Ricardo Vargas

Dentro del análisis económico el uso de indicadores estadísticos se vuelve esencial para medir y entender la evolución de diferentes variables a través del tiempo. Tal es el caso de los indicadores económicos más populares (PIB, desempleo, pobreza, desigualdad, inflación, etc) que sin ser economistas ni matemáticos, hemos escuchado en repetidas ocasiones. La naturaleza del indicador no es necesariamente buena ni mala, sino que apunta a ser simplemente una herramienta de medición que nos pueda dar información que sea comparable a través del tiempo gracias a una metodología definida por la que se recopila y se analiza la información disponible.

El tema de indicadores económicos es siempre controversial cuando se atraviesa por una crisis económica, pues dichos indicadores arrojan valores negativos o poco alentadores, únicamente retratando en valores la realidad de la situación económica que atraviesa un país o una región. De manera intuitiva, cuando se vive una bonanza económica o un período de auge, los indicadores son siempre noticias alegres pues de igual forma arrojan valores positivos, que realmente no son más que la aproximación más cercana a retratar lo que se está viviendo. Así pues, los indicadores irán bien cuando la economía vaya bien, e irán mal cuando la economía así lo haga.

Razón de ello, es que nuestro presidente quiera satanizar el indicador del Producto Interno Bruto (PIB), a pesar de que fue uno de sus principales argumentos durante su campaña política; que iba a llevarnos a crecer al 6% anual dejando atrás el “mediocre” crecimiento del 2% que en promedio registramos durante el período que él llama neoliberal. Esto se da después de que en 2019, un año donde no hubo presiones económicas internas ni a nivel internacional, tuvimos un crecimiento del 0%, y se da también en la antesala de lo que apunta a ser la peor crisis económica desde 2008 ya que se espera que la economía mexicana se contraiga alrededor del 7% en 2020. Por eso nos dejó de gustar el Producto Interno Bruto.

Los argumentos que se usan para descalificar al PIB no son del todo erróneos, sino que hay mucho de cierto en ellos, aunque quizá explicados de mala manera. Si bien es cierto que el PIB no mide distribución de la riqueza ni desarrollo económico, nunca ha pretendido hacerlo. El PIB ha apuntado siempre a medir todos los bienes y servicios que produjo una economía en un año y que se traduce como el crecimiento de la misma, mientras que el desarrollo económico incorpora (además del crecimiento) la distribución de la riqueza y diferentes variables como nivel de educación, seguridad, salud, etc. Es cierto que el PIB sólo mide crecimiento, y también es cierto que crecimiento no garantiza desarrollo ni bienestar. Pero es igual de cierto que sin crecimiento no hay generación de riqueza, y si no hay generación de riqueza no hay nada qué distribuir en la población.

El nuevo “índice de bienestar” que el presidente quiere construir incorporaría indicadores que ya existen y que desde hace décadas se publican; desempleo, pobreza, felicidad, desigualdad, acceso a seguridad social, etc. Son todos indicadores diferentes, y que estudian diferentes variables de la economía. No busquemos suplir a la variable de crecimiento económico con sonrisas y con índices utópicos. Si no hay crecimiento, no habrá nada.

 

Para llevar.

Hablando de indicadores económicos y de la forma en la que pueden ser manejados a conveniencia de quien los platique, se ha vuelto común ver a nuestro presidente presumir las remesas que entran a nuestro país provenientes de los Estados Unidos. Las remesas no son más que recursos que envían trabajadores mexicanos o mexicoamericanos (que laboran en EEUU) a sus familiares que radican en nuestro país. La razón de la sola existencia de las remesas se debe a que en nuestro país no existen oportunidades laborales suficientes para muchos trabajadores. Ciertamente esto no es un problema de hace dos años, pues existe desde hace varias décadas, pero el hecho de que veamos un incremento importante en las remesas no es algo que debamos presumir, sino todo lo contrario. Un incremento en el nivel de remesas es consecuencia de una (más) acelerada pérdida de ingresos de las familias mexicanas, que tiene que ser solventada por los ingresos de sus connacionales en el extranjero. ¿Recibir mayores remesas es mérito de México o es de los migrantes mexicanos que, al no encontrar oportunidades laborales aquí, han tenido que huir al extranjero?

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Soy economista del Tec de Monterrey, Campus Monterrey y tengo un par de años escribiendo artículos de opinión. Escríbame. rvargas@publimagen.mx   @1ricardovargas