Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

El 25 de junio de 2020, el pleno de la Academia Mexicana de la Lengua, correspondiente de la española, eligió al doctor Alfonso Pérez Romo como miembro correspondiente en la ciudad de Aguascalientes, entre otros muchos méritos por su incansable labor como promotor del buen uso de la lengua española. Su candidatura fue presentada por personajes de la talla de Mauricio Beuchot, Eduardo Matos Moctezuma, Javier García Diego y Silvia Molina.

Luego, el jueves pasado, se formalizó su ingreso a la corporación, que ocurrió mediante la lectura de un texto que sin duda es una declaración de principios, y al mismo tiempo un recorrido por su vida, que se acerca al siglo, y que en el contexto de las múltiples voces que escuchamos cotidianamente; las voces de la ciudad, contrasta con la estridencia y falta de sentido de algunas de ellas.

Signo de los tiempos que vivimos, el acto se llevó a cabo “en línea”, tal y como ocurren muchas cosas en nuestra vida en estos días de pandemia, es decir, a través de una comunicación establecida por la Internet.

Hizo la presentación de quien fuera el primer director del Instituto Cultural de Aguascalientes el escritor Gonzalo Celorio, director de la institución, quien definió al elegido como un “hombre de Renacimiento”, alguien a quien nada humano le es ajeno, y que se ha puesto de manifiesto a través de su trayectoria como maestro de las artes, científico y humanista, y que a lo largo de este casi siglo de vida ha compartido lo que Celorio definió como “los frutos de su voz”, en evocación del poeta Carlos Pellicer.

Uno podría preguntarse cómo es que un médico pediatra es elegido para formar parte de una corporación dedicada al cultivo de la lengua, su conocimiento y preservación. El cuestionamiento encontraría una respuesta en la obra escrita del elegido -mi favorito es “Galicia, un derrotero sentimental, un libro mágico, muy propicio para soñar-. También podría plantearse que un organismo de estas características estaría integrado de manera exclusiva por profesionales de distintas ramas de estudio y actividad en torno a la palabra, el conocimiento de los autores clásicos, los hispanoamericanos, la evolución de la lengua; sus formas, etc., pero llama la atención la nómina de la academia, de la que forman parte personas dedicadas a la arqueología, la historia, la filosofía, la etnología, y ahora, con el doctor Pérez Romo, a la educación y las artes…

En mi inútil opinión este hecho, la ausencia de exclusividad lingüística en la membresía, la diversidad de profesiones y actividad de sus integrantes, pone de manifiesto la enorme importancia de la lengua; su presencia en toda actividad humana, de tal manera que se trata de un elemento constituyente de nuestra humanidad, a la que por mi parte agrego la escritura. De aquí que tenga el atrevimiento de afirmar que somos humanos, entre otros factores, porque hablamos; porque escribimos.

El recorrido del fundador de la carrera de medicina de la UAA enunciado en su ingreso a la Academia inició en la más temprana niñez, con el surgimiento de su vocación por la medicina, continuó con el ejercicio de esta noble profesión, el contraste entre la medicina de mediados del siglo anterior y la de este momento, y culminó con su paso por diversas instituciones de Educación Superior, particularmente la Universidad Autónoma de Aguascalientes, de la que fue el segundo rector, y con la que permanece ligado hasta la fecha, ahora de manera muy concreta al ámbito de las artes y las humanidades.

En este sentido, son de recordar los múltiples cursos sabatinos que ha organizado; algunos de ellos legendarios, que culminaban con un viaje “al lugar de los hechos”, según el tema que se desarrollara. Si la memoria no me engaña, hubo uno que quizá tratara del medioevo, cuyas enseñanzas fueron rematadas con un viaje de recorrido de la ruta de Santiago desde Francia.

Más importante que lo anterior, fue el impulso que desarrolló para lograr la creación del Centro de las Artes y la Cultura en la UAA, que ha dado ya importantes frutos, y con el que permanece ligado de diversas formas.

A propósito de estos temas, el doctor enunció su convicción, que muchos compartimos, de que el cultivo de las artes es de trascendental importancia para un sano desarrollo de las personas, y por ende de las sociedades.

A lo largo de su trayectoria educativa fue abriéndose paso en su mente la certeza de que el cultivo de las artes, el consumo de productos artísticos, va mucho más allá de la experiencia estética propiamente dicha, dado que se trata de un formidable instrumento para el despliegue de algunas facultades del sistema sensorial humano interno, imprescindibles para un adecuado desarrollo de las personas, como son la memoria, la fantasía, la creatividad, la intuición, la emotividad… En este sentido, se asume que las diversas artes estimulan nuestro cerebro, y lo disponen para un desarrollo intelectual, que luego florece en diversas realizaciones personales y sociales.

Si entendí bien, la constatación de esto último, trajo consigo la certeza de que una auténtica educación tendría que capacitarnos para comprender que los conocimientos que hemos fragmentado por cuestiones prácticas, forman un conjunto que en la realidad no sólo está unido, sino que interactúa todo el tiempo. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).