Selene Velasco
Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.-De no tener ni para comer, Esperanza Mejía pasó a ser el único sustento de su familia.
Asegura que un comedor gratuito le cambió la vida y en medio de la crisis por la pandemia de Covid-19 es ahí donde sigue superando retos.
Hace 12 años, recuerda, pasó frío, carecía de un hogar y los ingresos por lavar y planchar ropa ajena no alcanzaban para la renta, gastos, su comida y la de sus cuatro hijos.
A veces, entre los cinco compartían una sola ración en el día.
Un día, una vecina, en el Barrio San Lorenzo, en Xochimilco, le habló de un comedor gratuito, al que ella y sus hijos acudieron durante un año en el que pasó de ser comensal a ayudante, su pago: la comida para cada uno de los integrantes de su familia nuclear.
Luego de un año, en el comedor quedó una vacante por lo que Esperanza fue contratada.
La pandemia la convirtió en el sostén para los cubrir gastos médicos de su esposo diabético y la alimentación para toda la familia, se encargó de su hija embarazada y del desempleo familiar. Además, se enfrentó a las pérdidas monetarias de no poder colocar un puesto en la calle por la contingencia.
“Mi esposo trabajaba de guía de turistas en el embarcadero y se quedó sin trabajo, mis hijos también. Yo tenía que ver para la comida de toda la quincena, los medicamentos, que ya no había jabón, era una presión muy grande, una carga muy grande para mí.
“Toda la presión que sentía la dejaba ya y volvía a levantarme y decía ‘tienes que echarle ganas, Esperancita, porque tú eres como el pilar de toda esta familia, si tú te caes todo se va ir hacia abajo”, cuenta.
Su rutina se modificó. Aunque todavía despierta a las 6:00 horas para realizar actividades en el hogar y llega a las 10:00 al comedor, ya no asiste a clases de danzón, de computación y de secundaria en línea, como antes.