Jesús Eduardo Martín Jáuregui

(Condolencias.- Comparto su duelo Don Humberto, el de su familia toda, de sus numerosos amigos, de todos quienes tuvimos oportunidad de tratar a la señora Tayde: Una Señora con mayúscula, pilar y sostén, lazo de unión, amable en el más amplio sentido. Dice el koan zen: la yerba crece aunque la maldigas; la flor se marchita aunque la bendigas: es así. Descanse en paz.)

 

Nuestros cercanos parientes en la evolución los primates son curiosos e imitadores por naturaleza. Gabriel Tarde más elegantemente decía que el progreso era trabajo de unos cuantos “avatares” y de una multitud de imitadores: la invención y la imitación. Y en el extraordinario libro de Sociología de Antonio Caso todo un capítulo se dedica a la imitación lógica (cuando hay identidad de motivaciones o necesidades) y la imitación extralógica (copiar por copiar). Los jeans, la playerita, la cachucha y los tatuajes que de repente proliferan no tienen más fundamento que el imitar. Nada que ver con las condiciones del país donde se originan, pero ¡cómo no!, se trata de copiar, y en eso ¡cómo nos vamos a quedar atrás!.

De unos años a esta parte las campañas publicitarias con motivo de la celebración de la Navidad y del Año Nuevo, han impulsado el consumismo como causa y fin de las celebraciones y para eso viene bien apartarnos de la razón de ser de la tradición navideña y de su origen en el nacimiento de Cristo. En lugar de la tradicional salutación “¡Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo!” las campañas de anuncios la han sustituido por la expresión imbécil (en el sentido original de la palabra “sin bastón” es decir sin apoyo), totalmente neutra “¡Felices fiestas!”. Hasta en el arbolote que pusieron como remate del alumbrado de la plaza de armas, alumbrado muy bonito, muy blanco, muy neutro, nada que aluda a la tradición mexicana de la navidad, el mensaje dice “¡Felices fiestas!”, que además resulta redundante, fiesta es sinónimo, estar de fiesta es estar alegre, estar feliz.

Hoy por la mañana tuve el gusto de saludar a un gran amigo (sinagra) que como dice el versito “no pongo nombre ni firma, pa’que no vuele su fama, que el que le quiere y le estima, ya sabe como se llama”. Persona preparada, culta, sensible y creyente y al despedirnos me espetó “¡Felices fiestas!”. Estuve tentado a detenerlo y reclamarle. ¿De qué se trata?. ¿Fiesta?. Y recordé a un asistente de mi Tío Militar (Un hermano de mi papá, que por no tener mas quehacer llegó a General), que cuando le presentaban a una persona esperaba el consabido “Mucho gusto”, para contestar con cierto desparpajo no exento de un barniz de solemnidad “Si para usted es gusto, para mi es regocijo”. La Navidad es en su esencia es mas que una fiesta, en todo caso sería La Fiesta. En un grupo de conversación en el internet la mayoría de los mensajes navideños eran los tales “felices fiestas”. No hay duda, el mal ejemplo cunde. Ha de parecerles “cool”.

Me imagino que en el fondo hay otra motivación mucho mas perversa y en el caso particular de México antipatriota y antinacional. Se trata de desaparecer del imaginario el concepto Cristiano de la Navidad, alejado de la fiesta y centrado en la paz, en el amor, en la alegría, para sustituirlo por otro que no haga referencia al nacimiento de Cristo, la Navidad, para dejarlo solamente en una época de reuniones más o menos etílicas que suplantan las jornadas de espera, preparación, oración en el mejor sentido, para recordar el nacimiento del Mesías. No es imposible suponer que confesiones religiosas que no comparten la creencia de las religiones cristianas (no dijo judíos, por aquello de antisemitismo), apoyen concientemente el desplazamiento del concepto Navidad, que tiene una carga, pésele a quien le pese, de fervor religioso, por el de fiesta, sin mas razón que la fiesta por sí misma.

Para hacer fiesta no requiero pretextos, si no los hay los invento. Quizás el más urgente es la diversión. Éste mundo, este México, tiene tantos motivos de preocupación, de tensión, de crispación, tiene tantas razones para estar insatisfecho, que casi es una necesidad vital la diversión, es decir voltear nuestros ojos a algo menos desagradable, entretenernos en algo diverso de las penurias cotidianas. Las reuniones, con todo respeto, por citar al presidente López Obrador, especialmente las de oficinas o negocios, obligados a convivir porque sí con personas con las que compartimos un trabajo pero nada más, disfrazados de villancicos, en las que la consigna es divertirse a güevo, no dejan de ser insustanciales e intrascendentes ¡cada quién!.

Pero hay algo más, en la suplantación de las tradiciones, hay una intención consciente de debilitar los lazos de unidad y de cohesión que constituyen la nacionalidad. La tradición tiene raíces en creencias, en recuerdos familiares, en vivencias comunes, en los cuentos e historias de los antepasados, en el sentimiento común de pertenencia, o para decirlo en las bellas palabras de García Morente: “la conciencia de un pasado común que se actualiza en el presente y se proyecta hacia el futuro”. Insensiblemente se van perdiendo esos factores de unión y aparentemente se sustituyen por otros que tendrían la misma función social pero, que al ser impostados, carecen de la amalgama que les daban fortaleza y unidad, y que al mismo tiempo son defensa y son coraza. Decía el general Charles de Gaulle que era muy complicado gobernar un país que tenía más de trescientos quesos diferentes, porque en cada provincia tenían el sentimiento de paisanaje pero también el de unidad nacional.

Perder el origen y el sentido de la Navidad, no es sólo y quizá lo más importante perder el sentido de renovación, de reencuentro en la caridad Paulina, y de un código de conducta que en sí mismo es valioso, sino perder cohesión, unidad y fuerza.

Feliz Navidad no es profesión de fe, sino de nacionalidad.

¡FELIZ NAVIDAD!

 

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