Marionetas de sí mismos

Encuentro muy peculiar que una de las piedras angulares de la narrativa dramática clásica como “Harvey” (Koster, E.U., 1950), protagonizada por el legendario Jimmy Stewart interpretando a un alcohólico que asevera tener como mejor amigo a un conejo de dos metros visible sólo para él, reemerge como fuente de inspiración de manera implícita o explícita en dos proyectos cinematográficos que se llevan tan sólo pocos días entre sus respectivos estrenos: “Amigos Imaginarios” de John Krasinski, la cual multiplica la premisa del filme mencionado al ofrecernos multitud de seres imperceptibles pero en bis sentimentaloide, y ahora “Eric”, miniserie para Netflix protagonizada por el siempre cumplidor Benedict Cumberbatch pero con un tono y trama decididamente más oscuros. Quién sabe, tal vez es sintomatología de una afección cultural producto del virus despersonalizante llamado “red social” que aísla al individuo forzándolo a producir convivencias irreales. Eso o nomás es pura coincidencia.

“Eric”, en un lapso de 6 episodios, produce un arco argumental muy ambicioso ambientado en el Nueva York de principios de los 80’s partiendo de una familia tan quebrada que llamarla disfuncional es elogiarla. En este contrahecho seno encontramos a Vincent (Cumberbatch), un talentoso artista visual creador de un popular programa matutino infantil llamado “Hola, Sol” protagonizado por marionetas. Su éxito y carga de responsabilidades para con la cadena televisiva están haciendo mella en su psique, aunado a una crianza igualmente fallida, un ego descontrolado y cierta megalomanía que ya cobró factura en la relación con su esposa, Cassie (la excelente Gaby Hoffman), entablando cruentas batallas campales en casa de las que su hijo Edgar (Ivan Morris Howe) es impotente testigo. Este chiquillo de 9 años también posee un gran don para el dibujo, lo que su padre detecta al momento de que en su trabajo se da la oportunidad de introducir un nuevo personaje al show tomando como referencia a Eric, una criatura peluda y cornuda que el niño ha creado y que Vincent en un inicio no toma en serio a pesar de la insistencia del pequeño por considerarlo. Esta es la premisa de un relato que toma forma cuando Edgar desaparece un día camino a la escuela, detonando un drama que va adquiriendo interesantes matices cuando la investigación llevada a cabo por el agente Ledroit (McKinley Belcher III) va abriendo caminos análogos a las pesquisas sobre Edgar, pues también resurge el caso de un chico afroamericano esfumado hace 10 años y cuya madre aún lucha por localizarlo mientras que una conjura que involucra a la alcaldía neoyorquina en contubernio con un antro que al parecer trafica jovencitos para clientela pedófila y el servicio de limpia de la ciudad que literalmente limpia los rastros juega un rol que sólo durante el punto climático logra colisionar con la trama principal. En el ínter, Vincent busca con desesperación a su hijo mientras sucumbe y lidia con sus adicciones –alcohol y cocaína– mientras el mismo Eric, una botarga monstruosa tipo Sully de “Monsters, Inc”, lo acompaña en el proceso aunque no necesariamente como compañero benévolo.

La creadora del proyecto, Abi Morgan, esquematiza un drama de corte existencial que se ubica entre la imaginación y la realidad ataviando a su dramaturgia de una realidad social muy franca e íntegra en su retrato urbano decadente donde aquellas facetas menos glamorosas de la Gran Manzana adquieren preponderancia, como el submundo de los desposeídos, los barrios más desfavorecidos por la entonces nefasta política económica de Reagan y el pavor al SIDA que imperaba en aquella época. A su vez, la rica confección de personajes abastece de aristas psicológicas y emotivas a la historia como el mismo Vincent, ser paradójico dedicado a la felicidad de los niños mediante sus recursos mediáticos pero a su vez portador de intensos demonios internos que perjudican la relación con su propio hijo y todos los que le rodean, incluyendo a su colega y amigo de años Lennie (Dan Fogler) con quien lleva la visión creativa del programa televisivo o el mismo policía Ledroit cuyo carácter se dimensiona al llevar una doble vida como enérgico ejecutor de la ley y ser un homosexual de closet a la vez que afroamericano, llevándolo a capotear dos estigmas simultáneamente.

Entre sospechas, pistas falsas, explosiones familiares y múltiples perspectivas que terminan por incluir al captor de Edgar (Bamar Kane), vagabundo habitante de esas catacumbas que son los túneles del metro en Nueva York, “Eric” desarrolla un hilo de miseria humana que se corta abruptamente por un desliz conciliatorio que diluye la meticulosa incisividad que Morgan y su directora Lucy Forbes primorosamente habían diseñado para su texto. Esto, por fortuna, no le quita mérito a una trama que logra conmover sin hacer mano de puerco emocional al espectador y que le otorga matices dignos a la miseria humana en forma de interacciones y momentos que sólo surgen cuando se nos lleva al límite. Una muestra de que a Netflix le va mejor en términos creativos y porta más honradez narrativa cuando se trata de miniseries como ya lo demostraron “Gambito de Dama”, “Bebé Reno” y “La Caída de la Casa Usher”, entre otras producciones de la consonante roja.

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