Moshé Leher

Mientras convalezco, que esta monserga no acaba de terminarse, no puedo sustraerme a cómo se llenó la televisión, la poca que veo para matar los ratos muertos -y sí, es claro que no me la paso el día leyendo a Joyce-, tan llena de hermosos mensajes navideños.

El mensaje explícito debe ser, supongo: usted es cristiano y entonces debe estar rebosante de calor interior por la próxima celebración del nacimiento de Jesús, Jesús que además de ser padre de una doctrina poderosa (de renuncia, de perdón, de fraternidad y lo que usted quiera y guste), es hijo de Dios y es Dios mismo, ergo regale un programa Amigo de Telcel, unos chocolates Ferrero Rocher o un perfume de Dior.

Le salta a uno el corazón de alegría.

Cuando me canso de tanta hermosura, o me pongo a leer, o me pongo a ver el techo; cuando hago esto último aprovecho para divagar cualquier tontería y, muy a mi pesar, a recordar navidades de la prehistoria.

Mis mejores navidades las pasé en solitario: en un apartamento de Guadalajara, en un tren Talgo que iba de Barcelona a Madrid, en casa viendo un partido de la NBA, aunque de eso les cuento luego, que tengo que guardar algo que escribir para los áridos días que me vienen.

De lo que quiero hablar fue de esas navidades de nuestra infancia, de algunas en que sabíamos, pero fingíamos que no, que nuestros regalos estaban ocultos en un pequeño diván de la casa de la abuela, donde me enteraba si ese año llegaría la Scalextric, o el castillo Exin o el Meccano, que fueron siempre mis peticiones; la bicicleta, que pedí por años, nunca llegó.

Resulta que, echo mano a los recuerdos, al hijo de una prima de… lo había dejado hecho papilla un camión de volteo, o un Ruta Apostolado o un Valiant Acapulco, que voy a saber yo, de tal manera que de bicicletas ni hablar.

Nunca faltaban esos coches patrulla o ambulancias, o el Mustang súper moderno, que funcionaban con mando a distancia, que es un decir, pues en esta época de cero cables, se nos olvida que mando a distancia era un cachivache, con dos botones, o tres, que iba conectado al vehículo en miniatura en cuestión por dos metros de cable, lo que hacía que uno tuviera que acompañar al artilugio para cualquier recorrido de más de esa distancia.

Y como Jesús había nacido en Belén (en abril, según los estudiosos más serios sobre el Jesús histórico), y habíamos sido niños buenos, y sí no para eso contábamos con la ceguera de nuestras madres que se olvidaban de nuestras tropelías (los padres las habían redimido a golpes), pues allí estábamos todos la mañana del 25, entrenándonos en el arte del tanto tienes y tanto vales, abriendo cajas de Juguetes Mi Alegría, de Lili Ledy y poca cosa más, pues soy de una generación anterior, mucho, a Mattel.

Pronto el gozo se iba al pozo, cuando reparábamos en el pequeño lema que acompañaba a muchos de estos juguetes, los que iban a pilas: ‘este artículo no tiene baterías’, que era al fin como llegar a una isla desierta con un par de puros habanos, pero sin cerillas.

Esto le debe sonar a los más joven como una extrañeza, primero porque supongo que los juguetes de hoy (y parece que los móviles y las tabletas lo son), no necesitan un pilón Rayovac de 12 voltios, y si necesita una batería la lleva de Litio y recargable en cualquier enchufe de casa; y, segundo, porque si alguien ahora necesita unas pilas, pues va a un supermercado o a una de esas tiendas que hay cien cada kilómetro cuadrado, las compra y asunto arreglado.

Pues no, amigos míos cuya juventud envidio: yo vengo de una época tenebrosa donde un 25 de diciembre no existía ningún comercio abierto, ni supermercados, ni menos una de esas tiendas llamadas de conveniencia (¿conveniencia para quién?), que son otra de las atrocidades que nos trajo la modernidad.

No abundo en esas imágenes de niños regados por media ciudad, como hordas de hunos, buscando en vano a algún abarrotero ateastro que abriera y vendiera pilas, ni las burlas de los niños a los que sí les habían traído su bicicleta y, obviamente, pilas no necesitaban.

Shalom Shabat.

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