Por J. Jesús López García

91. Jardín Manuel CarpioSin duda, una de las mejores cualidades de los espacios públicos es la multiplicidad de experiencias que se da cita en ellos. Su inherente apertura a toda la población –aunque se antepongan desafortunadas cercas– le suceden eventos experimentados al amparo del azar presente en el encuentro de los transeúntes, que desde diversas procedencias geográficas y sociales, terminan por coincidir en un espacio y un momento determinados, por ello el encerrar actualmente un espacio público se limita esa experiencia comunitaria, pues el cerramiento de jardines, plazas y plazoletas tradicionales, fueron diseñados y construidos para una comunidad regida por pautas estructuradas fuertemente por la separación de los estamentos sociales, como el Jardín de San Marcos; aun así, el conjunto era visitable por toda la población en las horas en que la autoridad determinaba su apertura, además que accesos y elementos limitantes eran motivo de un esmerado cuidado arquitectónico, que otorgaba al sitio buena parte de su personalidad en conjunto con su masa arbórea.

Hoy, a las explanadas comunes libres, depositarias de experiencias, hay que agregar el tiempo, estableciendo en estos sitios estructuras paralelas a la paisajística: la arquitectónica y la urbana. Esa organización equivalente, establecida por el tiempo –inmaterial físicamente– es por lo demás, tan importante como los pavimentos del lugar. La apertura a todas las experiencias humanas que un espacio público pueda inspirar, permitir, inducir o simplemente albergar, termina en muchas ocasiones por cristalizar en eventos surgidos del consenso ciudadano, incluso de manera independiente a los designios de la jurisdicción que resguarda a esos sitios.

El Jardín Carpio, sin una iglesia cercana, ni estar próximo a algún distrito en que la actividad comercial o referente a la prestación de servicios sea especialmente significativa para la población que no tiene una relación directa con la zona, es un lugar reconocible, si no para toda esa población, sí para una buena parte de ella. Se localiza en un nodo urbano en que la llegada desde el norte de la ciudad al centro o la salida hacia Zacatecas, se bifurca de tal manera que configura un terreno de forma triangular irregular, delimitado al suroeste y sureste por las avenidas Independencia y Petróleos Mexicanos respectivamente y al norte por la escuela pública del mismo nombre que el jardín. Posee unos senderos internos que de manera recta o serpenteante convergen al centro del solar a la usanza tradicional. Su vegetación es un páramo verde, que junto a la vegetación de la Avenida Independencia, es lo más memorable de una zona donde no destaca alguna edificación en particular.

Mas el Jardín Carpio es uno de esos sitios cuya evocación, más que por sus características espaciales o botánicas, se recuerda por lo que periódicamente transcurre en él. Y es que el inicio de la temporada navideña se puede constatar en nuestra ciudad por el establecimiento en sus inmediaciones de un mercado provisional dedicado a las fiestas de diciembre, como también meses atrás se convierte en el punto de llegada de los peregrinos que procedentes de Jesús María, desde ahí se dirigen a la Catedral para celebrar a la Virgen de la Asunción. Esas cualidades que el Jardín Carpio ha hecho suyas son potenciales bondades que otros espacios públicos pueden provocar. Sólo es necesario abrirles para dar cauce a la experiencia comunitaria, permitiendo el libre tránsito en esos conjuntos, evitando barreras, con fines de seguridad o mantenimiento tal vez. Como poco o nulamente pendientes de su verdadero funcionamiento urbano, los habitantes acaliteños van apropiándose de la ciudad a través de la utilización diversa de esos lugares.

Así, la coincidencia de tiempos, personajes, intereses y experiencias, irán estableciendo pautas y requerimientos hasta crear y consolidar tradiciones de las que no sólo el recuerdo de un jardín, una plaza o un atrio, se manifestará en la memoria colectiva; también lo harán las eventualidades que en el tiempo tienen ocasión, fortaleciendo los vínculos de los pobladores y su ciudad, de los vecinos con los residentes, midiendo el éxito genuino de todo diseño urbano, y no una complejidad, rebuscamiento, sofisticación e integración de elementos accesorios que nada aportan al conjunto.

Así como hoy se ofrece slow food, en contraposición de la fast food, los habitantes aguascalentenses requerimos conjuntos para el disfrute cotidiano de manera lenta, pausada, tranquila, utilizando de manera consuetudinaria los jardines, las plazas, las plazoletas y todos aquellos rincones que se alzan como espacios que ofrecen remanso, tranquilidad y una generosa sombra acompañada con el trinar de los pájaros y la gente a la que amamos; sin más, vivir la vida.