Moshé Leher

Los meses en la banca me regalaron una libertad de la que no disfrutaba desde… ¡Desde nunca! Iba a decir que desde la infancia, pero la tengo ya tan lejos, e idealizada, que hay que desconfiar de la memoria que, lo sabemos o deberíamos saberlo, es ingrata y pérfida (romántica, insoluta). Dicen, y algo habrá de verdad, que la ociosidad es la madre de todos los vicios, lo que en mi caso no se aplicó, pues cuando el trancazo de la pandemia mis vicios ya tenían mucho tiempo conmigo.

Pero al grano: asumí que, para mi bien y mi salud mental, debería aprovechar que, de repente y luego de cuarenta años, estaba sin trabajo, lo que en mi caso era la imperdible oportunidad de alejarme de los centros del poder, que es lo mismo que decir de los poderosos, gente fascinante, la verdad, pero que bien deberían entrar a la clasificación de las malas compañías.

Asumiendo que en política nadie es inocente, me puse a releer esa obra tan monumental como deplorable que es ‘Los Héroes’ de Thomas Carlyle, para tratar de entender esa vieja fascinación de tantos por el Poder, así con mayúscula, pues resulta irónico que nos encanten –en el sentido de los encantadores de serpientes-, sujetos que llevan desde tiempos inmemoriales haciéndonos la vida de cuadritos.

Hay que leer a Tácito, a Carlyle y a tantos otros, para dejar en claro que para que unos cuantos tengan protestad sobre nosotros (nuestras vidas, nuestros bienes, nuestro futuro…), el resto, los que Tagore veía como ‘triturados por las ruedas del poder’, es necesario que el hombre como tal renuncie, al menos parcialmente, a su soberanía sobre sí mismo, lo que no puede ser sino obra de la coacción; primero por la fuerza, después aludiendo a poderes sobrenaturales y, ahora mismo, por la suposición de que en estas deplorables democracias, los poderosos nos representan.

Queremos suponer que nuestras democracias se construyeron sobre acuerdos colectivos, según lo afirmaban los que han afirmado tal cosa (Locke, Montesquieu), lo que me llevaría a las muchas reflexiones de los sabiondos (una palabrita que le acaban de enseñar a nuestro presidente), cuando las páginas de ‘Los Héroes’ nos recuerdan, entre ataques de náusea, que los hay que se sienten superiores y dueños de nuestros destinos, y los que quieren suponer que eso es parte de algún orden divino.

Pero eso es teoría y poca cosa más, amén de que por este camino voy directo a meterme a hablar de la deplorable política y de nuestra actual emergencia: la de un sujeto que quiere abolir nuestra frágil democracia porque camino de Tabasco (que queda muy lejos de Damasco), una luz no le tumbó del caballo, sino que lo subió al burro de su trágica necedad, que es una forma de no hablar de López Obrador, que no es un ser trágico como los héroes de Carlyle, sino en sí una tragedia.

Pero lo mío es más modesto: la oportunidad inapreciable de dejar las trincheras del periodismo para no tener que tratar con nuestros poderosos vernáculos, nuestros tiranuelos locales –y los aspirantes a convertirse en parte de su tribu sagrada-, que creen que porque el sol proyecta su sombra de pigmeos y la alarga, no son sino pigmeos. Todo, aclaro pues yo no quiero ofender a nadie, con perdón de los pigmeos.

Estos meses en casa, leyendo, releyendo, haciendo como que pienso, me han evitado muchos tragos amargos, tal vez el mejor de ellos, no enterarme de las muchas sandeces que dijeron, y dicen, los candidatos que han de ser votados este domingo, en su afán de sacrificar sus horas, su vida y su sangre para el bien de todos nosotros.

Ajeno a esta contienda, y aquí debo aclarar que de cualquier manera me declaro un demócrata, pero de los de verdad, mucho me llamó la atención el concurso en la contienda de tres personajes que ya probaron las dulces mieles del poder y volvieron por más: la señora Rivera, el ex gobernador Reynoso y el ex alcalde de cuyo nombre no puedo acordarme (me acuerdo y me vienen ganas de vomitar, perdón).

Afortunadamente se acabó el espacio y de estos tres ejemplares políticos, hablaré ya el martes, para que nadie diga que intenté manipular el voto de ninguno, pues si de los tres no tengo nada bueno que decir, de los demás candidatos, especialmente de ese germen de apellido Ávila, tampoco es que se pueda decir nada medianamente halagüeño. Lo único que puedo hacer es invitarles a votar y luego hablamos.

@MosheLeher: Facebook, Twitter e Instagram