Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

(Nota: Esta película se exhibe en cartelera comercial y se incluye en este espacio por su naturaleza analítica y observadora del fenómeno cinematográfico, pero es responsabilidad del espectador si decide asistir a una sala cinematográfica ante la contingencia sanitaria que impera).

Suena increíble, pero han transcurrido ya 60 años desde que Robert Wise y Jerome Robbins dirigieran esa oda a la tergiversación étnica insufriblemente maniquea llamada “Amor sin Barreras”, un espectáculo que ahora la Secretaría de Salud marcaría con etiqueta de Exceso de Azúcar y Exceso de Drama que, mediante su trama hurtada al “Romeo y Julieta” de Shakespeare, la vistosa pero ahora caduca puesta en escena, y números musicales entonces en boga logró colarse en el gusto de un pópolo que recibe sin cuestionar y la entronizó como un “clásico”, término dudoso ante el anacrónico muestrario de sus desgastados recursos morales a modo de resortes argumentales y caracterizaciones ofensivas de la comunidad puertorriqueña (la misma Rita Moreno, estrella de la cinta, ha renegado bastante al respecto en los últimos años al punto de casi deslindarse de este filme). Pero lo más increíble es que sus recursos de narración básicos aún brindan inspiración para los creadores modernos; en este caso, el aclamado cantautor y actor Lin-Manuel Miranda, quien creó la dramaturgia de esta versión cinematográfica para su obra “In The Heights”, aquí traducida como “En El Barrio”, posee una cuantiosa cantidad de energía rítmica, dancística y musical que procura opacar una historia trillada contada bajo el designio de la complacencia con careta de homenaje e incluso servitud a sus raíces latinas (él nació en Nueva York), creando un conglomerado de ideas que pretende unificar mediante un tratamiento cursi de las situaciones y los personajes que habitan un sector neoyorquino denominado “The Heights”, donde los numerosos problemas que acarrea el formar parte de una minoría racial en un país caucásico encuentran resolución mediante coincidencias, diálogos ñoños y canciones. El mensaje esperanzador, que la cinta sin engaños de sutileza, vocifera durante las más de dos horas de su duración es encomiable, incluso necesario en una época donde la administración de Trump hizo añicos las esperanzas y posibilidades de muchos inmigrantes por ocupar un lugar en el vasto tapiz anglosajón, pero cabe cuestionarse si el canal elegido por Miranda para promulgarlo es el correcto.

El eje narrativo recae en un joven dominicano llamado Usnavi (Anthony Ramos), quien ha heredado de su finado padre una tienda de abarrotes justo en el núcleo del mencionado barrio, administrándolo junto a su primo adolescente Sonny (Gregory Díaz IV) y viviendo con la abuela Claudia (Olga Merediz), mujer cubana que jamás tuvo hijos propios, pero que ha hecho de su vida una misión constante por ver que los miembros de su comunidad, en particular niños y jóvenes, tengan guía, comida y lo que sea que necesiten para salir adelante. El “sueñito” de Usnavi es regresar a su patria y levantar el bar que alguna vez fuera propiedad de su progenitor, pero, para ello, requiere de una fuerte suma de dinero, por lo que, de momento, tratará de salir adelante sorteando un proceso de gentrificación que amenaza con deshacer su hábitat urbano y desgranar a su sociedad, la cual incluye a Vanessa (Melissa Barrera), quien trabaja en el salón de belleza local, junto a tres exóticas mujeres (una de ellas es la famoso dragqueen Valentina, de ascendencia mexicana), a quien Usnavi siempre ha amado, pero sin alguna vez confesárselo. Por otro lado, Nina (Leslie Grace), una vieja amiga, regresa después de renunciar a una carrera universitaria debido a problemas de autoestima, situación que conflictúa a su padre (Jimmy Smits), dueño de una compañía de taxis que atraviesa problemas económicos, pero que la pondrá en brazos de Benny (Corey Hawkins), amigo de Usnavi y eterno enamorado de Nina, que trabaja para su papá.

John M. Chu (“Locamente Millonarios”) dirige la cinta con una sensibilidad plástica heredada de los musicales dirigidos por Busby Berkeley o Bob Fosse, por lo que el resultado visual es esplendoroso en comunión con las energéticas e ingeniosas composiciones melódicas de Miranda, pero todo sabe a recalentado, pues la loable intención por construir una narrativa que privilegie la cultura e idiosincrasia latina, en prevalencia a su ajuste en un contexto gringo, se disuelve con el transitar de estereotipos y tropos desgastados que no aportan ni pizca de sentido real u oportuno a la retórica y figuras latinoamericanas a las que, evidentemente, se pretenden rescatar de la indignidad cinematográfica, a pesar de algunos momentos rescatables que, por su fondo y forma, sugieren lo que pudo ser una película más correcta en su discurso y contenidos, como la secuencia dedicada a la abuela y su canto sobre el peso del pasado, en contraste con un incierto futuro. “En El Barrio”, así como sucede con “Amor Sin Barreras”, termina por escucharse mejor de lo que puede percibirse o leerse.

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