Moshé Leher

Luchando contra el espíritu de Fran Lebowitz, de la que escribía el otro día, me he forzado a escribir un par de cuartillas al caer la tarde; luego, para exorcizar mis chamucos y para entender bien por qué esta ciudad, Ciudad Chica, no es Nueva York, ergo: no somos neoyorkinos, ni nada que se les parezca.

Leo, por cierto, que la Lebowitz, por su bloqueo dejó 16 años de aparecer en el programa de David Letterman (otro judío, ¡por Yahvé!), apenas escribe nada desde hace 4 décadas, de tal manera que muchas de las nuevas ediciones (hay una de recién aparición en Tusquets: ‘Un día cualquiera en Nueva York’), recogen reflexiones suyas en la mítica Interview, donde la fichó Andy Warhol, y datan de 1984, es decir, de hace treinta y siete años.

El asunto es que un capítulo que intento completar me llevó irremediablemente a una fiesta de barrio, que terminó siendo el de mi infancia, El Encino.

Sobre mi condición de ‘encinero’ (no trianero, Triana está en Sevilla y ya me hubiera gustado nacer allí), había una leyenda que data de tiempos inmemoriales.

Estaba yo muy niño, quizá cuatro años, con mi abuela Mercedes y mi madre en alguna zapatería del centro. En algún momento, por causas que los testigos y yo mismo desconocemos, estaba yo en el suelo pegándome con otro escuincle. Seguro de un grito, de la abuela o de mi madre, se terminó la trifulca, tras lo cual mi gachupina abuela, que era una mujer bellísima y con su dejo aristocrático, sólo atinó a exclamar, mutatis mutandis: ‘Al fin encinerito’.

Como sea esa debe ser la primera y única ocasión en mi vida que llegué a las manos para solventar mis diferencias, fueran las que fueran, con otra persona, desde entonces ha pasado más de medio siglo sin que me sintiera yo empujado a solucionar mis querellas a golpes; si odio siquiera gritar, soy incapaz de soltar un golpe a ninguno (y seguramente incapaz de exponer el tipo para que alguien me suelte uno a mí).

Volviendo a la Lebowitz y su vivir del cuento, literalmente, acabo de leer que hace tiempo se dedica, y disfruta con ello, a tres cosas: a leer, a perder el tiempo y tener la razón; desafortunadamente yo, que me encanta leer y no tengo ahora muchas opciones salvo la de papar moscas, he demostrado reiteradamente que esto de tener la razón no se me da muy bien.

En fin, que recreando, para un pasaje de mi historia una verbena popular a la que un tipo vuelve, luego de no estar allí desde su infancia, me vino a la cabeza la pequeña feria de mi infancia, junto con un montón de imágenes, de olores, de músicas deplorables, e incluso aquella carpa de variedades –a la que nunca entré-, que se levantaba afuera de la que fue mi casa y de cuya estructura colgaban, literalmente del cuello, dos pequeños monos tití.

Es por eso que hoy fui a mi barrio, para refrescar las imágenes, aunque estas calles de hoy nada tienen que ver con las de hace cinco décadas; quedan sí algunos negocios, como la tienda que fue de Esteban ‘el Güero’, la zapatería de toda la vida (que estaba media calle antes, en Colón’, la casa de los abuelos paternos y poca cosa más, salvo el templo, el Museo (que inauguraron cuando yo tenía seis años y en donde tomé clases de grabado), el jardín, la fuente y la ‘casa del Pintor’.

Me tomé un café en un pequeño cafecito de la esquina de Abasolo, viendo la torre viuda del templo, luego la lluvia me llevó a una casa que tengo allí muy cerca, donde en una terraza me senté a fumar y a ver la cúpula de la torre, la torre coronada con su cruz roja, que de manera más bien dolorosa me recordó ese libro atroz que es la ‘Biblia de neón’ de Kennedy Toole.

Extraño lugar para nacer, y crecer, para un judío desarraigado como yo, pensaba mientras evocaba imágenes, el olor de los puestos de fritangas, el picor de la pólvora en la garganta y, lo dicho, músicas atroces que flotaban entre las luces de los juegos mecánicos. No pude recordar, mientras veía que escampaba, quién dijo aquello de que le era fiel a su memoria, aunque ésta no le fuera fiel a él.

Con la recanija duda, me marché de allí por donde había venido.

¡Shalom!

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