Culmino ahora esta serie, dedicada a recordar el fatídico accidente aéreo ocurrido la tarde del 10 de abril de 1968, del vuelo inaugural de la ruta Aguascalientes-México. En la entrega anterior, terminé reflexionando a propósito de si los pilotos, los pasajeros, vislumbraron lo que venía. Quizá el avión se vio inmerso en un banco de nubes, el agua convertida en gas, sopesando la textura de las hojas de los árboles; posándose en ellas, y de pronto comenzaron a aparecer ante los ojos espantados de los pilotos las formas definidas, de las copas de los árboles, moviéndose a una velocidad de vértigo, los primeros roces, todavía superables, las hélices como sierras que mutilan las ramas más tiernas, el intento infructuoso de elevarse, el avión disponiéndose a reaccionar, demasiado tarde, y el golpe inicial, y los demás, el metal rompiéndose, el silencio y los gritos, y la lluvia posándose sobre la piel inerte de los viajeros…

El doctor Ismael Landín Miranda, hermano de uno de los muertos, recuerda que todavía algunas semanas después su padre le comentaba: ‘Oye: César y Antonio eran muchachos jóvenes; a lo mejor no están muertos, están heridos por ahí, buscando ayuda’. A lo que el médico contestaba: ‘No, papá. Se nos fueron; ya están donde deben de estar. ¿Entonces los viste tú? Claro, papá, los vi… Supongo que era una especie de recuerdo esperanzador; una ilusión, esto porque, como se recordará, nadie más que los rescatistas y el doctor Landín vieron los cadáveres, cuyos féretros fueron cerrados para evitar que nadie constatara el estado en que quedaron.

Por su parte, el profesor Olivares guardó durante muchos años cierto sentimiento de culpa, dado que fue él quien invitó a los muchachos veinteañeros a ir en el avión… Desde luego, semejante sentimiento es lógico, pero carente de fundamento; ¿quién podría saber lo que iba a ocurrir? ‘Yo tuve la culpa. Dile a Toño que me perdone. Yo fui el que les dije: hay lugares en el avión’. Este Toño al que se refirió el profesor Olivares era el padre del amigo de su hijo muerto, Antonio Landín Miranda. Esta remembranza y declaración hecha al pediatra ocurrió casi 25 años después, en 1992…, en Roma, cuando Olivares se desempeñaba como embajador de México en el Vaticano, signo de que el padre no había superado el dolor por el hijo muerto; aunque ya para entonces fuera tolerable.

Ese año trágico de 1968, como todos los años, la feria se realizó y el gobernador siguió con su actividad, pero evidentemente tomó distancia de los festejos. Basta revisar la prensa de esos días para ver fotografías del Ejecutivo estatal realizando alguna actividad, luciendo lentes oscuros. Muy probablemente, seguir con su actividad pública constituyó una especie de terapia ocupacional. Por cierto que siendo gobernador del estado, Olivares fue nombrado secretario general del PRI, cargo que asumió al concluir el sexenio.

A propósito de esto último, el médico de niños recordó una mención del accidente que hizo el profesor Olivares en su último informe, que ahora cito de manera textual para dar fin a esta narración. Y dice: ‘Durante seis años, al conducir los destinos del Estado, mi vida osciló entre desvelos, la angustia, el dolor y las satisfacciones. … Dolor porque estando la familia entre lo más sagrado para el hombre en la vida, los miembros que integraban la mía se hicieron menos y hubo imposibilidad de darles todo el tiempo y el afecto que se merecen. Porque había que distribuir sin regateos, tiempo y afecto a la colectividad que me hizo surgir y a la que me debo.

Terminaré con este tema con una nota más amable. A raíz de un primer artículo que publiqué sobre este tema hace algunos años, el médico traumatólogo, Carlos Hernández Sánchez, me platicó que el señor Urbano Guerrero le contó que iba a viajar a México en ese vuelo inaugural, y entonces les ofreció aventón a unos periodistas que estaban cubriendo el acontecimiento. Ya en camino al aeropuerto les dijo que lo esperaran unos momentos porque debía firmar unos papeles en la agencia Ford de los señores Guzmán, que entonces estaba en la acera poniente de José María Chávez, muy cerca de donde hoy se encuentra la Avenida Ayuntamiento. Por alguna razón el señor Guerrero se entretuvo en la firma de los documentos, de tal manera que cuando llegaron al aeropuerto, el avión estaba despegando.

Acto seguido llevó a los reporteros a la Central Camionera, todo avergonzado por haberles hecho perder el vuelo, dado que debían llegar a México; a sus periódicos, para llevar la información; a lo mejor hasta les disparó el boleto. Llegaron los periodistas a México, y se dirigieron a su rotativo. Cuando llegaron los recibieron con un ‘¿no que se habían matado? ¿Cómo que matado? Sí, el avión se estrelló, y murieron todos…’ Total que el retraso les salvó la vida. El señor Guerrero, que escapó a la muerte ese día, vivió alrededor de 100 años. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).