Javier García Zapata

Hace algún tiempo leí en un periódico la reflexión de un “funcionario en receso” -desempleado, pues- que era algo así como un mea máxima culpa. El contrito autor se lamentaba (es decir, lanzaba lamentos) que en su más alto puesto recientemente desempeñado se había comportado arrogante con la población, y exponía toda una serie de consideraciones filosóficas que incluían desde la fugacidad de nuestra presencia en la Tierra hasta la inmortalidad del cangrejo, con citas tipo “Vanitas vanitatum omnia vanitas”, del Eclesiastés o “nada es verdad, todo es mentira…” de la sabiduría popular.

El texto era conmovedor, tanto que daban ganas de ir a palmearle la espalda, hacerle piojito junto con un depósito bancario y expresarle algunas palabras para que se sintiera muy orgulloso de su humildad al admitir la falta y manifestar arrepentimiento.

Antes de que estuviese lista la placa para testimoniar y reconocer tan noble actitud (una placa que yo iba a proponer que se colocara en la Exedra), este funcionario, fiel a su vocación de no vivir en el error, consiguió otra chamba en el sector público, aunque esta vez de mucha menor relevancia. Aun así, con ese trocito de poder recuperó la soberbia en toda su magnitud; claro, nada más ante los simples mortales, porque frente a quienes tenían un cargo mayor se mostraba sumiso; o sea, no aprendió la lección y todo quedó en una pieza retórica. Ahora no sé cuál es su estatus; perdí la pista y el interés.

Es una conducta, casi una condición sine qua non, entre los políticos de todo signo (bueno, casi todos son del signo de pesos): con “los de abajo” son altivos hasta el insulto, y con “los de arriba” son sumisos hasta la ignominia. Hay por ahí hasta alguna rima sicalíptica que resume esta cuestión con humor muy mexicano.

Platicando del tema con otro funcionario, le preguntaba por qué cuando llegan al poder las personas cambian, aunque en algunos casos más bien recobran su verdadera identidad; “sacan las uñas”, pues; en dónde comienza el divorcio con la sociedad; por qué se reprime incluso con la fuerza pública cualquier manifestación de inconformidad de aquellos a los que supuestamente se sirve; por qué hasta se aprueba una “Ley bala” en Puebla, por ejemplo; por qué se cierran los oídos a los reclamos, los ojos a las necesidades y la mente a las propuestas de la gente, y también se legisla en contra del interés general…

Y me decía, confirmaba él -quien también ha sido lo mismo mandamás que tercero de a bordo y desempleado- que los aduladores levantan con sus interesadas lisonjas un muro alrededor de los gobernantes, y les hacen creer que todo está bien detrás de las bardas.

–      ¿De veras no se dan cuenta lo que pasa más allá del círculo de sus aduladores? ¿Qué no leen los diarios, no escuchan las noticias, no se asoman a las redes sociales, o no ven ya de perdis las síntesis de información?, preguntaría ingenuo.

–      ¡No! -sería la rotunda respuesta del funcionario, subrayada con una estruendosa carcajada. Y en todo caso, acotaría, las síntesis están “rasuradas”, las contadas críticas se esconden o minimizan, y los funcionarios no tienen tiempo para darse una asomadita a las redes, las cuales son atendidas por empleados, quienes desde luego nunca reportan inconformidades ni protestas, sino todo lo ponen del color que los jefes quieran y quieren mirar. O sea, los aíslan para que ni el aire les dé.

Así, los altos funcionarios habitan en un quimérico paraíso custodiados por falsos ángeles, en una especie de castillo de la pureza, en una cápsula divinizadora, en una ciudadela de infalibilidad; todo construido con los “sí, señor; no, señor; qué grande es usted, señor; la creación no existiría sin usted, señor; usted es el mejor gobernante de hoy, de los siglos pretéritos, presentes y los que le resten al universo, señor; después de usted, el diluvio, señor; critican sus obras por pura envidia, señor; qué decisiones tan sabias las suyas, señor, como ésa de mantenerme en mi puesto, señor; qué bonita familia, señor; no son mentadas, señor, sino saludos a su señora madre…”, y así ad nauseam (para seguir con latín), expresiones invariablemente acompañadas de sus respectivas genuflexiones.

Los encapsulan con saliva, los divinizan, les ponen un traje como el del rey (aquí pueden disfrutar ustedes el Exemplo XXXII de El Conde Lucanor, del Infante Don Juan Manuel: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/juanma/xxxii.htm ), o la versión de Andersen: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/euro/andersen/trajenue.htm ). Quizá por eso cuando en un descuido de sus aduladores los altos funcionarios salen de la burbuja llamada “ojos que no ven todo está bien”, caen en el desconcierto ante los abucheos multitudinarios que reciben, son presa de la exasperación frente a los reclamos que les plantan cara a cara y se desencantan del pueblo “ingrato” que no reconoce todas sus maravillas.; por eso, como al rey del cuento, los envuelve la confusión ante las voces que les revela su desnudez y los pone en su realidad.

En todo caso, el desenlace es optativo: luego de saber la verdad continuar como si nada; o desenmascarar a los falsarios, sancionarlos y corregir el rumbo.

Claro que para casi nadie resulta grato que le señalen sus deficiencias y limitaciones, pero sería bueno tener presente que la adulación “es una moneda falsa que sólo tiene curso gracias a la vanidad, pero empobrece a quien la recibe”, “quienes adulan se convierten en pastor y convierten al adulado en parte del rebaño”.

Sea que lo haya tuiteado Epicteto, escrito o no en su muro de Facebook, tiene razón cuando afirma que “los cuervos arrancan los ojos a los muertos, pero los aduladores destruyen las almas de los vivos cegándoles los ojos”.

Lo dicho líneas arriba no es, por supuesto, una defensa de quienes gobiernan desde el Olimpo; es apenas un breve ejercicio para tratar de entender su actitud.

En fin, ojalá quienes ocupan cargos públicos siguieran el ejemplo de algunos sabios monarcas que se disfrazaban de mendigos (ojo: no lleva acento, es palabra llana o grave, no esdrújula), y así disfrazados se confundían entre la gente para conocer su opinión de viva voz, sin necesidad de contratar ninguna agencia tipo “Mitos aquí” para hacer encuestas, de manera que tenían un pulso más acertado de la realidad y ello les permitía tomar mejores decisiones.

Mientras llega ese deseado momento, y para cerrar con una sonrisa, recordemos lo ocurrido en un reino lejano:

–         ¿Es cierto que los dromedarios vuelan? – preguntó un sirviente a otro.

–         ¡Por Alá! ¿Quién dijo tamaña barbaridad? Quien lo haya dicho, ¡simplemente está loco!

–         Lo dijo el Visir (cuya fama de intolerante y cruel trascendía fronteras)

–         ¡Oh, Alá es grande y misericordioso! ¡Claro que los dromedarios vuelan! No muy alto, pero de que vuelan ¡vuelan! (como Magneto).