Seminario de Cultura Mexicana

CORRESPONSALÍA AGUASCALIENTES

Eugenio Pérez Molphe Balch

Recientemente ha circulado información acerca del daño irreparable que los humanos hemos causado al planeta. Esto, producto de la ambición desmedida y la soberbia de sentirnos por encima de la Naturaleza y sus leyes, visión dominante en la cultura occidental u “occidentalizada”. Como respuesta a esto, han surgido grupos bien intencionados que proponen un cambio radical en la relación del hombre con la Naturaleza.

Algunos postulan que es necesario, o indispensable, que dejemos de consumir alimentos de origen animal. Esto debido a que tal consumo implica una situación de sometimiento, abuso y crueldad hacia los animales.

La alternativa que nos ofrecen es consumir alimentos de origen vegetal, es decir, plantas. Sin embargo, olvidamos que las plantas son también seres vivos, y cada vez hay más evidencias de que sus procesos vitales son mucho más complejos de lo que habíamos supuesto. Pueden comunicarse entre ellas y con otros organismos, se defienden, tienen memoria, y de muchas formas son capaces de percibir lo que ocurre en su entorno.

Cuando sacrificamos una res para alimentarnos de ella, estamos tomando una vida, y sin duda causamos sufrimiento. Sin embargo, cuando comemos un plato de arroz, un pedazo de pan o una tortilla, no estamos tomando solo una vida, en realidad estamos terminando con cientos o miles de ellas. Una semilla, sea de arroz, de trigo o de maíz, es un ser vivo.

Si en lugar de comerla la colocamos en la tierra, va a crecer y desarrollarse, va a interactuar con otros seres vivos, va a defenderse cuando es atacada, va a reproducirse, y finalmente, va a morir, igual que nosotros. ¿Bajo qué argumento puedo decir que es malo sacrificar una res para comerla, pero no lo es sacrificar las vidas contenidas en un plato de arroz?

El único argumento aplicable es que la res se parece a nosotros, a fin de cuentas, es también un animal. Las plantas son seres diferentes a nosotros, aún no las entendemos del todo, entonces no vemos un problema ético al hacerles daño.

Si trasladamos esta postura a nuestro entorno social, protegiendo a los que se parecen a nosotros, y sometiendo y explotando a los que no, veremos que esto ha sido la causa de las mayores injusticias que ha visto la humanidad. ¿Qué debemos hacer entonces? ¿Dejar de comer y morir para no hacer daño ni a animales ni a plantas? Creo que no, y creo también que la respuesta a esta pregunta ha estado siempre con nosotros, aunque no la hemos querido ver. Nosotros somos parte de la Naturaleza, no sus dueños que la pueden explotar sin medida, ni sus bondadosos protectores.

Esto lo han sabido siempre muchos de los pueblos nativos de América y de otras regiones del mundo. Somos sólo un elemento más de esas complejas redes que se tejen en torno a la vida y que siguen las leyes dictadas por la Naturaleza. Una de esas leyes dice que muchos seres vivos debemos alimentarnos de otros con el fin de mantener nuestra especie.