Los dioses del Olimpo, deseosos de vengarse de Prometeo porque se había robado el fuego de Apolo para entregárselo a los hombres, le presentaron a su hermano Epimeteo una bella doncella llamada Pandora –la que tiene los dones de todos los dioses– con la que acabó casándose. Como regalo de bodas, le entregaron una vasija con la advertencia de que nunca la abriese. Pandora, dejándose llevar por la curiosidad, abrió la tinaja –hoy caja–, de la que escaparon todas las calamidades de este mundo.

Los “Papeles de Pandora” es el título que recibe un trabajo del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación. Esta labor es la mayor colaboración periodística de la historia, en la que han participado más de 600 periodistas de 117 países distintos. A lo largo de casi dos años analizaron 11.9 millones de archivos relativos a la creación de empresas fantasma en los llamados paraísos fiscales, lugares como Panamá, las Islas Vírgenes Británicas y las Bahamas.

Detrás de todo ello se encuentran grandes empresarios, políticos, artistas, deportistas, monarcas y hasta una orden religiosa, que crearon entre 1971 y 2018 más de 27 mil empresas fantasma para esconder sus abultadas fortunas y evadir el pago de impuestos en sus respectivos países. De los 30 mil beneficiarios, cerca de tres mil son mexicanos.

Viviendo donde vivimos, es inevitable preguntarse cuántas necesidades muy sentidas de la sociedad –buenas escuelas y hospitales públicos, empleos bien pagados, mejores vías de comunicación, etc.– se podrían haber conseguido con esos impuestos que nunca llegaron a las arcas públicas. Desde luego que este delito, que pone en evidencia la verdadera naturaleza de ciertos “filántropos” y el “sentido social” de algunas grandes empresas, no es cosa del pasado y se sigue cometiendo en la actualidad.

Boecio, filósofo y estadista romano (480-524 d.C.), autor del libro “Consuelo de la filosofía”, dice: “Aunque la abundancia derramara de su cuerno a manos llenas más riqueza que granos de arena levantan las olas del mar, o que estrellas brillan en los cielos nocturnos, no dejarían los hombres de quejarse y sollozar. Aunque el dios atendiera todos los votos, prodigara oro y colmara de honores a los ambiciosos, todo lo conseguido parecería nada, pues la codicia más quiere cuanto más devora y nunca se sacian sus fauces abiertas. ¿Qué freno detendrá la insaciable avidez, si las riquezas no hacen más que agudizar la sed?”.

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