Por J. Jesús López García

Los encuentros no esperados pueden sorprendernos a cada paso que damos al recorrer cualquier ciudad. Y es que en las urbes se van sucediendo un sinfín de situaciones desencadenadas por las acciones de innumerables habitantes, de una superposición de tiempos que van dejando en ellas marcas del paso de los días, de los meses y de los años. Las fincas de adobe se llegaron a construir tal vez hasta la primera mitad del siglo XX, sin embargo desde finales del XIX la utilización del ladrillo fue una constante para cubrir los antiguos adobes, evitando con ello, que continuaran erosionándose y se vinieran abajo, fenómeno que incluso hasta nuestros días ha llegado a ocurrir en inmuebles del centro de la ciudad.

Es así que en una sola calle podemos apreciar en no pocos sitios de Aguascalientes, intervenciones constructivas de siglos diversos, unas al lado de otras; es común apreciar incluso fincas aún más antiguas en ese vecindario o bien, inmuebles que como si hubiesen sido concebidos en fragmentos, muestran rasgos, características y elementos de épocas diversas. Pero esto último solamente es parte de esos hallazgos o encuentros no esperados que solamente se nos revelan mediante una observación más acuciosa o de un bagaje de conocimientos, que aplicado a la observación nos puede sorprender más que si prestamos ojos ciegos a nuestro entorno.

Hay encuentros naturalmente más impactantes. Si traemos a la memoria una imagen del fotógrafo francés Eugène Atget (1857-1927) en que se mostraba el acceso del Cabaret del Infierno “L’Enfer”, decorado con una cara colosal de un demonio como saliendo de entre una gruta, obviamente, su boca era el acceso. En la foto sale al centro un gendarme caminando apaciblemente que daba la sensación que estaba por ser tragado por ese demonio arquitectónico. La fotografía es icónica y el gendarme parece no inmutarse. Pero hay encuentros no tan épicos, al menos fotográficamente, y nos pueden suceder a todos, el nivel de sorpresa o disfrute depende no tanto de la familiaridad con la ciudad -el gendarme pasaba frecuentemente por el sitio del cabaret y ya no lo conmovía en lo más mínimo-, sino por el contrario, el caminarla, el atender nuevas rutas en nuestros caminos cotidianos y el estar atentos a lo que las calles y sus edificios puedan contarnos.

Es así como, si establecemos con los objetos observados un proceso de conocimiento y análisis podremos también disfrutar nuestra ciudad al pasear por ella o simplemente al circular por sus calles, ya que podremos crear un vínculo afectivo un poco más fuerte y hacer de esos encuentros con edificios o fragmentos de ciudad un nexo para comprender mejor nuestro sitio vital y las interacciones que se conforman y le han conformado, y también establecer un análisis, no exclusivamente arquitectónico.

En la calle Cosío sur se ubica una finca de color azul dividida en dos cuerpos delimitados por listones corridos de aplanado, algunos vanos enmarcados, otros no, solamente ochavados en sus esquinas los de unas terrazas delimitadas con jardineras de albañilería recubiertas de mosaico rojo. La parte baja tiene una franja de piedra como acabado aunque lo que llama la atención es su ventana del sur que da vuelta en una curva junto con el paño del edificio en su parte superior y que se realza por la presencia de un balcón. Tal vez era la promesa de una calle perpendicular que no se llegó a concretar, o algún error de proyecto que estaba por invadir la privacidad vecina. Encuentros sencillos como éste son por sí mismos un buen motivo para describir un acercamiento cotidiano, sólo es necesario que conozcamos y reconozcamos nuestra ciudad con su excelsa arquitectura.