Josemaría León Lara Díaz Torre

En octubre de 1575, en plena consolidación colonial de la Nueva España, es fundada la Villa de Nuestra Señora de la Asunción de las Aguas Calientes, por peninsulares en su mayoría andaluces, en aras a hacer de estas tierras un lugar de paso seguro, para la plata de las minas zacatecanas. Perteneciente a la Nueva Galicia durante la Colonia, para después pasar a ser parte de Zacatecas con la consumación de la Independencia, Aguascalientes no fue un estado libre y soberano sino a hasta 1857.
442 años después de su fundación, en estricto sentido Aguascalientes no ha cambiado mucho, y no es que esto sea algo malo, en realidad analizando desde una óptica regionalista, aun conservamos nuestra identidad y tradiciones. Compararnos con otras entidades federativas, en este ejercicio sería arriesgado, pues las circunstancias en el tiempo que nos han tocado vivir en estas tierras, pueden llegar a ser abismalmente distintas a las que ha vivido Oaxaca, por ejemplo.
A la fecha, son muchos los que se ofenden si Aguascalientes es calificado como un “pueblo” y no como una pujante ciudad fruto del esfuerzo y el desarrollo. Como en contraparte, algunos otros lo hacemos, no en forma de desprecio o descalificativo, sino en una señal de aprecio, cariño y apego a nuestro lugar de nacimiento u origen. Y aunque quizá, no seamos herederos de una rica cultura prehispánica (recuérdese la condición nómada del pueblo chichimeca), más si hemos sido los arquitectos de nuestras raíces, sabiéndonos adaptar a la fortuna que representa nuestra ubicación geográfica.
Para los originarios de estas tierras, probablemente nuestro gentilicio no sea motivo de reflexión y por ende de discusión. Cierto es que el uso reiterado del mismo, ha provocado una especie de oficialización de facto del mismo; “hidrocálido”, etimológicamente se trata de una palabra híbrida, hydro (griego) y calídus (latín). Si utilizáramos un gentilicio con una única raíz etimológica, por ejemplo, del griego, la forma correcta sería “hidrotermopolitano” y si fuera de origen latino, “aquicalidense” sería lo correcto.
Dejando a un lado los purismos lingüísticos, considero que lo correcto es llamarnos aguascalentenses, que, aunque fonéticamente no suena del todo bello, sin duda es mejor que hidrocálido. Partiendo de esto, a la fecha somos un poco más de un millón doscientos mil aguascalentenses, y aunque representamos únicamente el 1% de la población del país, tenemos mucho por lo cual estar orgullosos y que no necesariamente aparecemos en el mapa nacional gracias a nuestra entrañable Feria de San Marcos.
Además, históricamente fuimos testigos de acontecimientos de suma importancia tanto en el movimiento de Independencia, como durante la revolución. Fue aquí, donde el movimiento insurgente le quitó el mando a don Miguel Hidalgo, pasando éste a Ignacio Allende; como también fuimos sede de la Convención Revolucionaria, misma que fue la antesala al constituyente de Querétaro.
Con el crecimiento económico que ha tenido nuestro estado en los últimos años, así como la continuación de los esfuerzos, es probable que nuestro querido Aguascalientes se llegue a industrializar de tal manera, que comience a perder su magia y encanto. Debemos de tomar en cuenta que una cosa no está peleada con la otra, pero si descuidamos aquello que nos diferencia del resto del país por perseguir un ideal de progreso, probablemente en un futuro no muy lejano, seamos una triste y gris ciudad industrial, como muchas otras aquí mismo en el Bajío.
No resta más que enviar una merecida felicitación (retrasada) a esta tierra aguascalentense, de la cual me siento profundamente orgulloso de ser originario.