Por J. Jesús López García

En tiempos antiguos la arquitectura era una disciplina más definida en sus límites de actividad. El arquitecto lo mismo trazaba ciudades, organizaba y “delineaba” edificios y su actuar se relacionaba lo mismo a grandes construcciones simbólicas que a las pequeñas edificaciones del acontecer cotidiano. Desde imponentes catedrales hasta pequeños almacenes de grano, el arquitecto estaba inmerso en todo el proceso que partía desde crear en abstracto el edificio -ahora lo llamamos “proyectar”-, reunir a los participantes y la construcción, relacionarse con aquellos que participaban con los recursos económicos para lograr que el trabajo fluyese y desarrollar la supervisión y la administración de la obra.

Actualmente es algo similar, pero la complejidad tecnológica, social y económica de nuestros tiempos ha desdoblado a la disciplina del arquitecto en múltiples profesiones sobre las que puede apoyarse. Las ciudades han cambiado y crecido radicalmente desde que Hipodamo de Mileto (498-408 a. C.) trazó las calles de la metrópoli a la que alude su nombre, hacia el siglo V antes de Cristo.

Una de las urbes grandes en la Antigüedad como lo fue Babilonia alcanzó una población de 60,000 habitantes, poco comparado con el medio millón de una ciudad media tendiendo a ser pequeña en nuestros días en que las capitales de 1,000,000 o más de habitantes son comunes, por no mencionar los casos de las también numerosas metrópolis y megalópolis actuales. Los urbanistas por ello son ahora quienes llevan la primacía sobre esos asuntos.

Lo mismo puede decirse del mobiliario en que los diseñadores industriales desarrollan procesos de diseño y producción mucho más precisos que los arquitectos pioneros en esa rama y que no obstante haber llevado a cabo piezas de mobiliario icónicas -como Marcel Lajos Breuer (1902-1981) , Arne Jacobsen (1902-1971), Alvar Aalto (1898-1976), Ludwig Mies van der Rohe (1886-1969) o Frank Lloyd Wright (1867-1959), lo cierto es que la especialización de los diseñadores industriales ha detonado un potencial en esa rama del diseño que los arquitectos realmente hubiesen supeditado a la construcción de edificios.

Desde las ciudades hasta el diseño más particularizado del interiorismo encontramos también en esa disciplina una especialización que ha ido sofisticándose a lo largo del tiempo, especialmente en el último siglo en conjunción naturalmente de la arquitectura, pero también del diseño industrial. Figuras como Eileen Gray (1878-1976), Lilly Reich (1885-1947) y Charlotte Perriand (1903-1999) fueron algunas entre muchas figuras que conjugaron las tres disciplinas, trabajando además de manera armónica con otros especialistas del diseño.

Esa partición del arquitecto sucedió inicialmente con la aparición de la figura del ingeniero civil. La ingeniería en materia de construcción surgió como una especialidad en la arquitectura hacia el Renacimiento: aquel arquitecto que se estaba especializando en hacer “ingenios” -artefactos o máquinas- militares al servicio de los gobernantes de las ciudades italianas de los siglos XV y XVI, de ahí que a esos arquitectos se les nombró “ingenieros”. En el siglo XVIII se hizo indispensable el acometer a gran escala la construcción de puentes y caminos, por lo que con la fundación de la Escuela Nacional de Puentes y Caminos de París, se realiza finalmente el cisma entre la arquitectura y la ingeniería que para distinguirla de su pasado hermanado a la arquitectura militar, se le dio el adjetivo de “civil”.

En Aguascalientes hay un ejemplo del fenómeno aludido con un edificio de la empresa de diseño y construcción Medcer, elaborado y construido por uno de los socios de la firma quien concibió un edificio en concreto aparente en un lenguaje arquitectónico diáfano y sencillo. Al final las fronteras entre disciplinas se borran si el resultado es una buena arquitectura.