Jesús Eduardo Martín Jáuregui

(Sobre las capas relucen manchas de tinta y de cera

Tienen, por eso no lloran  de plomo las calaveras.

Con el alma de charol vienen por la carretera.

Jorobados y nocturnos, por donde animan ordenan silencios de goma oscura

y miedos de fina arena.

Romance de la Guardia Civil. Federico García Lorca.)

En el Senado de la República se debate el futuro inmediato y quizás mediato de nuestra patria. La propuesta de una sabandija atemorizada, por medio de una indigna “representante popular” arropada por un grupúsculo de su calaña, que, por salvar el pellejo y lograr un salvoconducto de sus acciones políticas, hicieron propia a nombre de las piltrafas de lo que fuera el Partido Revolucionario Institucional, la voluntad presidencial de prolongar el virtual estado de sitio con la militarización progresiva del país.

El presidente de la República ante el fracaso estrepitoso de su política de seguridad pública se echa en manos del ejército, al que determina unir la Guardia Nacional, para formar de derecho un sólo cuerpo con el Ejército, la Marina Armada y la Fuerza Áerea. Decisión que si a partir de sus propias palabras y acciones es inexplicable, menos lo es desde la perspectiva de una república democrática y federal, como en el papel pretende ser la nuestra. Inexplicable porque en su último informe manifestó el presidente que la delincuencia había disminuido sensiblemente en muchos renglones y afirmó también haber disminuido ostensiblemente la violencia, negó que la delincuencia organizada se haya enseñoreado de varios espacios del territorio nacional y presumió del éxito de su política de “abrazos no balazos”. No se explica entonces que si la política y los organismos de seguridad pública han funcionado se pretenda fusionar un organismo por definición constitucional civil, la Guardia Nacional, con el Ejército. La conclusión es obvia, el presidente también en este tema nos mintió. O bien los datos que nos comunica son falsos y la seguridad y pacificación de que alardea no corresponden a la realidad, o bien, su intención desde un principio ha sido desaparecer los cuerpos policíacos para concentrar la fuerza y las armas en un sólo organismo incondicional y a su servicio (por lo pronto), o lo que es peor, ambos extremos son ciertos, falsea la realidad y su obsesión por el poder lo lleva por ese camino de la autocracia.

Por definición el ejército no es democrático, su estructura, sus jerarquías, su disciplina, su toma de decisiones, no pueden pasar por procedimientos democráticos. Es un organismo al servicio del gobierno que monopoliza, también por definición la fuerza pública, pero el gobierno puede ser democrático o dictatorial y el ejército estará a las ordenes del que manda, y, la historia, incluso nuestra historia, con frecuencia los militares sucumben a la tentación de mandar, de encabezar el gobierno y decidir con la fuerza, suplantando la voluntad democrática. Su condición de fuerza lo hace proclive a mandar.

Como un anticipo de lo que podría ser el fortalecimiento de  la hegemonía militar, tenemos la intervención del Gral. Secretario de la Defensa Nacional, que hace unos días en un acto público repitió su lealtad al presidente, al que consideró como representante de la voluntad popular, olvidando que en nuestro país hay tres poderes y que el único soberano es el Congreso. El general protestó su adhesión a la política presidencial y lanzó una advertencia a los que no la secunden y se opongan al fortalecimiento de la seguridad con el empoderamiento de la milicia. Grave y peligroso que el Ejército por conducto de el Gral. Secretario tome posiciones políticas y haga admoniciones a la ciudadanía, que tiene todo el derecho de opinar y actuar en contra de la militarización del país.

Los argumentos en favor de la militarización pasan por decir que esta militarización no es militarización, argumento para retrasados mentales. Si desaparece la policía federal y el cuerpo civil que lo sustituiría pasa a ser militar, no hay duda de la militarización. Se afirma falazmente que con ello se evitará la corrupción y la posibilidad de infiltraciones de la delincuencia. Desmemoriados o malintencionados, hace apenas unos meses el Almirante Secretario de Marina reconoció que entre los elementos de los cuerpos militares se daba un mercado negro de armas y que gran parte del armamento de los grupos delincuenciales provenía de los que obtenían de los elementos activos o desertores. Se olvida que algunos de los carteles más violentos se formaron a partir de elementos militares, los zetas, por ejemplo. Se pasa por alto que el grado de deserciones es altísima y que la configuración misma del ejército parte de un reclutamiento son bajas exigencias. Son conocidos los procesos a los que muchos militares han sido sometidos y es conocido los “negocios” que otros realizan desde aspectos tan simples como cambio de furnituras hasta la comercialización de armas y municiones a través de los favorecidos para realizar las importaciones.

Un argumento aparentemente fuerte es la lealtad. No olvidemos que la “Marcha de la Lealtad” tuvo lugar como consecuencia de la deslealtad y traición de militares, no olvidemos que en la muerte de Obregón estaban presentes militares, no olvidemos que Calles desmanteló los mandos, que un general, Saturnino Zedillo se insurreccionó, y que el General Manuel Ávila Camacho desapareció el sector militar del partido oficial y puso coto a los abusos y desmanes de muchos militares, incluyendo su hermano. Las tentaciones son fuertes y los militares son tan humanos y proclives a ellas como cualquiera.

Por ello, siguiendo el viejo proverbio ranchero, “no hay que poner todos los huevos en una canasta”. Policíacamente es un error, el ejército no está preparado para la labor policíaca. Políticamente es un error, es entregar demasiado poder y demasiada fuerza a un cuerpo. Humanamente es un error, hacer depender toda la fuerza armada de las ocurrencias de una sola persona (el presidente) es un riesgo grave. Tácticamente es un error, la desaparición de contrapesos y controles deja a merced de unos cuantos el futuro de una nación. Democráticamente es un error, pretender con la fuerza suplantar la voluntad popular tarde o temprano tendrá el efecto de crear un caldo de cultivo para un rompimiento violento.

No despertemos al México Bronco, dijo en alguna ocasión Jesús Reyes Heroles.

(Por instrucciones de la Junta Militar

nos prohibieron la reunión a diario en el Café de Andrea

el último en salir no tuvo prisa en apagar el cigarrillo

porque era como su libertad entre los dedos.

La imagen y el Recuerdo. Víctor Sandoval. )

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