La película de los corazones rotos.

Parece increíble que al director australiano Baz Luhrmann le haya tomado 8 años el confeccionar esto, su soñado proyecto sobre la vida de Elvis Presley, pues su lectura en base a la kilométrica duración de dos horas y media es apresurada y sin profundidad. Luhrmann se aferra a su estructura narrativa hueca y plástica estrambótica ya vista en sus patéticos intentos previos como “Romeo + Julieta” (1996) o “Amor en Rojo – Moulin Rouge” (2001) para suplir la cárcava a fondo de los materiales dramáticos que sustenten, en este caso, la biopic de una figura de la talla de El Rey del Rock ‘N Roll, pues así como ocurre en toda su filmografía todo lo constriñe a una montaña rusa sensorial que cachetea la visión sin darnos algún mendrugo discursivo a cambio.

El gran problema que presenta éste eterno videoclip (bueno, uno de muchos) es que desde el título se vende la promesa que la leyenda nacida en Tupelo, Mississippi será el punto focal de la historia cuando en realidad la mirada predominante será la de su manejador, un holandés expatriado que llegó a las Américas con hambre de fortuna conocido como el Coronel Tom Parker interpretado ruinosamente por un Tom Hanks embutido hasta los cachetes de maquillaje que lo hacen ver más como una caricatura obesa que como un personaje real. Su constante narración en off mata varios de los aspectos dramáticos del filme por dos razones: le resta toda razón protagónica a quien se supone debería llevar la batuta argumental –Elvis- y todo cuanto enuncia en éste tiempo psicológico son vacuidades y banalidades queriendo pasar por diálogos profundos.  La única sorpresa que por fortuna es de naturaleza agradable es la interpretación de Austin Butler, actor televisivo que logra ponerse los coloridos trajes de Elvis con convicción dando una muestra de histrionismo tanto corporal como vocal que resucitan al Rey en pantalla sin permanecer en la mera imitación. Su trabajo posee distintos rangos que van desde el idealismo iniciático de Presley cuando riesgosamente  impregnó a sus interpretaciones de los tonos musicales afroamericanos justo cuando Norteamérica estaba sumida en la segregación racial hasta su despegue como estrella vocal en los más famosos programas de televisión. Butler logra modular su actuación acorde a los momentos que vive su personaje mientras es llevado de la mano por el ambicioso y ludópata Coronel Parker por un gradual estado de confinamiento en hoteles y casinos extinguiendo toda posibilidad de realizar giras internacionales tan sólo para explotarlo hasta el último céntimo. Ésta dinámica que debió ser integral en el desarrollo dramático de la película permanece únicamente como un juego maniqueo donde Elvis poco a poco renuncia a lo que ama (su madre Gladys, su esposa Priscilla y su hija Lisa Marie) en pos de las pastillas y un público que se le entrega fervorosamente y cuya exigencia mina su salud hasta el desenlace fatal que todos conocemos bajo la mirada complaciente de Parker. Toda posibilidad de auscultamiento a éstos seres quebrados y delimitados por la ambición queda en nada por el desinterés igualmente cruel de Luhrmann por instalarse en la complacencia o la imaginería facilona.

“Elvis” no cuenta algo novedoso, no trabaja la psicología del mítico cantante a algún nivel de interés y queda claro que las ambiciones argumentales de Baz Luhrmann no van más allá a la de postularse como el Michael Bay de los musicales prefiriendo aturdir visual y semióticamente en lugar de ponerse serio y hacer su chamba narrativa como le corresponde. Éste es un filme desfajado, despiadado  y sin chiste que seguramente le romperá el corazón a los seguidores del mito musical.

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