Son esas personas las que se llaman filósofos. Hoy Fliunte se precia de ser el lugar en donde se usó por primera vez la palabra filosofía.

Esa falta de especialización del filósofo en un área específica del conocimiento la recalcaba Aristóteles en su Metafísica:

“Concebimos al filósofo en primer lugar como el que es capaz de conocer el conjunto de todas las cosas, en la medida en que ello es posible, pero sin tener la ciencia particular de cada una de ellas”.

Para Víctor Gómez Pin, filosófica sería “esa singular disposición ante el entorno natural y los abismos del alma humana que, además de Pitágoras, tuvieron los filósofos de la ciudad de Mileto que le precedieron”. Esa pasión por entender el mundo y asomarse al propio interior para alumbrar sus misterios.

Hoy se privilegia con mucho el conocimiento especializado sobre el general y hay razones prácticas para hacerlo. Del conocimiento especializado derivan muchos beneficios materiales que han conjurado peligros como ciertas enfermedades antes incurables y ha generado numerosos desarrollos que hacen la vida mucho menos fatigosa. Eso no se discute. Sin embargo, debe señalarse que esa especialización creciente ha fragmentado la visión panorámica, integral, que otorga el conocimiento general. Lo ideal, aunque difícil de alcanzar, es la posesión equilibrada de ambas formas de conocimiento, de modo que el general sea el sólido cimiento del especializado. La pérdida de la visión general, unida a la frivolización de casi todas las aspiraciones humanas, es tal vez una de las causas de la infelicidad que hoy afecta a muchas personas y sociedades pese a que puedan tener a su disposición un sinnúmero de beneficios materiales.

¿Y los médicos? Ya Galeno afirmaba que el mejor médico es también filósofo. De hecho, Mario Bunge (1919-2020) nos dice en el prefacio de su Filosofía para médicos:

“Aunque el médico pretenda que la filosofía le aburre, de hecho filosofa todo el día. En efecto, cuando razona bien practica la lógica; cuando da por descontado que los pacientes, enfermeras y farmacias existen fuera de su conciencia, practica el realismo ingenuo; cuando supone que también los genes y los virus son reales aun cuando no los perciba, adopta el realismo científico; cuando rechaza la hipótesis de que las enfermedades son de índole y origen espirituales, suscribe una concepción naturalista del mundo; y cuando presta su ayuda sin tener la seguridad de cobrar, practica una filosofía moral humanista. En resumen, el médico filosofa aun sin saberlo”.

A esa filosofía humanista se refiere el doctor Ignacio Chávez con estas palabras:

“Humanismo quiere decir cultura, comprensión del hombre en sus aspiraciones y miserias; valoración de lo que es bueno, lo que es bello y lo que es justo en la vida; fijación de las normas que rigen nuestro mundo interior; afán de superación que nos lleva, como en la frase del filósofo, a igualar con la vida el pensamiento. Esa es la acción del humanismo al hacernos cultos. La ciencia es otra cosa, nos hace fuertes, pero no mejores. Por eso el médico mientras más sabio debe ser más culto… Y no hay peor forma de mutilación espiritual de un médico que la falta de cultura humanística. Quien carezca de ella podrá ser un gran técnico en su oficio; pero en lo demás no pasará de ser un bárbaro, ayuno de lo que da la comprensión humana y de lo que fija los valores del mundo moral”.

En esta etapa de la vida, quisiera poder dedicarme a la filosofía de tiempo completo.