Por J. Jesús López García

Las vanguardias que moldearon el arte y el pensamiento contemporáneos surgieron hace cien años, y aún siguen teniendo resonancia en nuestra actualidad. Este año festejamos el centenario de la Bauhaus, escuela seminal de arquitectura y diseño que además de su experimentalidad fue uno de los bastiones del pensamiento libre ante la inminencia del totalitarismo extremo en ese momento representado por el nazismo.

Por ello, por su filo experimental y por lo revolucionario de su liberalidad intelectual, las vanguardias que dieron inicio a la modernidad son aún contempladas y apreciadas como parte viva de nuestro tiempo y no tanto como parte de nuestra historia pasada.

La modernidad era parte de un credo en que lo presente se debía manifestar como superior a lo pasado y el futuro como mejor que el presente. Actualmente, sin embargo, lo moderno se expresa más que en esa confianza y en esa esperanza, en la actualización tecnológica. Incluso logros incuestionables de la modernidad como la búsqueda de la igualdad, la inclusión o la preocupación medioambiental son parte de ese reajuste dependiente más de las modas que del verdadero espíritu de cambio que la modernidad posee como su principal carta.

Es por ello que como arquitectos o como amantes de la arquitectura y de la ciudad, debemos procurar el aprecio de aquello que es fiel a su espíritu más que a lo pasajero de alguna tendencia. Desde esa óptica lo antiguo apegado a su momento histórico y al aliento de la sociedad que lo produjo ya no nos parece tan vetusto e inadecuado, como las portadas barrocas del siglo XVIII que obedecían a un tardío pero vigente impulso de la contrarreforma de la Iglesia católica, en ese momento, en la Nueva España, episodio que marcó para bien o para mal a nuestra comunidad; o la infraestructura ferrocarrilera, epicentro detonador de nuestra industrialización aún vigente.

Sabiendo apreciar la arquitectura entenderemos nuestra historia y el conocer nuestra historia, parafraseando a George Santayana (1863-1952), evitaremos repetirla para enfocarnos en nuestro presente, planeando nuestro futuro.

Volviendo a la modernidad arquitectónica, como todo aquello radicalmente renovado, su enfoque era vitalmente encauzado a su presente, evitando las referencias al pasado que se presentaba como ya superado y decadente. Hoy en día el ayer ha sido revalorado, revisado y criticado pero ya no descartado, incluso la modernidad es considerada bajo las mismas formas de la crítica, tratando de reintegrar sus aportaciones a nuestro mundo posmoderno.

Dejando a un lado las complejidades del historicismo, las formas de la modernidad aún están vigentes en nuestra arquitectura. De cuando en cuando nos encontramos con edificios como la residencia ubicada en el Paseo Juan de Tolosa esquina con Hernando Martell, en el fraccionamiento Jardines de la Asunción, que es parte de un acervo que fiel a la geometría y a la sencillez del movimiento moderno, se conserva muy bien cuidado.

La casa presenta una composición horizontal que se distribuye en franjas longitudinales de macizos -enfatizados con recubrimientos variados y homogéneos- y vano. Es una obra de agradable espíritu moderno que nos remite a una época en la vida local -los años sesenta y setenta del siglo pasado en que se construyó la casa-, pero que no carece para nada de actualidad pues el inmueble bien conservado, continúa siendo parte del tiempo que hoy vivimos.

La modernidad, continúa como parte integral de nuestra vida, sea por filiación, adscripción u oposición. Casas como la presente son marcadores arquitectónicos que sirven para referenciar la vigencia de esa modernidad. Lo deseable es que lo moderno sea visto como una manera de ser y de enfocar el mundo más que una moda a la que hay que acudir o a la que, por lo contrario haya que repudiar. La modernidad aún tiene mucho que aportar. Si comparamos la arquitectura del edificio del Sindicato Ferrocarrilero con la del templo de San Antonio, nos encontraremos dos paradigmas arquitectónicos diferentes, y ello en dos edificios distantes alrededor de treinta años entre sí. Lo que nos aleja de esta residencia comentada son casi cincuenta años y lo que la separa de sus modelos modernos originales -de los años 20 y 30 del siglo pasado- son más de cuarenta. Llevamos más de 100 años de modernidad arquitectónica y dicha modernidad aún es paradigmática en nuestra arquitectura y en nuestras ciudades.

Más que un estancamiento en la manera actual de pensar y producir arquitectura o en la manera en que la apreciamos, tal vez la modernidad reclama una nueva ojeada; su discurso más que agotado vuelve continuamente para validar lo que producimos en nuestro tiempo.

De la misma manera que la casa del Paseo Juan de Tolosa, existen múltiples ejemplos en el fraccionamiento Jardines de la Asunción de 1956, el cual se presentó como un semillero de múltiples obras con un carácter eminentemente moderno. No cabe duda que la ciudad aquicalidense se alzó como una metrópoli que iba a la vanguardia arquitectónica desde los años treinta y cuarenta, particularmente los cincuenta. Al deambular por el fraccionamiento admiraremos las obras arquitectónicas.