Carlos Reyes Sahagún
Cronista del municipio de Aguascalientes

En México existe mucha libertad para que el artista realice su trabajo, aunque esto no es estático. En realidad, cuando hay presiones para cambiar el giro del arte, éstas no provienen de las autoridades sino de la sociedad, de grupos que ayer consumieron mucho arte pero que, debido a que el artista se ha liberado, hoy no lo pueden controlar. Entonces, por lo menos quieren que su arte no los ofenda; no ataque. Para esto ¿qué mejor que la pintura abstracta? Resulta muy efectivo encauzar a los artistas a través de galerías, críticos, becas y encargos.

Por mi parte yo siempre he gozado de mucha libertad para pintar. En el caso de los dos murales que pinté aquí a principios de los sesentas habría mucho que decir.

LOS MURALES DEL PALACIO DE GOBIERNO

El mural del sur lo pinté en 1961. Yo vine a Aguascalientes por primera vez a realizar un muralito que nos encargó la federación para la Casa de la Juventud que iba a inaugurarse y que fue la primera que se construyó en el país. Ahí hay un mural que pinté con otros tres pintores. Hice el proyecto, lo dirigí, desarrollé el dibujo en el muro y fui el que más pintó. Esto fue en 1960.

Cuando venimos a pintar este mural, lo único que sabíamos de Aguascalientes era que tenía su famosa Feria de San Marcos: las peleas de gallos y las corridas de toros, pero nada más.

La federación nos pidió este mural de la Casa de la Juventud, y yo le dije al funcionario con el que nos arreglamos: «páguenos un viaje para ir primero a ver cómo es Aguascalientes». El dijo: «no, no, ustedes hagan el proyecto así, sin más ni más, imaginario». Era lo tomas o lo dejas, y teníamos sólo 20 días para realizarlo. En estas circunstancias, debimos hacer un proyecto apresurado; un proyecto un tanto al margen de las actividades de Aguascalientes. Algo nacional.

Después, el gobernador del estado, ingeniero Luis Ortega Douglas, convocó a un concurso en el que participamos un grupo de pintores y que yo gané. El gobernador quería que presentáramos un proyecto, pero impuso una condición: quería un mural de crítica social. Esto nos sorprendió mucho porque por lo general los encargos se hacen poniendo una serie de trabas: «sí, pero no hagan esto, no hagan lo otro». El gobernador Ortega nos dio mucha libertad; era un hombre de una cultura bastante amplia.

Puesto que el fallo me favoreció, comencé a trabajar. Como pude observar, el cultivo de la uva estaba en manos de muy poquita gente; de tres o cuatro, entonces yo hice la crítica. Me llamó mucho la atención que los viñedos estuvieran tan protegidos, por lo tanto los pinté con alambre de púas. También lo hice porque observaba que al lado del viñedo próspero; verde; maravilloso, las tierras eran desérticas, llenas de piedritas, y cuando yo preguntaba sobre esta situación, el dueño del viñedo me contestaba que esto se debía a la falta de cultura del ejidatario, que era a quien pertenecían esos terrenos desérticos. Sin embargo yo observaba que las circunstancias eran otras: la mayoría de los propietarios de viñedos habían hecho un pozo profundo que requería de una gran inversión y de un permiso especial. Estos detalles y otros de los que prefiero no hablar, alejaban al ejido del cultivo de la uva.

Esta crítica le cayó directamente al ingeniero Ortega, puesto que él era el segundo productor de uva en ese tiempo; se molestó mucho pero aguantó.

Este gobernador, del que inicialmente se me hablaba muy mal, yo terminé admirándolo por su gran entereza y fuerza cuando el mural fue terriblemente atacado por la prensa, que involucró a la Iglesia. La cosa se puso difícil, sobre todo para el gobernador, ya que los ataques le venían incluso de su propio hogar y de sus amigos cristianos. El decía una cosa: «yo soy cristiano y soy de los pocos gobernadores que lo dicen, pero no me gusta que la Iglesia pretenda mandar, el gobernador soy yo».

Ortega Douglas me dejó en plena libertad para trabajar a pesar de que hubo quienes presionaron para que borrara algunas cosas. Pero yo vengo de tres razas muy testarudas: los vascos, por parte de padre, por el Barra; irlandés por parte de madre, por el Cunningham, y el indio araucano, que anda por ahí a pesar de que no lo reconocen, pero yo lo siento. El gobernador recibió una petición por parte del industrial vitivinícola, don Nazario Ortiz Garza, para borrar aquella parte del mural donde están pintadas unas garras que se llevan la parte norte del país. Esto porque le parecía muy duro, y un buen día Ortega me pide que baje del andamio, me toma del brazo, me lleva a un lugar y me pide que lo borre. Yo le contesté que había sido mucho más duro el haber perdido la mitad del territorio nacional, y la mejor parte además, puesto que en esa parte se fue todo lo que México tenía de clima mediterráneo. Él se quedó callado un rato y al final dijo: «tiene toda la razón, déjelo». Fue este el único intento más o menos fuerte que hubo contra el mural.

(Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).

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