Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Delfina Gómez Álvarez, la nueva secretaria de Educación Pública, tiene muchas cosas que le pueden facilitar el desempeño de sus funciones administrativas, pero tiene otras que le dificultarán la gestión. Cuenta con la ventaja de ser maestra, y sabe lo que un maestro requiere para lograr buenos resultados en la enseñanza y también sabe lo que los niños necesitan para su aprendizaje. Son elementos valiosos que le servirán para la toma de mejores decisiones en su cargo. Política y administrativamente conoce el teje y maneje de los asuntos sindicales, fue secretaria general de una de las secciones del Estado de México, dependiente del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), en la época de Elba Esther Gordillo Morales; y también ha tenido tratos con la Coordinadora. Fue presidenta municipal de Texcoco, diputada federal y candidata al Gobierno del Estado de México por parte de su partido MORENA.

Por tanto, con las nociones y experiencias pedagógicas, políticas y administrativas, la maestra Delfina Gómez tiene lo necesario para poner en alto la educación del país; pero (nunca faltan los peros), ser maestro no siempre es garantía para ser un excelente directivo o excelente funcionario en la gestión educativa; como tampoco el ejercicio de la política es suficiente para ser un buen político o un extraordinario administrador. En el mejor de los casos, depende de la maestra y de las circunstancias para realizar un trabajo relevante en el cargo.

En cambio, uno de los factores que puede complicar la administración de la maestra Delfina Gómez, en la Secretaría de Educación, paradójicamente, es la obsesión centralista del presidente de la República. La maestra bien puede tener ideas novedosas que conduzcan, al sistema escolar, hacia la excelencia educativa; y también puede tener la mejor intención de apoyar con herramientas electrónicas a maestros y alumnos que carecen de ellas; incluso, puede tener un proyecto (necesario) para mejorar las condiciones físicas y el equipamiento de las escuelas; no obstante, en el Gobierno quien toma las decisiones unipersonales y dice lo que ha de hacerse, es el presidente de la República. Y en el ámbito educativo, el presidente ya dijo, desde hace dos años, “misión cumplida”; es decir, que ya cumplió sus dos compromisos de campaña: acabar con la Reforma Educativa de la administración anterior y anular la evaluación docente. En tal virtud, ya no hay más que hacer, la educación ya no está entre sus preocupaciones; ahora sólo queda esperar que los maestros, por sí solos, otorguen educación de excelencia como lo establece el Artículo Tercero reformado. En relación con la planta física de las escuelas, el presidente ya determinó cuántas y cuáles han de ser mejoradas, a través de los padres de familia con el dinero efectivo que se les entrega. Por otra parte, la austeridad franciscana no permite más apoyos a las escuelas, por eso han desaparecido programas y se han hecho recortes presupuestarios. Las escuelas pueden trabajar con lo que tienen.

Si la maestra Delfina Gómez está consciente de las condiciones de las escuelas y sabe del bajo nivel de aprendizaje imperante, sobre todo en educación básica, entonces estará de acuerdo en que hay mucho qué hacer en el campo educativo; además, estará de acuerdo que no es suficiente acabar con una reforma educativa para que la educación mejore en automático. Se necesitan: nuevas ideas, recursos de operación, acciones planeadas, coordinación de esfuerzos y evaluaciones periódicas para ver mejorías y avances; independientemente de lo que el presidente crea o imagine. ¿Será capaz, la maestra, de convencer al presidente para cubrir lo mucho que falta en el sector y para reorientar la educación hacia la excelencia? o, ¿tan sólo se concretará a recibir instrucciones? La disyuntiva es: ser secretaria de Educación o un florero más.