
En la última semana del pasado mes de agosto, la Secretaría de Educación Pública consultó al magisterio nacional si los alumnos deben o no llevar celular a la escuela, debido a que hay muchas quejas en el sentido de que el celular distrae la atención de los alumnos en el desarrollo de las clases y que, entre otras cosas, genera acoso escolar o bullying, que redunda en serios problemas en el proceso educativo.
Según el secretario de Educación, en la mencionada consulta, de un millón y medio de trabajadores del sistema escolar, respondieron 565 mil 396 maestras y maestros, de los cuales el 81,5 % pide regular el uso del celular en la escuela; aunque hay personas que accedieron a la plataforma de la consulta y contabilizaron un 90 % de docentes que opinan que los alumnos no deben llevar celular en las aulas, para evitar el desorden en las clases, el acoso escolar y los conflictos por las redes sociales. Evidentemente, las preguntas en la encuesta no fueron las correctas.
Destacados pedagogos e interesados en la educación de niñas, niños y adolescentes sostienen que no es prohibiendo el celular en la escuela como se deben resolver los problemas, pues, en los tiempos actuales, no se puede educar en la escuela sin tecnología. El problema no es la tecnología; el problema es evitar que los estudiantes piensen, razonen, cuestionen, sepan seleccionar información y que aprendan mediante el uso de las herramientas tecnológicas. No es correcto preguntar si se ha de prohibir o no el celular en la escuela, sino en qué momento, por cuánto tiempo, cómo y para qué debe utilizarse el celular. Por otra parte, el uso adecuado del celular es corresponsabilidad de los padres de familia, quienes deben estar atentos con sus hijos para darse cuenta del tiempo que lo usan, el tipo de contenido que consultan y orientarlos para que el celular esté a su servicio y no viceversa.
Habrá que insistir en que la responsabilidad de educar y formar el buen comportamiento de los educandos no tan solo es de la escuela, de las maestras y los maestros; educar también es responsabilidad del hogar, de los padres, de toda la familia. Si maestras, maestros y padres de familia unen esfuerzos por el buen uso del celular, también están uniendo esfuerzos en el propósito común de mejorar los aprendizajes, de elevar la calidad de la educación y de formar en los alumnos y en los hijos personas honestas, responsables, respetuosas, emprendedoras y productivas. Queda el ejemplo de países que, en algún tiempo de su historia, tuvieron bajos niveles de aprendizaje y una situación económica precaria; con el esfuerzo conjunto de maestras, maestros y padres de familia, lograron elevar la calidad educativa y, con estudiantes bien preparados, transformaron las condiciones de su contexto, y hoy sus habitantes viven y disfrutan de un desarrollo de grandes progresos.
Por todo lo anterior, en lugar de nulificar la tecnología en la escuela, llámese celular, tableta o inteligencia artificial, se deben aprovechar estos adelantos para enseñar a los estudiantes a seleccionar lo realmente útil de la información, investigar, cuestionar, comparar, analizar, formular hipótesis, verificar y construir proyectos de vida, para bien de sí mismos, de la familia y de la sociedad entera. El celular y la inteligencia artificial jamás sustituirán a la maestra y al maestro, pues siempre serán necesarios sus servicios, su guía, su orientación y su acompañamiento; y en este proceso de enseñanza-aprendizaje, el celular y la inteligencia artificial deben ser herramientas de apoyo para distintos trabajos académicos y para mejorar procesos y resultados. Lo único que se debe evitar es que el ser humano esté al servicio de la tecnología, porque la tecnología es una herramienta al servicio del progreso humano.








