Enrique Luján Salazar

Después de dos años de no celebrar la Feria Nacional de San Marcos hemos llegado al festejo de este año 2022 con una gran intensidad y diversidad de actividades culturales, económicas, gastronómicas y lúdicas entre otras. Una feria que se destaca por su alegría, embriaguez y relajamiento social.

En Aguascalientes estamos de fiesta. ¿Qué significa ‘estar de fiesta´? ¿Qué relevancia tienen estas actividades que tanto preocupan a comerciantes como a gobernantes? ¿Sirve de algo enfiestarnos y perdernos entre la multitud que, desafiante al COVID-19, se abalanza a los espacios públicos y abarrota plazas, casinos, restaurantes y sitios de espectáculos? En medio de crisis económicas, ambientales y de salud, de guerras devastadoras que alteran la vida cotidiana, ¿qué necesidad -o derecho- tenemos de festejar y subvertir el orden cotidiano? ¿Qué anhelos o deseos impostergables se cubren en una feria?

Las diferentes culturas humanas siempre han tenido una multitud de fiestas y carnavales, relacionadas con tradiciones herméticas, religiosas, militares o atléticas. En el México prehispánico, como en el novohispano o en el México actual el calendario de las fiestas y su seguimiento ritual ha estado siempre presente en el interés de la vida comunitaria. El alma mexicana exulta el júbilo por los poros y vive entusiasmada cada una de sus celebraciones festivas. Si lo simbólico y lo lúdico definen al mexicano, nada tan importante en su vida como la fiesta…

¿Qué nos regala la fiesta tan pretendida? ¿Hacia dónde nos lleva la fiesta en medio de las dificultades que vive México y Aguascalientes?

La mayoría de los antropólogos y pensadores nos señalan que la fiesta nos permite huir de la rutina, salir de ese tiempo asfixiante marcado por el calendario y las responsabilidades laborales, nos permite detener alegremente el tiempo lineal y escapar de las cotidianeidades que nos abruman para poder encontrarnos con el rostro del otro que es igual a mí, que siente y anhela una mejor vida. Ver a los otros no como medios sino como fines que nos posibilitan nuestra propia formación y crecimiento humanos, de tal manera que podamos formar un nosotros, una comunidad que anula lo individual para encontrar su verdad en la colectividad en medio de la fiesta. Esto supone que podemos alterar la vida normal y dar paso a un momento en que viajamos al momento de lo indefinido, de lo agitado y lo bullicioso liberando así las cargas del día a día.

La fiesta se llena de color frente al claroscuro cotidiano, la fiesta ilumina esas regiones recónditas que ocultamos diariamente en las funciones y en los trabajos que desempeñamos y que requieren de orden y norma. La fiesta incluye esta transgresión para poder otear la vida en su totalidad. La celebración festiva se ha caracterizado por romper límites ya sea con respecto a la bebida, la comida o el placer. En el argot popular se afirma que en toda festividad: “hay que darse gusto…”, “hasta que el cuerpo aguante…” y “hasta caer rendido…”.

Esta es la singularidad de la fiesta conjunta lo vital y lo mortuorio; salud y enfermedad; bullicio y soledad; inspiración y expiración… el cansancio que provoca la intensidad de la fiesta es a la vez el relajamiento que nos permite seguir adelante.

Los rituales antiguos y los actuales que requerían de sacrificios y de salir de sí mismos incluían la promesa de un nuevo inicio, de una nueva comunidad, ya fuera con los dioses o con los seres humanos… La fiesta nos da la promesa de poder enfrentar nuevamente lo rutinario, nos otorga la resiliencia ante el devenir asociado a la frustración y el temor al futuro; la fiesta nos libera de las cadenas de control, nos emancipa de la labor absurda que sólo se realiza por un mísero salario y nos lleva a vernos a nosotros mismos en el espejo e interpelación de los demás. De aquí, la búsqueda de ser otro mediante los recursos de la máscara o los disfraces que nos posibilitan ser aquello que deseamos o nos permiten actuar como quisiéramos o incluso nos protegen de los enemigos humanos o naturales. Roger Caillois lo ha descrito bellamente: “La fiesta es la reunión de lo sagrado y lo profano, lo serio y lo grotesco, la vida y la muerte. La fiesta es un himno a la vida y la muerte regeneradora: un principio y un final indisolublemente unidos.”1

La comunión con otros que propicia la fiesta, nos acerca tanto a lo humano como a lo animal, vindica la condición racional como la condición pulsional del ser humano, de aquí la paradoja de la fiesta que conjunta la alegría consciente con lo caótico de los instintos. Tal como señala Freud, la vida humana es la conjunción entre dos pulsiones básicas Eros y Thánatos, vida y muerte, razón y sinrazón. Somos seres singulares y, a la vez, seres que se confunden con otros, somos la ola del mar que encuentra su sentido en su disolución marina.

De esta manera, la fiesta nos iguala, nos hace sentirnos bien recibidos y acogidos bajo el manto comunitario y a veces anónimo de la festividad, nos reúne y disuelve las jerarquías preestablecidas. Es la aventura, la generación de nuevas posibilidades mediante el rompimiento de reglas y órdenes preestablecidos lo que genera el júbilo de la fiesta, momento propiciatorio para generar fuerzas para una nueva vida y alentar la esperanza de otros tiempos mejores.

Esperamos que este reinicio de la fiesta sanmarqueña sea propicio no sólo para el abotargamiento de los sentidos y la dilapidación de la fortuna, sino una expresión de comunidad que vive y trabaja con intensidad, pero a la vez requiere de estos momentos de esparcimiento para dar cauce a las necesidades vitales, pulsionales o culturales mediante la vivencia de actividades que renueven la comunidad hidrocálida. Ciertamente, el vínculo de la Feria con el festejo del apóstol San Marcos ha ido quedando en el olvido. Pero esta figura contiene elementos simbólicos que afirman los rasgos de la vida humana: el desierto y el león; el vacío y la fuerza para enfrentarlo; la capacidad de reiniciar una nueva vida apartir del reconocimiento de lo que verdaderamente se quiere. Éstos nos envían hoy un mensaje renovado que nos convoca a mirar esta fiesta con una mirada más aguda que permita interpretar la complejidad de esta celebración.

Estas son sólo algunas ideas para vivir más intensamente la experiencia de esta fiesta. Queda abierta la invitación a vivir la fiesta para obtener más vida, sea por deleite, por negocio o por contemplación, pero que no se trate de una experiencia vacía, sino que ésta nos dé fuerzas para resignificar la rutina cotidiana y atisbar esos momentos en los que podemos cumplir nuestros deseos más íntimos.

[1]Roger Caillois, Lo sagrado y lo profano, Fondo de Cultura Económica, México, 2006.

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