Por J. Jesús López García

72. Estación del trenHacia 1830 se completó la primera línea ferroviaria moderna entre el puerto de Liverpool y la ciudad de Manchester, con base en el diseño de George Stephenson empleando en gran medida los avances en las máquinas de vapor que el escocés James Watt patentó alrededor de sesenta años atrás. Con esos hitos de la historia se apuntala lo que hoy conocemos como “Revolución Industrial” que es la consolidación técnica y tecnológica de la Era Moderna, iniciada históricamente en el Renacimiento.

Aquellas invenciones británicas además de generar una enorme cantidad de obras y procesos fundamentales para comprender la manera contemporánea de experimentar la cotidianeidad social, económica y política, fueron útiles también en la disciplina arquitectónica, propiciando la aparición de géneros nuevos de edificios, hasta ese momento completamente inéditos. Naturalmente ese hecho fue posible por la convergencia de la revolución técnica y tecnológica con los fundamentos universalistas de la Ilustración, por los que se llega al ideario moderno de la sociedad democrática, para la que quienes hemos nacidos iguales, podemos acceder a derechos iguales.

De esta forma emergieron las condiciones para pensar en ciudades abiertas al flujo de personas y de productos sin otras cortapisas más que las provistas por marcos regulatorios tendientes a proporcionar orden e igualdad de oportunidades a todos, al menos en espíritu.

Los nuevos géneros arquitectónicos incluían los correspondientes a la producción industrial –naves fabriles–, a los servicios administrativos –oficinas públicas o privadas–, a los espacios ciudadanos –jardines públicos, mercados fijos en un sitio, teatros y museos– y aquellos que acompañaron a los medios de transporte masivos.

El tren era una vía de pasaje, que al igual que los barcos y ahora los aviones, vino a romper con las maneras terrestres de viajar; su rapidez y capacidad de carga hicieron más eficientes los procesos de traslado, de aprovechamiento de insumos y de facilitar la transacción de bienes y productos; ello debía obedecer por consecuencia lógica a estrategias de organización para establecer horarios y para definir espacios donde acoger a los contingentes de personas y cargas de objetos que debían salir desde un sitio, o bien, los que llegaban a él.

Las estaciones de ferrocarril se convirtieron a lo largo del siglo XIX y principios del XX en las representantes de la modernidad móvil, y a la vez, en esas cápsulas de tiempo y espacio en que converge lo que se va y lo que llega. El tren adquirió un aire simbólico de nostalgia que aún acompañaba a la modernidad de hace un siglo. El Expreso de Oriente, por ejemplo, fue un icono del viaje a sitios exóticos a bordo de artefactos de alta tecnología –para entonces–. La máquina de vapor se empleó de manera extensa en barcos también, pero en las estaciones de tren se daban la mano lo extraordinario y lo cotidiano.

 En la Finlandsky Rail Terminal de San Petersburgo, inició Lenin la Revolución Rusa y Tolstoi ubicó unos cuarenta años antes en el ajetreo normal de la estación de Moscú, el suicidio de Anna Karénina –la estación donde Anna conociese a su amante Alekséi Kiríllovich Vronsky.

La estación del tren de Aguascalientes tiene poco más de cien años, y coronó en su momento la construcción de naves fabriles dedicadas a la industria ferrocarrilera que inició cerca de treinta años atrás. Su lenguaje formal hace juego con referencias de aire mediterráneo al andén externo que propicia el contacto directo de los interiores del tren y el edificio, con el exterior; los muros de ladrillo amarillo recubren un esqueleto prefabricado de hierro y madera que aluden a las innovaciones constructivas que se implementaban por primera vez en la metrópoli.

Como tantos edificios públicos de la tradición moderna temprana, la estación no sólo debía ser funcional, sino a la vez representar esa innovación sin socavar las convenciones compositivas aún vigentes; de ahí que el inmueble muestre su simetría marcando en el eje central el reloj, símbolo de la precisión técnica del tiempo que acompaña al flujo de los trenes. Las estaciones –para el tránsito terrestre, aéreo o marítimo– se constituyeron como puntos de despedida y bienvenida de las ciudades, cartas de presentación de ellas que podían evocar lo bueno del sitio al que se llegaba o del que se partía.

 Nuestra estación ferrocarrilera ya no funciona como tal, pero afortunadamente la finca continúa de pie, dispuesta para recibir a todo aquel que desee viajar en el tiempo hasta cien años en el pasado acaliteño.