Por J. Jesús López García

Cada objeto creado por el Hombre es un compendio de conocimientos, habilidades, procesos, materiales, cadenas de interacción, significados y expectativas que cifran de alguna manera ese momento preciso de su formación, su lugar y la personalidad no solamente de su creador sino también de la sociedad donde se desenvolvió ese autor.

Aquellas personas que han estudiado los periodos del Ser humano, tendrán en mente al paleolítico como preámbulo al inicio de la arquitectura en el neolítico. En esas clases de Historia de la Arquitectura o en alguna otra en donde hubiera necesidad de analizar el tema en cuestión, se ve como los objetos que acompañaban a los hombres prehistóricos de alguna manera prefiguraban ya su deseo de permanecer en un sitio específico, un lugar donde se garantizara la buena caza, la buena pesca y la recolección de frutos.

Es probable que hayan observado una diapositiva con un lanzadardos que estaba decorado con la talla de un caballo que se amoldaba al extremo del artefacto que servía como mango. Para aquellos antiguos cazadores, el animal objeto de su constante viajar, era un talismán que buscaba fijar en un utensilio la presencia continua de su presa -los caballos no habían sido domesticados-.

Milenios mas tarde, el hombre fijó, no la presencia de su entorno en una herramienta, sino su propia presencia en el entorno de manera permanente. Así surgió la arquitectura con un revés en la manera de encarar la propia presencia, primero como espectador que busca su sustento en un medio natural que recorre a la forma de los seres migratorios, después, como protagonista en un paisaje que se amoldaba a su estancia. En éste último proceso, la arquitectura es su principal instrumento, a la vez de su talismán, el lugar donde se deposita el significado de su pasar más que por el mundo, por el tiempo.

La arquitectura no ha perdido esas funciones a pesar de su mercantilización creciente, aunque en ciertos edificios el ánimo de rentabilidad reduce o anula su calidad heredera de talismán arcaico, sólo dejando libre su carácter instrumental, pero aun con ello, si bien son cada vez menos los hallazgos, pues lo construido con un valor significativo esta por lo general a la vista de todos, aun pueden darse encuentros sorpresivos agradables, como el inmueble ubicado en la avenida Fundición No. 2005.

Lo que parece ser un chalet proveniente de lo que era el complejo de la Gran Fundición Central ha estado ahí desde hace décadas -no hay certeza que pudiera ser del siglo XIX incluso-, pero hasta recientemente es posible verlo pues la vegetación que le antecedía sólo dejaba adivinarse su forma y su composición. Es una finca que se adivina hecha en ladrillo -por lo que puede verse en el espesor de sus alféizares-, por lo que a pesar de su esquema totalmente tradicional -muros de carga, vanos verticales y cornisa de remate-, ya se vale de recursos constructivos surgidos tras la industrialización de Aguascalientes. Lo que más llama la atención es que es un edificio más grande que lo presentado en el croquis, sin embargo probablemente ya subdividido, así como su remetimiento y disposición de jardín perimetral -a la usanza anglosajona- y un sencillo porche hecho de madera y lámina de total influencia norteamericana.

Ese simple objeto arquitectónico es un compendio de un episodio de la historia local: el alejamiento de la pequeña comunidad marginal al desarrollo nacional con base en una producción agrícola modesta, para convertirse en la capital de un estado que en la industrialización moderna, ha depositado el motivo del desarrollo explosivo de su crecimiento económico, urbano y demográfico del último siglo. Ese edificio es una de las pocas fincas que aún persisten en el área que ocupara la Fundición, referentes a ese momento en la historia de nuestra ciudad, pero sirve bien como una instantánea de lo que Aguascalientes era en ese momento, de lo que no hacía poco entonces, había sido y lo que sería en adelante.

La arquitectura siempre será testimonial, aun modificada lo será. Incluso hay desapariciones de edificios que marcan el paso de la Historia. La caída del World Trade Center -las Torres Gemelas de Nueva York- el 11 de septiembre de 2001, es vista como el inicio oficial del siglo XXI. Su lugar ahora lo ocupan dos enormes vacíos contenidos en el contorno de sus plantas. La presencia de los dos edificios aún persiste, su testimonio está vigente aun sin existir físicamente.

Teniendo lo anterior en cuenta, si poseemos edificios testimoniales, no esperemos a su derribo para evidenciar su carácter de testimonio, De ellos depende en gran medida la tarea de establecer los puntos cardinales de nuestra geografía histórica. Como los hombres de la prehistoria o los neoyorquinos actuales, construyamos lo que necesitemos para vivir, adjudiquémosle un significado y apreciemos nuestro paso por el tiempo.

Tambien creo que no todo lo viejo deba de permanecer, sin embargo, seguramente que la misma sociedad tomará desiciones que correspondan a cada inmueble y, con ello, contar en la ciudad con ejemplos arquitectónicos permanentes.