Por: Octavio Díaz García de León

Uno de los retos para escribir un artículo es la elección del tema. Inevitablemente, una fuente fértil de asuntos son las conferencias mañaneras de nuestro presidente, las cuales casi siempre son motivo de polémica. Él fija la agenda, él dice de qué se habla y de allí surge el coro de las lamentaciones contra sus dichos por parte de aquellos que no están de acuerdo con él y por otro lado, el coro de las alabanzas de quienes lo apoyan. Todo lo cual amplifica sus mensajes de manera que no es fácil ignorarlos.

En el espacio de dos horas diarias el presidente habla de muchos temas. Algunos importantes, otros no. Pero basta un par de frases o comentarios para dominar el resto del día y, a veces semanas, la discusión pública, aunque éstos no tengan mayor relevancia.

Entre ellos, por ejemplo, la polémica que surgió por sus comentarios contra la clase media. La tentación era unirme a esa discusión. Pero creo que al respecto ya se habló en demasía y hubo quien lo hizo con especial brillantez como Jesús Silva-Herzog.

A veces le damos más importancia a las palabras que a los hechos y eso es un gran distractor, pues el espacio público se llena de debates que no llevan a ninguna parte, desviándonos de los grandes problemas del país y de cómo resolverlos.

En el entorno nacional hay señales buenas y malas. No hay protestas sociales, no hay grupos guerrilleros levantados en armas, no hay intentos golpistas, no hay escasez de alimentos, el país funciona razonablemente bien y no hay una crisis de gobernabilidad. Decenas de millones de personas fueron a votar en paz y se respetó el voto. Existe estabilidad macroeconómica a pesar de los semáforos amarillos en las finanzas nacionales, pero no existen los problemas que sufrimos en los años ochenta, en parte porque se ha respetado la autonomía del Banco de México, el INEGI y otras instituciones clave, a pesar del discurso en su contra.

Sin embargo, en 2020 y lo que llevamos de este año, nos ha tocado vivir (o sobrevivir, más bien) la peor pandemia desde la influenza española de hace un siglo, la cual ha costado medio millón de vidas y secuelas de por vida para millones de personas. Además, la pandemia no ha terminado por más que se haya tratado de minimizarla, aunado a que el sistema público de salud sigue con graves problemas, incapaz de dar atención a todos los que lo necesitan y que acusa falta de medicamentos, vacunas e insumos.

Vivimos la peor crisis de inseguridad de este siglo que marca ya 72 mil 723 muertos en lo que va de este sexenio, lo que demuestra el grado extremo de violencia que padecemos. Lo vimos con el asesinato de candidatos durante las pasadas elecciones y por los avances que ha realizado la delincuencia organizada al gobernar cada vez más territorios, desplazando al Estado mexicano.

También tenemos tragedias urbanas, no sólo por la inseguridad y la falta de servicios públicos, tal como el accidente del metro en la Ciudad de México que dejó 26 muertos y 80 heridos.

Estamos pasando por la peor recesión económica desde los años treinta, la cual tomará años en recuperarse y que ha producido la pérdida de millones de empleos, el cierre de empresas y el aumento del número de pobres. Se están llevando a cabo proyectos de infraestructura de poca viabilidad económica en lugar de inversiones estratégicas que estimulen a la economía y se han cancelado proyectos que hubieran impulsado el crecimiento económico.

Solucionar todos estos problemas es lo que debería estar en la discusión pública y la acción de gobierno enfocada a dar resultados en el corto plazo.

Más que estar al pendiente de las ocurrencias del día en las redes sociales o de los distractores cotidianos, exijamos conocer los planes para resolver los grandes problemas nacionales para debatirlos y darle seguimiento a su implementación y ver si están dando resultados.

Twitter: @octaviodiazg