En este mes de julio se cumplen 48 años de que me convertí por primera vez en extranjero al emigrar de España a México. Esa condición la perdí oficialmente hace 20 años, cuando me naturalicé mexicano. Así que fui extranjero durante 28 años. Una experiencia interesante, con su puntita de saber agridulce, sobre todo cuando tiene uno que hacer ciertos trámites ante instancias gubernamentales y, en mi caso, cuando se lo echan a uno en cara como si fuese un defecto o una minusvalía, como llegó a suceder con algunos y algunas colegas. Por eso, una de mis canciones favoritas es No me llames extranjero, interpretada por Alberto Cortez y Facundo Cabral:

“…No me llames extranjero, traemos el mismo grito
El mismo cansancio viejo que viene arrastrando el hombre
Desde el fondo de los tiempos, cuando no existían fronteras
Antes que vinieran ellos, los que dividen y matan
Los que roban, los que mienten, los que venden nuestros sueños
Los que inventaron un día, esta palabra, extranjero”.

Desde luego, yo no me siento extranjero ni en México ni en España. Sí me siento así en los Estados Unidos, no en lo académico, pero sí en muchos de los aspectos fundamentales de la vida, todo eso que incluimos en la palabra «cultura». Algo han de notar ellos, porque cada vez que he viajado a aquel país, sus agentes aduanales me detienen y confinan en un cuarto durante unos minutos para verificar mis intenciones y para asegurarse de que no represento ningún peligro que frustre sus planes de «hacer a América grande otra vez».

Y ahora, de pronto, surge otra segregación que me ha vuelto a poner en el lado de los extranjeros, de los inmigrantes. Me explico: todos nos maravillamos con los niños de hoy, nacidos en las últimas décadas, mecidos con el discreto arrullo de los dispositivos «inteligentes» y amamantados con datos. Algunos afirman que son los heraldos de un nuevo salto evolutivo que empezó cuando los australopitecinos bajaron desde la copa de los árboles al suelo de la sabana africana en el Gran Valle del Rift.

Los ve uno teclear en las pantallas con ambos pulgares a una velocidad que nosotros, pobres homínidos apenas diferenciados del neandertal, somos incapaces de reproducir. Según algunos, son los primeros ejemplares del Homo digitalis. Ya se les llama los «nativos digitales». Quienes los precedemos, que aprendimos tras penosos esfuerzos el manejo de esos dispositivos, somos considerados «inmigrantes digitales». En pocas palabras: somos extranjeros en el metaverso.

Michel Desmurget califica de mito al Homo digitalis:

«Otra objeción fundamental que plantea con frecuencia la comunidad científica frente al concepto de nativo digital tiene que ver con la pretendida superioridad tecnológica de las nuevas generaciones, de las que se dice que, por estar inmersas en este nuevo mundo, han adquirido un nivel de dominio que queda completamente fuera del alcance de los fósiles predigitales. Una hermosa leyenda que, por desgracia, también conlleva problemas mayúsculos. De entrada, y salvo que alguien pueda demostrar lo contrario, fueron precisamente los benditos fósiles predigitales quienes «crearon (¡y, a menudo, siguen creando!) esos sistemas y entornos». Además, al contrario de lo que aseguran las felices creencias populares, una rotunda mayoría de nuestros aprendices de geek [adicto a la tecnología] muestran un nivel de dominio de las herramientas digitales cuando menos débil tan pronto como se los saca de los usos lúdicos más elementalmente básicos».

A diferencia del paso de extranjero a naturalizado que di en 2004, en esta ocasión me aferro a la condición de inmigrante digital porque el metaverso es un mundo al que no pertenezco.