Luis Muñoz Fernández

Randolph M. Nesse y George C. Williams, en su libro ¿Por qué nos enfermamos? La nueva ciencia de la medicina darwiniana, se preguntan cómo es que un cuerpo con un diseño tan exquisito, tiene mil defectos y flaquezas que nos hacen vulnerables a la enfermedad:

“Si la evolución por medio de la selección natural ha dado forma a mecanismos tan sofistificados como el ojo, el corazón y el cerebro, ¿por qué no ha desarrollado medidas para evitar la miopía, los ataques del corazón y la enfermedad de Alzheimer?… La respuesta más común –que la selección natural no es tan poderosa– es errónea. En su lugar, hay que comprender que nuestro cuerpo es un manojo de compromisos”.

María Martinón-Torres es una médica y paleontóloga gallega que dirige el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH) de Burgos, España. El Centro está allí porque en aquella provincia se encuentra el importantísimo sitio arqueológico de Atapuerca, un conjunto de yacimientos arqueológicos y paleontólogicos con algunos de los restos fósiles humanos más antiguos de Europa. En el yacimiento de la Gran Dolina se descubrieron los restos del Homo antecessor, con una antigüedad de 800 mil años, y en la Sima del Elefante se han encontrado fósiles del género Homo de hasta 1.2 millones de años de antigüedad. También se han encontrado allí restos del Homo heidelbergensis, del Homo neanderthalensis y del Homo sapiens.

En la línea de las ideas de Nesse y Williams, la Dra. Martinón-Torres ha publicado recientemente Homo imperfectus. ¿Por qué seguimos enfermando a pesar de la evolución?, en donde señala lo siguiente:

“Con frecuencia, la enfermedad es tratada como la excepción, como la anormalidad, como la letra pequeña o la nota a pie de página de la vida. Y, sin embargo, la enfermedad ha modelado aspectos clave de la aventura de nuestra superviviencia y nuestra adaptación… En la naturaleza, raras veces la enfermedad es compatible con la vida, suele ser, de hecho, el final de ésta. Sin embargo, entre los seres humanos, la enfermedad no sólo está presente y puede ser compañera crónica a lo largo y ancho de la vida, sino que las personas llegan a adueñarse de ella, a desarrollar incluso un estilo propio en su forma de vivirla: desafiarla, rendirse, indignarse, ignorarla… Quizá el lector se asombre al descubrir que muchas de las impefecciones biológicas de la humanidad esconden claves adaptativas que definen nuestra estrategia de supervivencia”.

Estas reflexiones de la doctora Martinón-Torres me parecen muy interesantes. Es verdad que hace años que conocemos algunas enfermedades que son ejemplo de mecanismos de adaptación. Tal es el caso de la anemia de células falciformes, un defecto genético de la hemoglobina de los glóbulos rojos que apareció en regiones de África en las que el paludismo es endémico. En estos lugares, padecer esta “enfermedad” les permite a los “pacientes” resistir mejor la infestación del agente palúdico. El parásito es incapaz de sobrevivir en el interior de los glóbulos rojos con la hemoglobina anormal.

Pero ejemplos como éste nos parecen extravagancias, cosa de los lejanos y misteriosos países tropicales. ¿Qué pensaríamos si esas ideas sobre el papel de la evolución pudiesen aplicarse a enfermedades que son mucho más comunes entre nosotros? Creo que merece la pena que sigamos explorando lo que María Martinón-Torres expone en su obra. Así lo haremos en la tercera parte.

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