Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Palabras de bienvenida al iniciar los trabajos del Foro Prevención, Investigación y Sanción de la Tortura en México, organizado por la Comisión de Derechos Humanos del Senado de la República, el Gobierno del Estado de Aguascalientes, la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la ONU, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y la Comisión Estatal de Derechos Humanos, el día de ayer, 30 de julio.

Hace cien años por estas fechas, o sea en plena canícula, cuando la constelación del can marca la época de más calor del año, el 26 de julio de 1914 el gobernador de Aguascalientes, Alberto Fuentes Dávila, por mal nombre “el muertero” por aludir a su negocio de pompas fúnebres, aconsejado por su flamante (como él) secretario de gobierno, David G. Berlanga, decretó por primera vez en el país un salario mínimo: un peso diario que por cierto era lo que ganaba un maestro en el régimen Porfirista, además de establecer la jornada laboral máxima de 9 horas diarias y la semanal de 6 días y la muy revolucionaria de decretar la extinción de las deudas de los peones acasillados en las haciendas. Así, con un gobierno visionario con un pueblo laborioso y pacífico, Aguascalientes se preparaba para ser la sede de la Soberana Convención Revolucionaria, que habría de sentar las bases del proyecto de nación plasmado en la Constitución de 1917.

Ahora, la historia tiende a repetirse, un gobierno visionario con un pueblo laborioso y pacífico, en vísperas del centenario de la junta de jefes revolucionarios que habría de proclamarse soberana, el día de ayer fuimos anfitriones de una importantísima reunión nacional de seguridad, hoy, es muy grato hacer eco de la propuesta de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Senadores, que logró concitar las voluntades y los talentos de las personalidades que hoy se dan cita, con la hospitalidad de los aguascalentenses y el apoyo del Gobierno, para debatir un tema que lamentablemente sigue siendo una rémora para el desarrollo, una lacra para la imagen del país, una realidad lacerante para quienes la sufren y un compromiso indeclinable para quienes la combatimos: la tortura.

“Si como dijo el griego en el Cratilo, el nombre es arquetipo de la cosa, en el nombre de rosa está la rosa y todo el Nilo en la palabra Nilo”, versificó Jorge Luis Borges. En su nombre la tortura carga su significado, tortuoso, desviado, apartado de la rectitud, de la raíz proviene tuerto y con un ligero ajuste culterano: tormento. Sin embargo, a pesar de la conciencia social de constituir una conducta que se aleja de la normalidad, si bien esta sea estadística, la tortura ha estado presente a lo largo de la historia, como castigo, como desquite, como medio de obtención de pruebas, legitimada por la autoridad, ya fuera proveniente de la fuerza o justificada por un pretendido origen divino. La tortura se convirtió en violencia “domesticada” si vale el término, acotada dentro de ciertos límites y practicada con ciertos artefactos fabricados para el efecto. De ser violencia legitimada, violencia acotada, deriva a la última ratio, la pena de muerte. Proscrita su práctica, sin embargo ha seguido y sigue presente en la humanidad y en México persiste a un grado preocupante no sólo por su persistencia misma, sino por la tolerancia cuando no por su práctica constante como un medio de intimidación, de desintegración de la persona, y, a pesar de la legislación y la jurisprudencia, como una manera de buscar allegarse probanzas.

Parece claro que la sola existencia de las normas y la sola creación de instituciones no es bastante para transformar una sociedad, ni siquiera para modificar una práctica social, cuando no se acompaña de un cambio de paradigmas, que quizás nos remitan al dilema clásico, qué fue primero el huevo o la gallina.

Me dijeron o lo leí, para el caso es lo mismo. A un conocido asesor sicológico, el Dr. Rutilio Romero, se acercó una persona y le dijo: Doctor, ya no quiero fumar ¿qué hago para dejar de fumar? y le contestó: Deje de fumar.

¿Queremos erradicar la tortura? ¡Hay que dejar de torturar!

Durante muchos años, lamentablemente la Suprema Corte de Justicia de la Nación fue cómplice de los torturadores con una jurisprudencia deleznable que sostuvo contra toda lógica de derechos humanos, afirmando que la primera declaración rendida ante la policía, no obstante que se acreditara que el confeso había sufrido maltrato, prevalecería por tener la cualidad de la espontaneidad, de la inmediatez. Ahora, nuestra legislación se ha colocado en materia de derechos humanos en sintonía con las tendencias más modernas que ponen, como debió de ser siempre, el acento en el individuo.

Reuniones como la de hoy son el crisol para forjar los nuevos paradigmas, para transformar, como quiere el lema de la Universidad Autónoma de Aguascalientes a la naturaleza en bien del hombre y al hombre en bien de sí mismo. Si queremos y ¡SÍ QUEREMOS! erradicar la tortura es indispensable que la gente no permanezca callada cuando la sufre, no permanezca callada cuando la ve. Es lamentable percibir cómo en algunos niveles la tortura se contempla como algo concomitante a la actuación policíaca o a la reclusión en los centros de readaptación. Es lamentable cómo hay prácticas denigrantes de maltrato físico y sicológico que la sociedad no reconoce como contrarios a la dignidad. Basta revisar las planas de la nota roja para constatar la relación cotidiana de las malas prácticas que se aceptan como habituales. Igual o más preocupante resulta constatar las no pocas veces que a partir de la nota periodística se juzga y se condena sin más elementos que un informe apresurado, una redacción tendenciosa o una prosa malévola. Con todos los riesgos que implica la utilización de los nuevos instrumentos de comunicación, los teléfonos móviles, las tablets, laptops, las redes sociales, etc., se están convirtiendo en instrumentos de la ciudadanía contra el abuso de poder. ¡Bienvenidos!

Hay que insistir, hasta que duela, diría la madre Teresa de Calcuta, que en el centro de los Derechos Humanos está el Hombre, la persona humana, no un “justiciable” como se ha puesto de moda en la jerga jurisdiccional, ¡No!, es el individuo, que es punto de partida y de llegada del Derecho. No un número de expediente, ni un guarismo en un informe, ni un percentil de una estadística.

La cita es del maestro José Manuel Villalpando tomada de José Fuentes Mares, cuando éste interrogó a José Vasconcelos por el significado de la Convención Revolucionaria, le contestó: Aguascalientes “fue un lugar para la Esperanza”. Queremos que nuestra tierra siga siendo un lugar para la Esperanza. Estamos seguros que este Foro partirá de la Esperanza para plasmarse en las realidades que el país requiere para la erradicación de una práctica viciada, inútil e inadmisible, lastre para la vigencia de un real estado de derecho en que la justicia sea no una aspiración sino un ingrediente sine qua non de la vida cotidiana. Gracias por su presencia, gracias por alimentar la esperanza.

 

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