¿Cómo le fue de elecciones? ¿Ganó su gallina… o su pollito? ¿Está conforme con el resultado; al menos el que va hasta este momento? ¿Tenemos todavía país? ¿Lo seguiremos teniendo? ¿Tomó ya su dosis de antídoto para inmunizarse contra el cólera electoral?, por si las dudas… Demasiadas preguntas para mis pobres luces. Por lo pronto, le sugiero, tal y como haré, que se pertreche con un buen tazón de palomitas de maíz, la bebida de su preferencia, se apoltrone en su sillón favorito y se disponga a disfrutar de las actuaciones que tendrán lugar en el Gran Teatro del Mundo de la Política Mexicana, con los dimes y diretes que irán y vendrán en estos días, las amenazas y los aplausos, las recriminaciones y acusaciones propias de la temporada, los mea culpas. Desde luego, no olvide abrocharse el cinturón de seguridad, también por si las dudas. En fin. Ya veremos… Por lo pronto, le cuento que el martes pasado, mi Dulce compañía y este servidor de la palabra que soy, hicimos acto de presencia en San José de Gracia, para que no nos dijeran ni nos contaran ni mucho menos lo demás, sino para verlo con nuestros propios ojos, la verdad de la noticia escuchada en más de alguna ocasión en los meses precedentes, de que, debido a la sequía, y así como Moisés y su pueblo atravesaron el Mar Rojo a pie, así ahora se puede hacer lo propio desde San José hasta la estatua del Cristo Roto, algo nunca visto por esta generación, y a lo mejor tampoco por la anterior. He leído en la prensa local sobre sequías tremendas en los años 40 y 50 del siglo pasado. Así que no tendría que extrañar que anduviéramos en las mismas. Y sin embargo, la especie; la posibilidad, no dejaba de parecerme alucinante: ir a pie a donde hasta ahora sólo era posible hacerlo en lancha, o a nado. En el verano de 1991, cuando llovió como pocas veces en esta zona, que cada vez con más intensidad le da la espalda a su nombre, fuimos a ver si se llenaba la presa y si desbordaba por el vertedero, pero no fue para tanto, el agua se quedó a unos dos metros de alcanzar el vertedero de demasías, o más. Con la gran extensión de la planicie del antiguo Sitio de Marta, dos metros es demasiado, así que ni de cerca estuvo de llenarse la presa, aunque ciertamente es la segunda ocasión en su historia que alcanzaba ese nivel; la primera fue en 1935, cuando la inundación acabó con la hacienda de Paredes. Ahora fuimos a ver si ocurría lo contrario, si la presa estaba vaciándose. En 2005 tuve el privilegio de seguir más o menos de cerca el proceso de construcción de la escultura del Cristo Roto y la infraestructura que se generó alrededor de esta. Cada semana, durante esos meses iniciales de aquel año, fui a la isla con los arquitectos José Luis García Ruvalcaba y Guadalupe Villanueva Clavel, a realizar visitas de inspección. Bueno, ellos; yo, nomás de mirón. Por ello sabía qué camino tomar para llegar lo más cerca de la isla, en el suroeste del embalse, que fue donde se embarcaron los materiales y las máquinas, y que no es en la zona denominada Las playas, al fondo de la Avenida Juan Domínguez -es en serio; así se llama esta arteria- donde se abordan las lanchas para ir a la isla, están las áreas comercial y gastronómica, el estacionamiento y una capilla. No, no es por ahí. Más bien hay que darle la vuelta a la presa, dirigirse hacia el noroeste, para luego girar al sur y entrar por una terracería que está unos kilómetros antes de llegar a San Antonio de los Ríos, el primero de los tres poblados ribereños de la presa (este, Paredes y El Tecongo, y no es albur). Por cierto que por ahí también se va a donde estuvo el pueblo viejo de San José de Gracia, del que seguramente se ven ahora algunos restos, sobre todo empedrados de calles, no el templo, que seguramente hace muchos años cayó, víctima del agua, y menos su torre, que no tenía. De igual manera, este camino comunica a la carretera con los negocios ecoturísticos que se observan desde la cabecera municipal, presa de por medio, y que quién sabe si sigan vivos en este momento, debido a la pérdida de agua. Así que no llegamos a la cabecera municipal, sino que giramos rumbo a la Cieneguita por la carretera que conduce más o menos hasta la capillita de Guadalupe, una construcción excepcional, que se divisa prácticamente desde cualquier lugar de la zona. Giramos hacia la derecha y fuimos dando la vuelta. Ya entonces pudimos constatar la tremenda sequía… En verdad el agua se ha alejado de manera notable. Así lo indica la zona donde no hay mayor vegetación que el pelillo, el zacatito a flor de tierra, todo seco; todo amarillo, es decir, no hay ni árboles, nopales, arbustos, que señalan claramente la zona hasta donde llegaba el agua antes… Por ahí andan algunas reses, comiéndose esto que a fin de cuentas es paja, porque de agua nada, aunque extrañamente se observan algunas zonas verdes… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).