Luis Muñoz Fernández

Apenas empezaba a escribir estas líneas, cuyo tema decidí escasas horas antes, cuando el Dr. Eduardo Poletti, distinguido dermatólogo de Aguascalientes, me envió por WhatsApp un artículo publicado esta misma semana en The New England Journal of Medicine sobre la situación de la viruela del mono o viruela símica (perteneciente al simio), declarada recientemente emergencia sanitaria mundial. El archivo electrónico del artículo lleva como título “Monos, simios, humanos y Charles Darwin”. No sé si ese título se lo puso el Dr. Poletti, cuya inventiva léxica no conoce límites, pero viene a cuento de lo que escribiremos a continuación.

Llama la atención que la medicina actual, cuyo énfasis en lo biológico es tan abrumador que incluso ha reducido los trastornos mentales a meros desequilibrios electroquímicos del cerebro, se haya ocupado muy poco de valorar la influencia de la evolución de nuestra especie en la aparición y desarrollo de las enfermedades y el desenlace inevitable de la muerte.

Por fortuna, esta situación está cambiando y son cada vez más las publicaciones que aparecen sobre este tema. Por mencionar algunas, Why we get sick. The new science of darwinian medicine (1994), El mono obeso. La evolución humana y las enfermedades de la opulencia: diabetes, hipertensión, arterioesclerosis (2004), Evolution in health and disease (1999, 2008), Principles of evolutionary medicine (2009), El mono estresado. Todo lo que usted necesita saber sobre el estrés, su prevención y tratamiento, como nunca se lo habían contado (2012).

En esta línea podemos recomendar por su amenidad no exenta de rigor las dos obras escritas recientemente al alimón por el agudo observador y escritor Juan José Millás y el paleontólogo Juan Luis Arsuaga: La vida contada por un sapiens a un neandertal (2020) y La muerte contada por un sapiens a un neandertal (2022). Ambos conversan en un tono relajado (salvo momentos esporádicos) y de manera muy ingeniosa sobre los aspectos físicos y psíquicos de la naturaleza humana como resultado de los millones de años de evolución biológica.

Ante las imponentes figuras de un elefante y una jirafa en el Museo de Historia Natural de Madrid, Arsuaga le hace notar a Millás que el paquidermo muestra un llamativo escroto cuando en realidad los elefantes macho carecen de él, ya que guardan sus testículos en el interior del abdomen. Así sucede con otros pocos mamíferos como los cetáceos. Ese escroto fue un error del taxidermista a la hora de disecar al elefante. Eso da pie a que Millás y Arsuaga se pregunten cómo logran mantener los elefantes sus espermatozoides por debajo de la temperatura corporal, condición necesaria para que puedan fecundar los óvulos de las elefantas. Otro misterio de la biología.

También es fascinante la explicación de Arsuaga sobre el diseño genético de la arquitectura corporal a base de módulos (un módulo para la cabeza, otro para el tórax, uno más para el abdomen, etc.), es decir, formada por bloques armables que luego se van especializando. Esta disposición parece haberse originado en un organismo similar a un gusano que vivió hace unos setecientos millones de años. De ahí venimos todos.

Seguiremos hablando sobre esta cuestión la semana próxima.

 

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