Luis Muñoz Fernández

A cierta edad es muy difícil cambiar nuestra forma de ver el mundo. Conforme pasan los años, nuestras certezas se solidifican, se fosilizan, impidiendo que pensemos de otra manera. Esta imposibilidad, nunca absoluta, es válida tanto para el individuo como para la comunidad que hoy, nos guste o no, es global. Esta interacción entre el ciudadano y la sociedad opera en sentido bidireccional: los problemas del individuo y de la colectividad ya no pueden enfrentarse por separado porque forman parte de un solo sistema complejo.

La reflexión anterior, aplicada a la pandemia actual, es la que expone con gratificante claridad Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política en la Universidad del País Vasco:

“Una de mis preocupaciones desde hace años es que debemos pensar en términos de complejidad sistémica y transformar nuestras instituciones para gobernar los sistemas complejos y sus dinámicas, especialmente cuando nos enfrentamos a riesgos encadenados, es decir, cuando múltiples cosas pueden salir mal juntas. A estas alturas [de la pandemia] es evidente que la crisis no ha sido abordada con esta perspectiva en todas sus fases”.

Innerarity nos explica que hoy “nos encontramos en medio de un problema que es, de entrada, epistemológico [relativo al conocimiento] antes que epidemiológico. Los seres humanos nos vemos obligados a pensar de otra manera el mundo cuando estábamos acostumbrados a concebirlo de un modo que ya no nos lo hace comprensible. […] El saber que se pone en juego en estos momentos es plural y atiende a distintos indicadores y valores. […] Todo esto evidencia que el saber a partir del cual tenemos que tomar decisiones no es un saber monopolizado por nadie o indiscutible, sino plural y revisable”.

La epidemia de coronavirus, colofón provisional de una crisis ecológica, económica, política, sanitaria y ética, ha desnudado nuestra ignorancia sobre la nueva naturaleza del mundo. Cuando la humanidad ha acumulado como nunca antes información de todo tipo, sufre de una inesperada ceguera. Paradójicamente, nuestra incomprensión se debe, entre otras cosas, “al exceso de información y ruido, al carácter abierto y sin límites de la realidad, al comportamiento imprevisible de nuestras tecnologías y sus posibles impactos, a la amenaza que somos para nosotros mismos… […] Esta crisis no es el fin del mundo, sino el fin de ‘un’ mundo”.

El mundo en el que nacimos y crecimos está feneciendo. Mientras, nace un mundo nuevo que nos interpela en medio de la incertidumbre y el desasosiego. Estamos a prueba.

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