Jesús Eduardo Martín Jáuregui

“Las ideas se tienen, las creencias se viven”.

José Ortega y Gasset

En días pasados los diarios locales daban cuenta de la opinión de un alto funcionario del gobierno estatal respecto de la Seguridad Pública. Se trata, decía, de una percepción (de la sociedad) de que existe inseguridad, porque las cifras de incidencia delictiva son similares a las registradas en periodos anteriores. Si, como lo expresó el funcionario y no hay razón para ponerlo en duda, las cifras son similares, entonces no es posible que la percepción sea de mayor inseguridad. O, en todo caso, sería necesario ponernos de acuerdo en los términos.

Decía el escritor colombiano René Rebetez, que el hombre inventó el lenguaje cuando se le olvidó comunicarse, ¿será? Lo que sí es un hecho es que el pobre conocimiento y el mal uso de un idioma provoca malas interpretaciones que, aun de buena fe pueden llevar a malos entendidos, a veces con consecuencias serias. Hace unos años adquirí un vehículo en una agencia de la marca, que, como en muchas agencias similares, combinaban una serie de contratos con diversas compañías. Una era la comercializadora en el estado del vehículo, que lo hacía en uso de una franquicia que la comercializadora de la firma extranjera le otorgaba, en razón del contrato que tenía con la empresa armadora para colocar en el mercado sus productos automotrices. Yo pensé adquirir un vehículo a plazos, pero no, en realidad una financiera que llevaba un nombre parecido al de la armadora o al de la marca del vehículo, no recuerdo bien, me prestó el dinero para adquirirlo de contado. Ya siendo dueño del vehículo no podía disponer de él porque lo dejé en garantía prendaria a la financiera y para ello endosé en garantía la factura, y a mí se me entregó una carta-factura para efectos de poder obtener las placas y la tarjeta de circulación, pero formal y jurídicamente la tenencia la transferí en garantía a la financiera, quien para que pudiera hacer uso de él, me lo dio en comodato o préstamo de uso. Si yo hubiera pretendido hacer la venta de mi vehículo hubiera incurrido en diversas responsabilidades porque sobre él pesaba un gravamen real. ¡Las cosas que inventan los abogados!

Terminé de pagarlo y cuando solicité la factura en la agencia me informaron que estaba en Monterrey con la financiera, fue cuando caí en cuenta de que había allí gato encerrado o, más bien, factura retenida. Me dieron el número telefónico para hablar a la financiera en donde una mujer muy amable me explicó igual de amablemente que todavía adeudaba cantidades de no se qué comisiones, mas anexidades por no haber pagado oportunamente los pagarés. Amablemente también contesté que obraban en mi poder desde el primero hasta el último de la serie de pagarés por lo que indebidamente pretendían cobrarme alguna cantidad adicional. Un poco menos amablemente la susodicha me dijo que si no pagaba la cantidad que tenían registrada no me entregarían la factura. Un poco menos amablemente le dije que sus cuentas filibusteras me tenían sin cuidado, que no pagaría un peso más de lo que había convenido y había pagado. Ya sin ninguna amabilidad la susodicha colgó. Meses después me llamaron para preguntarme si estaba dispuesto a liquidar la cuenta, desde luego contesté que sí. Me preguntaron cuándo lo haría y respondí en cuanto me lo indiquen. Me dijeron que debería pagar una determinada cantidad y les dije entonces no necesitan que la liquide, ustedes ya la tienen liquidada. Como quien llamaba no me entendió le expliqué en seguida: liquidar no significa pagar, sino poner en pesos y centavos una cuenta, es decir cuantificar una deuda, por ello se habla de liquidar a un empleado, cuando se calcula la totalidad de lo que se le adeuda por diversos conceptos. Una vez liquidada la cuenta, pagarla es otro cantar. A mi interlocutor no le hizo ninguna gracia, pero yo sí lo consideré gracioso aunque ciertamente me burlaba de su ignorancia. Nunca recuperé la factura pero, ¡benditos inventos de los abogados!, ya tengo mi factura judicial y tan campante.

De manera semejante cuando me dicen que hay la percepción de que los organismos de derechos humanos defienden a delincuentes, inmediatamente pregunto: ¿cómo es que tienen esa percepción? ¿en qué lo percibieron? Las respuestas son variadas: lo dijeron en la radio, lo vi en la televisión, lo comentaron en el club, la amiga de una prima de mi cuñada trabaja en una oficina que tienen que ver con la seguridad pública y lo platicó, etc., etc… La realidad es que no se trata de una percepción, como no lo es tampoco en el caso apuntado al inicio de este articulejo. Se suele confundir percepción con creencia.

La percepción tiene que ver con lo que los sentidos nos informan y a partir de ello me formo un juicio mental, que, no, no lo satanicemos ¡por favor!, un juicio no es más que la adhesión de la mente a una idea. Por ejemplo, yo percibo que un lápiz sumergido en un vaso de agua se tuerce, la imagen así me lo dice, sin embargo la experiencia me informa que es sólo una ilusión óptica originada por la refracción de la luz. A lo lejos en la carretera percibo un charco que va de lado a lado del asfalto, al acercarme me doy cuenta que fue también una ilusión provocada por la refracción de la luz por el calor. Las creencias tienen que ver con la adhesión de la mente a un concepto o a una serie de conceptos aun cuando no tenga referentes comprobables. Yo creo en la transmigración de las almas, creo que tengo una naturaleza dual: cuerpo y espíritu, creo en la democracia, o en un caso extremo creo que el Necaxa ganará el torneo.

La distinción entre percepción y creencia es importante, y sus consecuencias son igualmente importantes, con el agravante que una percepción, como en los ejemplos anotados arriba, se puede modificar, cambiar, suprimir, al conocer sus causas o al profundizar en su estudio. Las creencias están en otro orden y solo pueden ser sustituidas por otras creencias, de manera que, a la manera de El Quijote, cuando estamos en presencia de una creencia, vale decir como el inmortal de la Mancha: “Con la iglesia hemos dado, Sancho.”

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