Noé García Gómez

La encuesta es una técnica de investigación basada en interrogaciones hacia una parte de la población a estudiar, con el objeto de recabar información. En nuestro país con la llegada del nuevo milenio, gobiernos y partidos comenzaron a utilizar con más frecuencia este instrumento, para medir preferencias, tendencias y opiniones, tanto del actuar del Gobierno como con fines electorales. Cabe destacar que dicho instrumento tiene -o debiera tener- una consideración técnica y científica que se traduce en margen de error, esto es, la distancia en sus resultados donde pudiera variar la certeza de dicho instrumento de aplicación.

Pero a esta tendencia por las encuestas de gobiernos y partidos, se sumaron medios de comunicación y grupos de interés, hasta me atrevo a decir en hacernos creer que es una necesidad para el ciudadano saturarnos de los resultados de esos instrumentos que ellos encargan.

Localmente surgen y surgen estudios de opinión o sondeos por redes sociales, sin ninguna validez científica, basta que alguien con más de 100 seguidores en Facebook lance la pregunta ¿por quién votarías? Con fotos de varios candidatos para que las estructuras de ellos y de los partidos den la instrucción de votar, al final el candidato que se ve ganador del sorteo difundiría el resultado como si fuera el retrato de preferencia electoral, como si fuera una “encuesta” así entre comillas.

Los más sofisticados utilizan la inducción indirecta de la preferencia electoral a través de las encuestas por encargo. Este fenómeno no es nuevo. En la década pasada los partidos, candidatos y sus activistas difundían, días previos a la elección, resultados que los daban en primer lugar, para atraer el voto indeciso y consolidar el ya ganado.

Lo novedoso es que hoy se disfrace de información periodística e imparcial, y se editorializa, y por tanto con todo el peso e influencia de un medio de comunicación se busca polarizar la campaña al elevar a un candidato, estancar a otro o consolidar a uno.

Si bien es un instrumento técnico y de investigación, como en muchos otros campos, el sesgo profesional no es ajeno a los expertos serios en encuestas, quienes al abrazarse sólo a su instrumental y sobrevalorar sus resultados terminan formulando conclusiones preferenciales y equívocas. Algunos argumentarán que como se trata de un ejercicio técnico cuando un encuestador prepara una encuesta cuyos resultados son incorrectos, el impacto sobre su reputación es enorme; tengo la impresión de que en el caso de una elección, el resultado que lo podrá validar es únicamente el del día de la votación, está calculado para que en su momento si difiere –como ha pasado- pondrán miles de argumentos para justificar su supuesta “pifia”.

Las encuestas serias tienen carácter científico y pueden medir una tendencia, son un retrato del aquí y el ahora, de lo que la gente que entrevistan opina y que matemáticamente puede representar un sector de la población. Personalmente no creo que una encuesta pueda sustituir un método de elección democrática, pero sí considero que si la encuesta es ampliamente difundida, maniquea y sesgada puede incidir en los electores más vulnerables y por lo tanto influir en el resultado de una elección, ya lo decía Darrell Huff en su célebre libro Cómo mentir con Estadísticas, que “El lenguaje secreto de las estadísticas, tan atractivo, se emplea como arma sensacionalista, o para inflar, confundir o simplificar en exceso”.

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