En esta búsqueda de la isla del Cristo Roto, mi Dulce Compañía y este servidor de la palabra recorrimos la primera península de la Presa Calles para llegar al lugar más cercano a la isla. Atravesamos un camino franqueado por nopales, hasta que llegamos a un parejito, es decir, un claro en el que no había prácticamente nada de vegetación, salvo el pasto seco, que es poco, y plantados aquí y allá, algunos huizaches de esos que también llaman garabato, además de harta boñiga y piedras. El parejito era tal, que por momentos el camino tendía a desaparecer.

A unos… ¿qué sería? ¿150 o 200 metros de distancia? estaba pastando un rebaño de reses que claramente iba camino de la inanición; animales que mordisqueaban la pobre yerba del entorno, casi haciéndole cosquillas a la Tierra, en tanto otras bebían agua de la presa.

Confieso que en un primer momento supuse que todavía no nos acercábamos a la ribera, es decir, que mi mente esperaba la llegada a la orilla de la presa, donde podría ver de más cerca el Cristo Roto. Pero he aquí que el borde se había movido de lugar, hacia el noreste y el suroeste, de tal manera que, señoras y señores, la presa quedó partida en dos, y hasta nuevas lluvias. Si se considera que el embalse tiene forma de trinche, como si la base estuviera al sur, y hacia el norte los tres dientes, resulta que ahora este tenedor tiene sólo dos dientes, y el otro, el del noreste, el que colinda con la cabecera municipal, está separado; así de grave está la situación. Hacia el norte; hacia el entronque de Tortugas, y la carretera a Túnel de Potrerillos, las aguas han bajado hasta mucho antes de la blanca capilla de la Virgen de Guadalupe, convirtiendo todo aquello en una gran planicie, ideal para el pastoreo de ganado y los paseos en cuatrimotos, aunque también hay zonas que parecen haber sido cultivadas, y en otras se aprecian los cauces de agua que alimentan la presa, secos.

Por esta razón; por este estar esperando ver la ribera, tardé un poco en divisar la escultura, reconocerla en medio de esa extensión de tierra emergida, brutalmente seca, esto porque en alguna medida se mimetiza con el paisaje circundante, amarillo -el amarillo del invierno; de la primavera-, la estatua con su color café, rojizo… ¿De qué color es el Cristo Roto?… Ahí estaba, su pierna tapada por la vegetación verde, los mezquites que se encuentran ahí, el brazo en alto, que visto desde esta perspectiva parecería que la mano está empuñada, como si protestara por el cambio climático provocado por la contaminación, la tala de árboles, el asalto a la naturaleza que estamos cometiendo, etc., que a su vez traen como consecuencia esta atroz sequía.

Si la escultura se diluye en su entorno, por su color café, es la velaría lo que permite una fácil ubicación, gracias al intenso contraste que ejerce con su blanco brillante. Y además, por si fuera poco, el cielo hacia el sureste estaba nublado de una manera muy propicia para un buen aguacero, sólo para que las nubes pasaran de largo, o simplemente permanecieran en el aire, haciendo gala de egoísmo.

Tuve la intención de caminar hasta el pie de la escultura, que al fin y al cabo estaría a unos… 300 metros, a ver si podía vislumbrar, aunque fuera muy de lejecitos, cómo se sentiría el pueblo hebreo al cruzar el Mar Rojo, pero dos factores me disuadieron de mi intención: en primer lugar, alguien construyó una barda de piedra -total: eso sobra por estos lares-, y también alguien (¿o debo decir alguienes?) ha estado creado ahí montañas enanas de escombro, una fila larguísima, que separa la otrora isla de esta otra fracción de tierra. Es como cuando llega un camión de volteo y vacía su contenido para formar una pequeña cumbre.

Yo no sé… Quizá esta fuera una buena oportunidad para desazolvar un poco la presa, quitar de ahí tanta piedra como hay que, digamos, estorba a la ansiada acumulación de agua. Pero, ¿a quién le interesaría? ¿A los josefinos, a la gente del distrito de riego, los beneficiarios de las aguas de la presa? A lo mejor me contestarían que para qué, si nunca se va a llenar…

La segunda razón por la que no camino hasta el Cristo Roto es el rebaño que está ahí, voy a sonar sarcástico: pastando, esto porque una de las vacas ha dejado de comer y me observa con expresión entre curiosa y defensiva. Entonces, no vaya a ser el diablo… Por cierto que hay ahí una importante acumulación de boñiga, lo cual indica que el lugar es usado como potrero y que las vacas pasan ahí mucho tiempo. En cuanto a la barda de piedra, se edificó porque las reses llegaban hasta las inmediaciones del monumento, cosa que molestaba a la gente.

¿Y cómo no iban a llegar, si ahí hay vegetación fresca, alimentada con riego? Pero dudo que molestaran a nadie, por aquello de cada quien su vida y las reses irían ahí a lo suyo; comer y sobrevivir. En todo caso los administradores del lugar querrían evitar el estiércol que dejan a su paso y la probabilidad de un encuentro indeseado con algún imprudente.

En cierta medida la ausencia de vegetación, digamos, mayor, ofrece una evidencia de la zona de la que huyeron las aguas. Otra, aún más clara, serían los restos de los muelles, tanto en este lado como en aquel, las estructuras construidas exprofeso para facilitar el tráfico de los elementos que sirvieron para la construcción del monumento, la explanada, los nichos, los pasillos, el embarcadero… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).