Jesús Guerrero
Agencia Reforma

TIXTLA, Guerrero.-Han pasado seis años de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa y sus padres resienten ya en su salud el cansancio de la larga búsqueda de 2 mil 160 días y la frustración ante la falta de esclarecimiento y justicia en el caso.
La mayoría de los padres carga con enfermedades crónicas, como diabetes e hipertensión arterial, explica el diácono y presidente del Centro de Derechos Humanos “Minerva Bello”, Filiberto Velázquez Florencio.
El 8 de febrero del 2018, en la comunidad de Omeapa, en Tixtla, murió de cáncer la señora Minerva Bello, madre de Everardo Rodríguez Bello, uno de los 43 estudiantes desaparecidos.
Don Tomás Ramírez, padre Julio César Ramírez, uno de los tres normalistas asesinados a tiros la noche del 26 de septiembre en Iguala, falleció en diciembre del 2018.
La primera murió sin saber el paradero de su hijo y los dos sin ver que el Gobierno les hiciera justicia.
“Es tortuoso el camino que sufre una persona que tiene un familiar desaparecido; no puede dormir, pierde el apetito, económicamente le va mal y, lo peor, se enferma”, señala Velázquez Florencio, quien da acompañamiento a los padres de los 43.
Don Bernabé Abraján, padre del normalista desaparecido Adán Abraján de la Cruz, cuenta que el año pasado, justo en estas fechas de septiembre, estuvo hospitalizado por dengue y no pudo participar en las protestas.
“Yo ahora sí ando bien de salud y voy a participar en las movilizaciones”, externa.
Para él, además de su salud, el principal problema que enfrenta es el económico.
Relata que es peón de albañilería y, con la pandemia por el Covid-19, las obras se pararon y durante varios meses no ha tenido trabajo.
“Aquí, en Tixtla, está muy difícil conseguir chamba y se puso más peor con esta pandemia del coronavirus. Si a mí me agarra esa enfermedad, yo creo que sí me muero”, afirma.
Pero el que sí se contagió del Covid-19 fue don Ezequiel Mora Chora, padre de Alexander Mora Venancio, a quien en diciembre del 2014 la entonces Procuraduría General de la República(PGR) dio por muerto al dar positivos los resultados de ADN de una muela y un pedazo de hueso hallados en el río de Cocula.
Don Ezequiel, quien no cree que su hijo esté muerto, cuenta que él empezó con los síntomas del coronavirus el 20 de mayo.
“Empecé con dolores en el cuerpo, gripa y una poco de tos, pero pensé que era resfriado y que eso pasaría”, señala el hombre, vecino de la comunidad de El Pericón, municipio de Tecoanapa.
Se preocupó cuando notó que esos malestares no se le quitaban y comenzó con dificultad para respirar.
“Fui con un médico del Centro de Salud y me dijo que lo más probable es que tenía era coronavirus. Me dio medicamentos y aquí en el pueblo me recomendaron muchos tés de hierbas”, dice.
“No fui al Hospital de Ayutla, porque dicen que ahí la gente se muere por la mala atención”.
En la casa de Ezequiel se enfermó también su hermana, además de un vecino.
“Ellos salieron pronto porque son jóvenes”, afirma.
Confiesa que durante las semanas que vivió con el virus tuvo miedo de morirse y dejar a sus dos nietas, Gael y Larisa, desamparadas.
Don Ezequiel empezó con la enfermedad en mayo y fue hasta el 20 de agosto cuando pudo salir a la calle y realizar sus labores cotidianas.
Para el activista Filiberto Velázquez, si el Gobierno localizara vivos a los jóvenes, seguramente eso traería a sus padres un remanso de paz y una mejor salud.
Mencionó el caso de doña Minerva Bello, quien desde la desaparición de su hijo se enfermó de cáncer y, pese a que luchó hasta el final, murió.