Por J. Jesús López García

Dentro de la tradición barroca novohispana, destacan cuatro modalidades del estilo arquitectónico, cada una con características muy marcadas. Ésta clasificación identificada por el maestro Manuel Toussaint y Ritter (1890-1955) a mediados del siglo XX (Barroco Sobrio, Barroco Salomónico, Barroco por Estípite o Estilo Churrigueresco y el Ultra Barroco), fue acogida y enriquecida por historiadores y críticos del arte y la arquitectura; mexicanos como el historiador Justino Fernández García (1904-1972) o Elisa Vargaslugo Rangel (1923- ). Es una clasificación que depende de la cantidad y el lenguaje de su decoración; también se complementa con una organización derivada del tipo de apoyos.

El barroco novohispano presenta esas modalidades incluso de una manera que se desenvuelve cronológicamente, como si a medida que los arquitectos y constructores virreinales fueran intentando composiciones más atrevidas y cargadas de ornamento conforme fueron sintiéndose más familiarizados con el “horror al vacío” característico del estilo y de la intelectualidad que le acompañó. El barroco inició en la Nueva España con una modalidad más europeizante, se le llama “Barroco Sobrio”, más austero y menos abierto a la decoración; le sigue el “Barroco Salomónico” -como el presentado en la portada de nuestra Catedral-; viene después el “Barroco por Estípite o Estilo Churrigueresco” y finalmente el “Ultra Barroco” -categoría final nombrada así por el pintor Gerardo Murillo Cornado (1875-1964) mejor conocido como Dr. Atl, al que pertenece por ejemplo Santa Prisca, en Taxco, Guerrero.

Por tipos de apoyo, de manera sencilla se clasifica al barroco novohispano por el tipo de fuste de las columnas -más que por su capitel, como en los ordenes clásicos-, así tenemos las tres modalidades representadas por la columna salomónica -llamada así por considerarse que así eran las columnas del Templo del Rey Salomón- que simulan una espiral ascendente; la columna estípite, de forma piramidal invertida y trunca en su base y finalmente, la columna compuesta en que se mezclaban esas modalidades y aun más formas libres. Podemos empatar las dos clasificaciones -por cantidad de ornamento y por tipo de apoyo-, de manera sencilla: El “Barroco Sobrio”, hacía uso de apoyos clásicos casi siempre, pero el “Barroco Salomónico” se decantaba por los salomónicos; por su parte el “Barroco por Estípite o Estilo Churrigueresco” prefería los estípites y el “Ultra Barroco” los compuestos.

En Aguascalientes encontramos portadas barrocas sobrias y churriguerescas y tal vez una -la del templo de la Tercera Orden- con algunos elementos ultrabarrocos con apoyos estípites que luego se fragmentan en otros tipos de sustento inéditos para transformarse finalmente en nichos.

El churrigueresco en las portadas aguascalentenses, está bien representado por los templos de San Marcos, El Rosario -o también conocido como La Merced-, Guadalupe y El Encino del cual se muestra un fragmento de la calle lateral poniente de la portada con una espigada columna de sección circular de fuste estriado y un estípite que en orden ascendente da lugar a una cartela, luego un cubo con una guardamalleta que simula en piedra un ornamento textil y remata en un capitel de roleos jónicos. En la entrecalle se ubica el icono posiblemente de San Juan Evangelista -acompañado por un águila-, dispuesto sobre un modillón. La palabra “churrigueresco” proviene de una ilustre familia de arquitectos y retablistas españoles, los Churriguera dentro de los que destacó José Benito de Churriguera (1665-1725), parte de los arquitectos reales de Carlos II.

La arquitectura barroca de Churriguera era fastuosa y llena de artificio, su influencia en la profusión ornamental fue amplia en España y muchas otras ciudades en la América hispánica, siendo en México donde se terminó por dar el nombre de “Churrigueresco” a la composición barroca muy ornamentada partidaria del uso del apoyo estípite. Cosa curiosa la última pues ese tipo de apoyo no se presenta en la arquitectura de los Churriguera, y sí de manera reiterada en la arquitectura novohispana al grado de ser característica de la arquitectura mexicana virreinal.

José Benito de Churriguera no duró tanto tiempo al servicio del rey español, se le despidió por insubordinación y “presunción”, cosa afín a su arquitectura, desafiante y hasta cierto punto soberbia, pero ello apuntaló su fama al grado de nombrar bajo su apellido a una de las manifestaciones de la arquitectura barroca más ornamentada, elaborada y extravagante.

Indudablemente que los ejemplos churriguerescos que se encuentran en la ciudad de Aguascalientes son dignos de acercarse a ellos con la intención de observar todos sus elementos y ubicar en ellos la profusión de objetos y formas que le son característicos. En la arquitectura barroca todo ornamento tiene una función litúrgica y simbólica, una columna como ésta posiblemente no bastaría para dar “lectura” a una sola portada, pero aun así, puede ser un deleite perderse en esa riqueza compositiva, distraerse en sus formas e imaginar qué era lo que veían en el mundo aquellas personas, ancestros nuestros, a través de una imaginería tan elaborada y a la vez tan cargada de misticismo.

Podemos mencionar que depende de nosotros el conocimiento, estudio y el gozo de las excelsas portadas y los  profusos interiores de nuestros templos acaliteños.