Por J. Jesús López García

Se ha comentado en tiempos de emergencia y contingencia epidemiológicas como las que estamos pasando -a nivel mundial desde fines del año pasado en China hasta esta primera mitad de 2020-, que el mejor remedio al momento, además de la higiene y de no reunirse con más gente, es quedarse en casa. El hogar es uno de los ámbitos más íntimos de todo ser humano y ahora que se menciona de manera profusa, la damos como un hecho natural a la forma de vivir de toda persona. Pero más allá de ello, es un reflejo del modo en que la gente concibe su lugar en el mundo, de ahí la desgracia de quienes sin una morada, vagan en una ciudad que a ellos se manifiesta hostil y que ahora en nuestra condición de salubridad, se desdobla como más peligrosa.

La vivienda siempre ha sido uno de los temas arquitectónicos más complejos, pues las maneras en que el ser humano se desarrolla entre la intimidad de su fuero más interno y de relacionarse con su grupo más cercano, y de ahí con el resto de la sociedad, son factores primordiales en el diseño y la fábrica de una residencia. De entre las ruinas arquitectónicas más antiguas, muchas de ellas corresponden a hogares primitivos, como los de Çatal Hüyük en la actual Turquía de alrededor de 8000 años de antigüedad, lo que da cuenta de la importancia de la vivienda en toda civilización, base incluso de una dote patrimonial, o aunque no se fuese propietario, un posicionamiento físico y social frente a la comunidad.

La casa es un tipo de edificio que se va amoldando a las circunstancias, situaciones y condiciones del tiempo histórico, pues es un importante mecanismo para registrar indicadores de todo tipo: la composición de sus integrantes -familiares o no-, el tipo de ocupación económica de sus moradores, los rangos de su ingreso, sus filiaciones culturales, la movilidad social, la época de formación de la comunidad misma y su nivel de integración / desintegración, entre muchos otros más.

En Aguscalientes, una ciudad que ha transitado de un modelo agrícola de subsistencia a uno industrial, expresa a través de sus casas esa transición, a veces de manera contundente, a veces de modo un poco difuso. Vemos por ejemplo las fincas alineadas de muros altos características del centro de la ciudad, muchas de ellas con un patio al centro del conjunto, así como con otros espacios, también patios, en la parte posterior; otras con un corredor lateral sin cubierta, vemos también chalets de varios tipos como los originales de la colonia Ferronales y otros más elaborados en las calles Madero, Vázquez del Mercado, Venustiano Carranza y Álvaro Obregón.

Luego en el siglo pasado se presentan casas modernas con cubos de luz y jardines que ya no obedecen ni al patio tradicional ni al porche norteamericano, y todo ello al margen de sus características formales: enmarcamiento tradicional de vanos, composiciones volumétricas o de planos contemporáneas, cubiertas inclinadas con teja –en algunos chalets- o losas horizontales y decoración profusa en las fincas de clases privilegiadas o ausencia de ella en la mayoría.

En lo que fue el fraccionamiento Madero-Zaragoza –justamente el conjunto de fincas definidas en el sur por la calle Francisco y Madero, por el poniente la calle Ignacio Zaragoza, por el norte la calle Alejandro Vázquez del Mercado y por el oriente la calle Cosío- específicamente en el No. 319 de la calle González Saracho, se encuentra una residencia con una sencilla fachada -probablemente se vio influenciada por el arquitecto Luis Barragán-, encontramos un gran vano de forma cuadrada enmarcado sobre un paño austero. La casa muestra en su fachada una serie de parteluces atrayentes, y lo que parece una terraza en su azotea, todo ello en una calle de suyo agradable y en la que la finca en cuestión, lejos de desentonar con su contexto, décadas más viejo, agrega una buena pieza más para seguir el hilo narrativo de lo que es el diseño de obras en nuestra ciudad. Éste ejemplar, que posiblemente tenga alrededor de 20 años, es una digna representante de su década y de nuestra contemporaneidad también.

Cada vivienda habla de sus moradores o de sus propietarios, y ahora por una condición de nuestro tiempo, nos volvemos a reencontrar con ella, y aunque los diferentes instrumentos de la vida digital nos sirvan para eludir nuestra condición física, tarde o temprano nos reencontramos con el espacio que nos envuelve y protege, tal como era en el neolítico en que el entorno aún más hostil que el actual, acechaba al hombre primitivo.

Por lo pronto quedémonos en casa y protejámonos como individuos y como sociedad, disfrutemos la intimidad que hemos logrado en nuestros espacios y una vez pasada la contingencia, volvamos a reconocer en las obras el artefacto humano que hoy como desde hace milenios, ha preservado la vida y la comunidad humanas.

Indudablemente, en estos tiempos añoramos las calles y la arquitectura; una vez superada la etapa, las aquilataremos.