Luis Muñoz Fernández

En la deliciosa conversación que sostienen el paleontólogo Juan Luis Arsuaga y el escritor Juan José Millás en La muerte contada por un sapiens a un neandertal, divertido e instructivo toma y daca que de vez en cuando me arranca una sonrisa, éste pregunta ¿de qué son el resultado entonces la vejez y la muerte?, a lo que aquél responde tajante: “Para la biología evolutiva, son el resultado de la acumulación de mutaciones perjudiciales que se expresan a esas edades”. Si no fuésemos humanos, o si al menos no fuésemos primates, después de la edad reproductiva no duraríamos vivos gran cosa. Es lo que asegura Arsuaga cuando afirma que en la naturaleza sólo hay plenitud o muerte.
Juan Luis Arsuaga es de los científicos a ultranza, que no admite más realidad que la que la ciencia puede registrar, por eso no ve ninguna utilidad evolutiva en la vejez y la muerte. Sin embargo, no todos los científicos están de acuerdo con ese punto de vista. Algunos consideran que la vejez ofrece ciertas ventajas evolutivas para nuestra especie, lo que se ha denominado “la hipótesis de la abuela”, pero dejaremos este tema para el 28 de agosto, cuando celebremos a nuestros abuelos.
Theodosius Dobzhansky (1900-1975), biólogo y genetista de origen ucraniano y uno de los fundadores de la síntesis evolutiva moderna (la unión de la evolución darwiniana con la genética mendeliana), afirmaba que “nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución”. Hoy en día, la realidad de la evolución biológica es prácticamente indiscutible y está suficientemente probada en los hechos. Sólo algunos fanáticos religiosos y otros ignorantes siguen empeñándose en negarla.
Otra cosa muy distinta es estar de acuerdo en el mecanismo a través del que opera la evolución. La mayoría de la comunidad científica considera que ese mecanismo es la selección natural, que se basa en la conservación y propagación en la descendencia de aquellas mutaciones del genoma que surgen al azar y que brindan alguna ventaja para adaptarse a las condiciones cambiantes del medio ambiente y, en sentido opuesto, en la eliminación de aquellas mutaciones aleatorias que representan alguna desventaja. Sin embargo, cada vez es más evidente que existen otros mecanismos cuya influencia no puede ser subestimada y que ayudan a entender mejor la evolución misma.
He aquí una explicación evolutiva de las enfermedades crónico-degenerativas tan frecuentes en las sociedades desarrolladas: debido a diversos factores culturales como las medidas higiénicas, las vacunas y otros avances de la medicina, hemos conseguido vivir varias décadas más de las que nos había destinado la naturaleza. La selección natural no puede eliminar los posibles factores genéticos adversos que producen estas enfermedades porque las mutaciones que las provocan se activan durante esas décadas que vivimos de más, cuando la selección natural ya no puede actuar porque somos demasiado viejos para reproducirnos. En pocas palabras, somos víctimas de nuestro propio éxito.
Vamos a dejar abierta la posibilidad de seguir escribiendo sobre este tema en una cuarta parte.

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