Luis Muñoz Fernández

Cuando fueron descubiertos los primeros fósiles del hombre de neandertal y tal vez debido a la tosquedad de los rasgos faciales que se adivinan en aquellos cráneos, se pensó que nuestros primos encajaban perfectamente en el estereotipo del hombre de las cavernas obtuso y torpe. Como todos los prejuicios, el conocimiento científico lo ha reemplazado por una concepción distinta y casi opuesta. Las nuevas recostrucciones de su aspecto, que se basan en técnicas modernas, nos muestran sujetos que, de ir vestidos como nosotros, podrían pasar desapercibidos y confundirse con el resto de los humanos modernos. Desde luego que hay diferencias físicas significativas entre ellos y nosotros.

En lo personal, siento mucha simpatía por los neandertales, al punto de considerarme en parte miembro de esa especie. La idea no es descabellada. Quienes tienen ascendencia no africana han heredado entre el 1.5 y el 4% de genes que provienen de los neandertales. Es así porque los sapiens y los neandertales no sólo coexistieron en Eurasia, sino que llegaron a aparearse y tener descendencia unos 50 mil años atrás. Los estudios de secuenciación realizados en los fósiles de aquellos homínidos han detectado genes que están también presentes en el hombre moderno.

Como en otros aspectos de nuestro genoma, los números son engañosos y con frecuencia lo cuantitativamente modesto (nosotros tenemos casi el mismo número de genes que el Caenorhabditis elegans, un gusano que mide un milímetro) tiene repercusiones cualitativamente relevantes. Estudios recientes han relacionado la aparente pequeña herencia de los neandertales en nuestro genoma con el desarrollo de diversas enfermedades.

Svante Pääbo, el mayor experto mundial en paleogenómica, la nueva disciplina que estudia los genomas de los fósiles, afirma que no todos los genes de los neandertales son malos: “a veces protegen de una enfermedad y en ocasiones hacen a las personas más susceptibles a otra”. Los mismos genes que protegieron a nuestros ancestros en la prehistoria, hoy nos causan enfermedades. Los genes son los mismos, lo que ha cambiado son los estilos de vida y el medioambiente.

Se ha cruzado la información de bases de datos clínicos con la información genética de poblaciones de ascendencia europea y se ha encontrado la relación de los genes neandertales con cierta proclividad a desarrollar trombos en los vasos sanguíneos. Para los neandertales, expuestos a las heridas infligidas por los depredadores, una rápida coagulación de la sangre protegía de morir desangrados o evitar las hemorragias fatales tras dar a luz bebés de cabeza grande. Conservar estos genes durante la vejez (nuestros primos morían mucho antes) nos predispone hoy al desarrollo de trombos en las arterias coronarias o cerebrales, por ejemplo.

También se ha descubierto la relación de esos genes con ciertas condiciones neurológicas como la depresión, el desarrollo de lesiones precancerosas de la piel y algunas deficiencias vitamínicas. Asimismo, se han vinculado con la incontinencia urinaria y otros trastornos urológicos, las alergias, la adicción al tabaco y, recientemente, con las formas graves de COVID-19. No todo es malo. Otros genes ancestrales se han asociado a una potente respuesta defensiva contra los hongos y, sobre todo, las bacterias.

Rebecca Wragg Sykes, autora de Neandertales. La vida, el amor, la muerte y el arte de nuestros primos lejanos, nos dice: “A medida que avancen las investigaciones sobre cómo actúan los genes de las personas, podremos contar historias más precisas sobre la herencia neandertal impresa en nuestros cuerpos”.

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