Mircea Mazilu

Estimados lectores, en el mes de febrero se conmemora asimismo el derrocamiento y el asesinato de Francisco I. Madero, el hombre que dio inicio a la Revolución Mexicana. El golpe de Estado que tuvo lugar entre el 9 y el 18 de febrero de 1913, conocido como la “Decena Trágica”, culminaba con la muerte el 22 de febrero del “Apóstol de la revolución”. Tras este suceso se abría una nueva etapa dentro del conflicto armado que estalló en 1910, una etapa en la cual las ansias de poder provocarían numerosos enfrentamientos, sublevaciones, guerras civiles y asesinatos.

Tras la derrota del Ejército Federal ante los ejércitos revolucionarios en la Ciudad Juárez, Porfirio Díaz renunciaba al poder el 21 de mayo de 1911. Después del breve gobierno del presidente interino León de la Barra (25 de mayo-6 de noviembre de 1911), Francisco I. Madero asumía finalmente la presidencia de la República el 6 de noviembre de aquel mismo año.

Madero trató desde el principio de desmantelar el sistema porfirista a través de la sustitución del personal y la introducción de nuevas reformas. Durante su gobierno se redujo fuerza a los poderes Ejecutivo y central, mientras que se reforzaron el legislativo, el judicial y las autoridades estatales y locales. Asimismo, Madero fue defensor de prácticas democráticas, tales como las elecciones libres, la libertad de expresión y la no reelección del presidente. Por último, trató de mejorar las condiciones de los trabajadores en general y concedió amplias libertades civiles.

No obstante, a lo largo de los 15 meses que duró su mandato el coahuilense tuvo que hacer frente a numerosas manifestaciones y sublevaciones protagonizadas por opositores políticos y líderes revolucionarios. Entre los levantamientos más importantes en contra del gobierno maderista descollaron los encabezados por Emiliano Zapata, Bernardo Reyes, Félix Díaz y Pascual Orozco. Pero, todos ellos resultaron aplastados por el régimen.

Sin embargo, el 9 de febrero de 1913 estalló un golpe de Estado perpetrado por varios cuerpos militares de la Ciudad de México que cambiaría la suerte del maderismo para siempre. La “Decena Trágica”, como se le conoce a este alzamiento, culminaría con la muerte del propio Francisco I. Madero.

Primero, los alzados liberaron de la prisión a Félix Díaz y Bernardo Reyes, quienes habían sido encarcelados por los actos conspiratorios que habían cometido anteriormente en contra del régimen. Inmediatamente después, los sublevados trataron, aunque sin éxito, de tomar el Palacio Nacional. Durante este asalto Bernardo Reyes resultó muerto, mientras que el general maderista Lauro Villar fue herido. A causa de la lesión de este último, Madero entregó el mando del movimiento al general Victoriano Huerta. Pero lejos de obedecer al presidente, el nuevo caudillo militar lo traicionaría de inmediato. El 18 de febrero Huerta acordó con el rebelde Félix Díaz el “Pacto de la Ciudadela”, en el que se desconocía al gobierno de Madero y se fijaba su derrocamiento. Al mismo tiempo, el documento reconocía a Huerta como presidente provisional de México.

Al día siguiente, las tropas de Huerta capturaron a Francisco I. Madero y al vicepresidente José María Pino Suárez, forzándolos bajo tortura a renunciar a sus cargos. En seguida, la presidencia fue asumida por el secretario de Relaciones Exteriores, Pedro Lascuráin, quien gobernaría por tan sólo 45 minutos. No obstante, éste tuvo tiempo suficiente para nombrar como Secretario de Gobernación a Huerta, quien de inmediato se convirtió en presidente interino.

Una vez con el poder en sus manos, Victoriano Huerta ordenó ejecutar a Francisco I. Madero y José María Pino Suárez. Éstos fueron asesinados el 22 de febrero de 1913 en el Palacio de Lecumberri. Este mes se cumplen 107 años de este crimen que cambió el curso de la Revolución Mexicana. La toma del poder por parte de Victoriano Huerta provocó el descontento de los revolucionarios y la reanudación de la lucha armada, la cual no cesaría hasta el año 1917. Si el “apóstol” no hubiera sido eliminado, o Huerta no hubiera tomado el poder, probablemente la revolución no habría resultado tan larga y sangrienta.

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