Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

…Y Colorín, Colorado, este cuento defectuoso se ha acabado

Hay que reconocerlo, la premisa de este filme invita a una profunda y fascinante especulación: ¿Qué sucedería si Alicia, antes de perderse en el País de las Maravillas y Peter, sin el apellido “Pan”, fueran hermanos? Mejor aún ¿Cuáles historias se desprenderían de su interacción sobre todo si su contexto fantástico existiera tan solo en sus respectivos mundos imaginarios a modo de escapismo lúdico ante una realidad digna de Charles Dickens? Esto es material sustancioso para que una película teja una exploración del universo infantil desde su inocente óptica y lo que significa en un cotidiano donde las circunstancias les son adversas. Lamentablemente cualquier posibilidad al respecto se pierde en un afán irritante por endulzar todo el proceso empleando a personajes terriblemente arquetípicos como si fueran palas que horadan muy a la fuerza un terreno rocoso e infértil donde necesariamente el meloso y algo banal guion quiere sembrar sus semillas dramáticas. Una verdadera lástima, porque la directora Brenda Chapman (“El Príncipe de Egipto”, “Valiente”), una veterana en el terreno de la animación encargándose aquí de su primer proyecto en acción real, se luce en cuanto a su meticulosa y algo exquisita mise-en-scéne que, junto a la matizada y muy pulida fotografía de Jules O’Loughlin, logra procrear una plástica muy definida que dota de identidad e incluso personalidad a la película, dejando muy rezagada cualquier propiedad narrativa que esta historia logre generar ante su trillada y enfadosa línea argumental.
Entonces, “Érase Una Vez” que en algún punto histórico impreciso -aunque el vestuario y la escenografía sugiere que probablemente sea la Inglaterra victoriana- una mujer llamada Alicia (Gugu Mbatha-Raw) les cuenta a sus hijos su propia historia, donde ella siendo niña (interpretada por Keira Chansa) convive con sus hermanos, Peter (Jordan A. Nash) y David (Reece Yates), el mayor. Sus padres son pareja biracial, toda una rareza para aquel tiempo (pero obligado en el nuestro donde todo proceso de inclusión debe entrar incluso con calzador en la trama de cualquier filme aún si no tiene sentido o alguna trascendencia en el proceso narrativo, todo en aras de la corrección política sistémica), donde el padre afroinglés, un tallador de barcos a escala de nombre Jack (David Oyelowo) y su madre Rose (Angelina Jolie) viven modestamente en una cabaña de atmósfera bucólica mientras el trío de chiquillos dedican las tardes a sus juegos en un estanque cercano donde combaten piratas y se hacen a la mar a países imaginarios. Más la tragedia los golpea cuando en una de estas sesiones lúdicas, David cae al agua y fallece, ya sea por ahogamiento o porque es alcanzado por un rayo (el lector deberá disculpar la vaguedad, pero así de imprecisa es la película durante todo su desarrollo), lo que arroja una sombra en la familia, sobre todo en Peter pues está convencido de que la muerte de su hermano fue su culpa. La forma en que los niños logran guarecer su mente de esta situación a la que se suma el incremento de deudas de sus padres, son los universos de fantasía por los que respectivamente serán célebres, pues Alicia encuentra su fortaleza enfrentándose a la malvada Reina Roja en el País de las Maravillas y Peter se refugia en Nunca Jamás, combatiendo cocodrilos y bucaneros. Por su parte, Jack decide llevar a su familia a Londres para tratar de solucionar las cosas encontrando apoyo en una amistad de nombre Charlie (Michael Caine) pero siendo antagonizados por Eleanor (Anna Chancellor), la rica y estirada hermana de Rose, quien comienza a perderse en la bebida, la cual está decidida a llevarse a Alicia para transformarla en una señorita educada y recta, como siempre ocurre con este tipo de personajes en este tipo de historias.
“Érase Una Vez” luce, habla y se siente como una cinta encantadora, pero comete uno de esos pecados narrativos muy usuales en filmes que buscan cruzar las problemáticas adultas con la psicología de los niños y que impiden una correcta gestión de sus funciones dramáticas: ser incapaz de homogeneizar sus componentes argumentales. Toda comparación es odiosa, pero si por algo “El Laberinto del Fauno” de Guillermo del Toro funciona como lo hace, es porque regula y separa la dimensión imaginaria de la que se supone es “real” en el contexto de la cinta, permitiendo que cualquier ingrediente fantástico contraponga la terrible situación que vive su pequeña protagonista, dando inclusión a otras facetas y capas de lectura mediante símbolos y metáforas con la forma de seres inauditos y mágicos. En el caso de esta producción, nada de esto cuaja e incluso tiene la osadía de vender sus elementos alucinantes como cuña para dejar siempre abierta la puerta del chantaje emocional, por lo que carece de honestidad y madurez en su empleo. Por ello la película jamás convence, a pesar de la solidez en la dirección y el obvio interés de actores muy capaces como Oyelowo y Jolie por crear situaciones y personajes humanos o conmovedores, imposible de lograr con papeles sub escritos remojados en el cliché. Este es un cuento que, desde su primera media hora de duración, pedimos que se acabe.

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