COLUMNA CORTE1ª. Función
“PERDIDA” (“GONE GIRL”)
“Quisiera romperle el cráneo a mi esposa y revisar su cerebro para descubrir qué es lo que piensa…”. Con este ominoso parlamento en off, Nick Dunne (Ben Affleck) enuncia y comprime el eterno enigma que representa el convidar una existencia con otra vida, luchar contra la marea individualista y ser uno en el otro, como diría Fromm, y que a la larga la historia mediante su inercia humana ha definido y condensado como “matrimonio”. Lejos de la almibarada armonía que Hollywood se esmera en representar a través de sus dulzonas fantasías conyugales capturadas en celuloide, “Perdida”, dirigida con asombrosa soltura y agudeza por David Fincher, proyecta una sombra sobre la convivencia matrimonial en la ficción fílmica contemporánea, mediante un acto de desaparición y el nada halagüeño retrato que este incisivo cineasta realiza sobre el acto consciente de sobrevivir en un mundo carente de estabilidad emocional, financiera y social, acompañado o acompañada de alguien hasta que la muerte los separe. La cinta encuentra su médula narrativa en los apresurados conflictos de una pareja integrada por un escritor llamado Nick y una afamada escritora de textos infantiles de nombre Amy (Rosamund Pike). El dimensionamiento de su conflictuado universo se genera mediante el atinado recurso de la cronología no lineal, desarrollando tiempos paralelos entre el pasado y el presente. Así, atestiguamos ese momento crucial en el que se conocen en una fiesta -evento permeado por una nada azarosa artificialidad- y un subsecuente proceso de descarrilamiento cuando su vida se topa con esas catástrofes existenciales por todos conocidas, como las dificultades económicas, el aburrimiento que deriva en una abrumadora rutina, las infidelidades  y la violencia verbal, golpes brutales a su modelo vivencial. Estas viñetas se alternan con un devastador elemento actual: la desaparición de Amy en la fecha de su quinto aniversario, lo que produce una movilización por parte de Nick, su hermana Margo (Carrie Coon), los suegros y la policía, todos empeñados en localizarla… casi todos, pues Nick toma una actitud relajada al respecto y su conducta casual orilla tanto a los personajes secundarios como al espectador a preguntarse si acaso tendrá algo que ver con el desvanecimiento de su esposa, al parecer dado en circunstancias violentas y misteriosas. Este evento es tan sólo el detonante para generar una exploración profunda y cruda sobre la naturaleza humana cuando ésta se empantana en el cliché del amor posmoderno. Fincher teje un delicado tapiz psicológico que funciona gracias a las excelentes actuaciones de todo el elenco (Affleck en particular se muestra a gusto en su papel de torcida disposición meliflua) y el atinado guión de Gillian Flynn -basado a su vez en su exitosa novela- deja ver detalles tácitos sobre la oscuridad en las motivaciones cotidianas y sus colisiones emocionales en un modelo argumental de este drama en tinieblas, la cual cuenta con una conclusión bastante contundente. Filme maduro, estilizado y equilibrado que manifiesta una reflexión válida en la era de la autocomplacencia y autogratificación por Internet: aún acompañados y afianzados a un sentimiento de seguridad entre cónyuges, tal vez estemos irremediablemente “perdidos” en un vasto y ominoso universo doméstico.

2ª Función
“EL DADOR DE RECUERDOS” (“THE GIVER”)
En una era futura, la humanidad ha encontrado que la clave a un camino utópico es despojar de la mente humana todo vestigio de conductas, emociones y sentimientos que pudieran considerarse problemáticos. De esta manera, los sujetos son condicionados a encarar sus responsabilidades personales, familiares y laborales con base en los dictámenes de un consejo liderado por una jefa de cualidades cuasi omniscientes (Meryl Streep, muy ad hoc a este papel). En esta comunidad de aparente perfección (pero carente de color… literalmente) habita un joven llamado Jonas (Brenton Thwaites), quien convive de manera alegre y lúdica con sus mejores amigos, Fiona (Odeya Rush) y Asher (Cameron Monaghan), quienes se acercan a la edad donde les serán dados por la mencionada líder sus oficios a desempeñar por el resto de sus vidas adultas. El destino de Jonas adquiere un giro interesante cuando le es encomendado el título de “Receptor de Recuerdos”, aquel que acrisolará en su mente todo aquello que la raza humana ha elegido desdeñar para eliminar sus diferencias, como el amor, el odio, la guerra y demás. Tales recuerdos le serán otorgados por El Dador (Jeff Bridges), un anciano que vive en una aislada cabaña en los límites de esta sociedad y que le mostrará a Jonas todo aquello que define al ser, pero que ha olvidado. Al hacerlo reencontrará su humanidad y tratará de que otros la recuperen, aun a costa de su propia vida. Las pretensiones filosóficas y reflexivas de este relato, basado en una novela de Lois Lowry escrita hace 20 años, son ricas y en esta iteración cinematográfica algunas logran salir airosas y otras simplemente se diluyen en un evidente afán por agradar al público juvenil amamantado por las modernas “sagas” con historias de desabrida plastificación. La dirección del veterano Philip Noyce afianza todos los nudos dramáticos de la cinta y tanto Streep como Bridges logran sacar jugo a sus atrayentes roles, pero la historia se narra con tal rapidez y preocupaciones dinámicas, que todo su potencial metafísico se extravía entre persecuciones y situaciones pueriles entre los chicos, especialmente cuando se pretende explorar la relación semi romántica entre Jonas y Fiona. Un relato tibio que en pantalla adquiere color conforme los personajes adquieren conciencia de sí mismos, pero que en el fondo sigue siendo gris, muy gris.

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