Por J. Jesús López García

Uno de los rasgos de las ciudades con base en la agricultura tradicional es su autocontención en su capacidad de expandirse. Los cíclos agrícolas tienen la facultad de establecer parámetros de crecimiento paulatino que redundan en un proceso de consolidación gradual. Por su parte las ciudades de vocación industrial se involucran en un proceso de expansión en su huella urbana que presenta un rápido crecimiento físico y demográfico. Ese proceso trae consigo por un lado, una disparidad en la distribución de la riqueza de sus habitantes y por otro lado, un dinamismo económico fértil para la expansión económica.

Aguascalientes tuvo en su origen una economía basada en la agricultura de subsistencia -a través de sus huertas-, en la ganadería y en el comercio, todo ello sujeto a la cadena de producción de las minas de plata de la región zacatecana. Durante su periodo novohispano la ciudad, considerada “villa”, fue un poblado pequeño, que hasta llegar el periodo independiente, y gracias a su condición de nodo en una nueva ruta productiva con los Estados Unidos como polo principal, finalmente comenzó a alojar en sus inmediaciones una importante planta industrial -los talleres del Ferrocarril Central Mexicano y la planta de la Gran Fundición Central propiedad de la familia Guggenheim- que desde fines del siglo XIX hasta nuestros días marcó la nueva vocación productiva de nuestra ciudad y de nuestro estado.

La industrialización en Aguascalientes hizo que la ciudad -nombrada con esa distinción a mediados del siglo XIX- se expandiese exponencialmente en territorio y en población en el último siglo y medio de manera más amplia y contundente de lo que lo hizo en los casi trescientos años previos  de su existencia. Ante ese crecimiento la tierra urbana que anteriormente era un insumo para la producción, comenzó a revalorarse bajo las leyes de un mercado inmobiliario en creciente auge.

El fenómeno que seguimos observando en la expansión territorial de la capital de Aguascalientes a través de desarrollos habitacionales -en su mayor número- que exhiben precios cada vez más elevados, tiene su origen a fines del siglo XIX e inicios del siglo XX con las tierras pertenecientes a la Hacienda de Ojocaliente de la familia Escobedo-Diaz de León, al oriente de los talleres ferrocarrileros cerca de los que se ubica la estación de tren, puerta moderna de llegada y despedida de la ciudad. Ese estatus hizo que los terrenos aladeños se empezaran a cotizar con vigor.

Por una parte, hombres de negocios que buscaban terrenos cercanos a las vías para construir bodegas para almacenar sus inventarios -como lo que hizo el señor Juan Douglas, que incluso delineó para tal efecto la calle que ahora es Vázquez del Mercado-, por otro lado para los intereses operativos de los talleres, grandes solares cercanos sirvieron para disponer una lotificación moderna al servicio de la vivienda de los trabajadores -las colonias Gremial y del Trabajo- y por último los terrenos cercanos al viejo casco de la hacienda, del Hotel Escobedo y del balneario de los Baños de Ojocaliente, fueron un primer movimiento del mercado inmobiliario donde el producto era la casa como patrimonio, más que la rentabilidad de las bodegas o la utilidad de una colonia obrera.

La colonia Héroes fue uno de los primeros fraccionamientos si bien no fue nombrada de esa manera -los primeros fraccionamientos con esa asignación llegarían unos cincuenta años después: el Fraccionamiento Primavera y el Fraccionamiento Jardines de la Asunción-. El potencial de esa zona de la ciudad como base de un desarrollo inmobiliario rentable para vendedor y compradores fue visualizado por el matrimonio Escobedo, los propietarios de la tierra y por el múltiples políticos y hombres de negocios, que mediante la COCOHA -Compañía Constructora de Habitaciones de Aguascalientes- desarrollaron un esquema de negocio que sigue siendo en sus partes generales, el que usan los inmobiliarios modernos.

Aquel desarrollo fue el arranque de una nueva modalidad de urbanismo en Aguascalientes que transitando del Plano de las Colonias y del Plano Regulador, ha llegado hasta nuestro sistema actual de planeación urbana. Como rasgos de ese primer momento de planificación moderna quedan las calles en diagonal de la zona, los lotes generosos, la imagen de la Alameda como un paseo y no pocas casonas como la que se encuentra ubicada en la calle General Anaya No. 206, con su lenguaje señorial todavía de paños sobre el paramento, pero con un zaguán que parece más un porche -al estilo norteamericano- detrás de un pequeño peristilo que termina en tres arcos, vanos enmarcados con jambas, dinteles y frontones en cantera tallada, todo rematado por una cornisa con cuatro piñas a manera de trofeos. Esa es la arquitectura que sirve de transición de la tradición local agrícola a la modernidad de nuestra actualidad industrial.

Es así como se ha llevado a cabo el desarrollo urbano de nuestra ciudad aguascalentense, la cual a lo largo de 445 años ha pasado de ser una “villa” a una metrópoli con tintes cosmopolitas, con amplia trascendencia tanto nacional, así como de forma internacional.