Moshé Leher

Suelo no hablar, ni siquiera acordarme, de estas cosas, aunque algo diré en la efeméride del segundo aniversario de los hechos, que se cumplen justo este fin de semana, el sábado para ser más preciso.
Dirigía yo una empresa que recibí arruinada y que se acabó de ir a pique con el asunto ese de esa pandemia que, al parecer, ya pocos recuerdan; como un balón de oxígeno asistí, en la Ciudad de México, a una reunión de una iniciativa de Google que, si se cumplían los requisitos y si el proyecto les llenaba el ojo, nos echarían un lazo, de esos que al final llevan atado un salvavidas.
Unos días antes, con engaños como ya se estilaban allí, asistí a una reunión donde había algunas personas cuya presencia era ajena, suponía yo, a lo que se estaba cociendo: fue una encerrona: me reclamaban el mal estado de las cosas -del que alguna culpa tenía yo, obviamente-, pero sobre todo… En algún momento un conocido -muy conocido- profesional de la injuria, me reclamó que en mi posición me abstuviera de insultar a un hombre público.
Explicaba, o intentaba hacerlo, que: primero, yo soy muy poco de insultar; segundo, que a mí el señor al que se me exigía que ofendiera, no me había hecho nada; y, tercero, que no me había hecho periodista ni para insultar a nadie y menos para hacer de la palabra soez mi forma de vida; en todo caso, dije, si de eso se trata, pongo a vuestra disposición mi cargo.
No sabía yo que, no es que la guillotina estuviera suspendida sobre mi cabeza, sino que mi cabeza hace tiempo ya había rodado, pues mientras yo buscaba cómo sacar al buey de la barranca, a escondidas, como los rateros (o como los rateros antes de AMLO), ya estaba decidido que yo me iba de allí porque me iba.
La efeméride es anecdótica: usando mi nombre y mi prestigio como informador y como persona, a mis espaldas, por supuesto, se difundió una burla pedestre contra el extraño ‘enemigo’; yo dije que eso era una bajeza, que yo no prestaba mi nombre para esas movidas chuecas y que dejaba en ese mismo momento el cargo; un asunto del que en su día algo se habló y cuyos detalles seguro muchos conocen mejor que yo.
Para no hacer de mi desgracia una tragedia, y dejarlo en una comedia mal representada, aquí es que viene el chiste cubano.
Un sujeto, cubano él, desesperado (la mujer fugada con un balsero, la hija jinetera, los padres marxistas leninistas y delatores, el desempleo, la muerte civil, el hambre), decide que la vida ya no es digna de vivirse y decide salir por la llamada puerta falsa; un problema: es tan pobre que no tiene forma de adquirir una pistola, ni siquiera un veneno, ni tiene acceso siquiera a un trozo de soga… Una idea luminosa le enciende la cabeza: salir a la calle y gritar a los cuatro vientos consignas contra Fidel, contra Raúl, contra la dictadura, la policía secreta; seguramente en pocos segundos la policía, los cuerpos de la represión y hasta la muchedumbre acabarían con él, a balazos o por linchamiento, terminando así su desvivir.
En cambio el sujeto, que sigue vivo, camina cabizbajo por el Vedado, con las mejillas inflamadas a punto de la elefantiasis.
-¿Qué pasó? -le pregunta un guajiro, al que había confiado su plan suicida.
-Pues que estaba yo frente a la Casa Blanca dando mueras a los Castro, a la Revolución, al marxismo leninismo, a la represión… Y luego cada uno de los que pasaba allí me daba un pellizco en la mejilla y me decía “estamos contigo, chico”.
El chiste es malo y su poca y relativa gracia pertenece a lo oral, aunque lo cuento porque después de mi salida aquella, recibí tantas palmadas en la espalda, que no me dejaron pando de puro milagro.
Ya ni hablar del trabajo que me ofrecieron y luego… O del amigo aquel que me ofreció un empleo, yo creo que suponiendo que no lo aceptaría (cuando dije que sí desapareció y es hora que no sé de él); ni de… Ni de nada, pues yo estoy contando una historia y no haciendo reproches: tampoco soy muy de andar reprochando nada.
Shalom shabat y después más paz y después más gloria.

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