Estoy contándole de la ocasión en que Mi dulce compañía y yo fuimos a ver si era cierta aquella especie que escuché hace meses, de que la isla del Cristo Roto de la Presa Calles, en San José de Gracia, había desaparecido, devorada por el agua circundante por la sequía, y que ahora se podía llegar a pie hasta el ídem de la escultura.

Para ello tomamos la carretera rumbo a la Congoja, pero unos kilómetros antes de llegar a San Antonio de los Ríos entramos en una terracería que conduce a las instalaciones de turismo ecológico que se divisan desde la cabecera municipal, y que tiene como destino final el punto más cercano de la isla, justamente por donde se introdujeron la maquinaria y los materiales para la edificación de la obra. Mientras conducía, intenté recordar cuándo fue la última ocasión en que recorrí ese caminito, pero no pude; quizá ocurrió en ese propio año de 2005, el año en que se levantó la imagen. Lo digo porque observé algunos cambios que no acaban de gustarme… Tierras cercadas al margen del sendero, construcciones a medio acabar, en algunos casos con letreros de “se vende”, algún predio cercado, si así se le puede llamar, con llantas desechadas, una zona escarbada, supongo que para obtener materiales de construcción, otra zona desmontada, la tierra preparada para la siembra, la omnipresente basura, botellas de plástico, de vidrio, restos de cervezas y refrescos. No muchas, pero sí demasiadas. ¡Siempre es demasiada la basura en el campo! Y luego con estos calores, con esta sequía, el vidrio y quizá el plástico pueden convertirse en amplificadores del calor que nuestro dios El Sol nos envía, así como para encender un fuego; para que arda la Tierra y enviar más humo al aire. ¿No pensamos en esto?

En fin… Otra novedad es que ahora hay una puerta en el camino que impide el libre paso. Son dos columnas de ladrillo que sostienen un enrejado del que cuelgan varios letreros, uno de plástico en plena desintegración. Uno de ellos dice: “Respeta mi terreno, yo te respeto. Porfa, llévate tu basura”, otro: “Estimados visitantes. Les seguimos recordando que por favor se lleven su basura, de manera que si no lo hace, nos veremos en la necesidad de restringir la entrada, ¡Gracias!” Pues sí, pero, ¿cómo le hacen para monitorear esto y ubicar a quienes ensucian? Los otros avisos dicen, en plástico verde: “Por favor cerrar la puerta con candado al entrar o salir”, y el otro está tan roto, tan deshecho, que sólo es posible leer aquello de “Atento aviso a los visitantes”, y no mucho más…

La puerta está resguardada por un hombre que, como Caronte, el barquero del Estigia, pide una cooperación para pasar. Resuelto el trámite, seguimos adelante. La verdad… No puedo menos que sentirme conmovido con el paisaje, porque, contra la sequía, que es uno de los tantos sinónimos de la muerte, ¡tantos como tiene la desgraciada!, hay aquí un clamor por la vida, como de brazos abiertos hacia el cielo. En efecto, la vida se abre paso, ahora a duras penas, prácticamente todo en riesgo de sucumbir, la vegetación con tanta sed, como se pone de manifiesto nomás de observar el entorno. Y, sin embargo, hay tanta vida por ahí, en los nopales escuálidos, de esos que nombran duraznillo, los cardenches, con sus flores no erectas, buscando el Sol, sino caídas por la falta de agua, otros arbustos, mezquites cuajados de heno, y una que otra palmita de hojas filosas.

Observo el panorama y viene a mi mente el paisaje lunar, ese sí muerto, lleno de cicatrices, sin ninguna clase de protección contra todo tipo de acechanzas cósmicas, sin algo que ponga de manifiesto la presencia de vida; algo… Y pienso en la enorme fortuna que tenemos de vivir aquí, un lugar al que tratamos con la punta de los pies; como si se tratara de un basurero.

Caminamos todavía un poco por el camino hasta que llegamos a un parejito… Dispense que me detenga un instante en esta palabra, que viene como la lluvia a la tierra; como la playa al mar, para lo que quiero decir; para lo que vino a mi mente ante el panorama que se me mostró. Escuché este término en una obra maestra que expresa de manera inmejorable a la Muerte Mexicana, el corrido de los dos muchachos, del excelentísimo Guillermo Velázquez y sus Leones de la Sierra de Xichú. Dice la letra que Aquileo y Juventino salieron de un baile precedidos por La Muerte, que iba cuidándoles las pisadas “pa’que no se trompezaran”, hasta que llegaron a un parejito en el que dirimirían el asunto que traían con Juana Calixto…

La verdad, creí que la palabra, que en la oscuridad de mi mente vislumbré como un espacio abierto, y en el caso de la canción, un terreno baldío, no constaba en el diccionario de la Real Academia Española, pero resulta que sí, que es la segunda acepción de la palabra parejo, y significa “liso, llano”. Por mi parte, agregaría que “liso y llano, dicho con cariño”. He escuchado en el rancho otra palabra que bien podría ser sinónimo: plan, el terreno libre de vegetación, lo que se hace para preparar la tierra para la siembra, o para torturarla con una construcción. Plan como en el Sube y baja, que sube y que baja, que llega hasta el plan. ¿A dónde irán los muertos? ¡Quién sabe a dónde irán! (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).