Estoy contándole sobre el accidente aéreo del 10 de abril de 1968, en el que murieron varias personas de Aguascalientes, entre ellas los jóvenes César Enrique Olivares Ventura, hijo del gobernador Enrique Olivares Santana, y Antonio Landín Miranda, un amigo de aquel, hijo de quien fuera presidente del Congreso del Estado, diputado Antonio Landín Rodríguez. Prácticamente desde un primer momento, Héctor Hugo Olivares Ventura e Ismael Landín Miranda, hermanos de los difuntos, montaron guardia en la sede de la Cruz Roja, en la avenida Ejército Nacional de la Ciudad de México. Ahí fueron trasladados los cadáveres y se hizo la identificación. También comenzaron a llegar familiares de las víctimas, sus conocidos de la Ciudad de México, para realizar esta tarea terrible.
Landín recuerda que hacia las 5 de la mañana del viernes se presentaron en la Cruz Roja el secretario de Gobernación del gobierno que encabezaba el presidente Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría Álvarez, y su esposa, María Esther Zuno de Echeverría, para informarse sobre el curso de los acontecimientos, y ofrecer su apoyo. «Pienso que era uno de los amigos reales de Olivares Santana». Pese a los años transcurridos, Landín recuerda que, dada la hora, ambos se presentaron impecables, como si de ahí el secretario Echeverría se dirigiera a su oficina, a iniciar la jornada.
Los cadáveres estaban mutilados de una manera inmisericorde, brutal, como si una mítica bestia hubiera tomado los cuerpos y roto sin consideración de ninguna especie, en un gesto por demás inútil. En algunos casos estaban carbonizados, situación que dificultó la identificación y generó una circunstancia de confusión, dado el estado en que se encontraban. Entonces, los familiares buscaban algún elemento de que asirse para llegar a una conclusión inequívoca, una medalla, un torzal, el traje. También habría que decir que en algunos casos se encontró evidencia de rapiña… Faltaban relojes y en algunos dedos se puso de manifiesto, por huellas en la piel, que los anillos habían sido quitados por la fuerza. A propósito de esto, el médico del pueblo recordó que, a la hora de maniobrar los restos del propietario de la línea aérea, y disponerlos para su entrega a la Tierra, se encontraron en una bolsa interior de su saco $17,000.00, muchísimo dinero si se tiene en cuenta que el salario mínimo en esa época era, en promedio, de $24.15. El hallazgo fue acompañado por una mirada de los rescatistas, como diciendo: «se nos fue».
Una vez identificados los cadáveres, se tomó la decisión de cerrar los féretros, para que nadie viera el estado en que habían quedado; siempre será mejor recordar a alguien en vida, y no inmerso en la obscena humillación de esa muerte que les tocó. La CONASUPO, que encabezaba el profesor Carlos Hank González, facilitó un avión, otra vez un DC-3, para trasladar los cadáveres.
Los féretros fueron llevados a la casa del profesor Antonio Landín, en la calle López Velarde. Entonces se tomó la decisión de no velarlos hasta el día siguiente, y más bien sepultarlos esa misma tarde, dado el tiempo que había transcurrido desde el momento del óbito. Entonces fueron llevados al panteón de la Cruz, tal y como se acostumbraba en aquel tiempo, en que no había tanta prisa ni vehículos: las carrozas circularon a vuelta de rueda y los deudos caminando detrás de ellas. Fueron llevados al panteón de la Cruz, en donde se encuentran, justo en la primera fila de tumbas, ligeramente a la izquierda. No hubo misa puesto que era viernes santo, y la Iglesia guarda silencio.
El doctor Landín recuerda: «Unos días después fuimos al lugar del accidente. Cuando llegamos… La parte frontal del avión estaba quemada. De la mitad para atrás, el aeroplano se había dislocado, sus partes regadas por todos lados, las alas, los motores, aunque algunas partes habían quedado completas.»
Como era de esperarse, esos días estuvieron acompañados por el estupor, la incredulidad, la tristeza y uno que otro «si hubiera», esto último porque, a la hora de estar en el lugar de los hechos mirar hacia arriba; hacia las copas de los árboles, como si las hubieran rasurado, el doctor Landín cree que si el avión hubiera ido 200 metros más arriba; 100, no se hubiera estrellado. La explicación de lo ocurrido fue que había dificultades para la visualización en la llegada al Valle de México, «cielo cerrado. Era un día marcadamente nublado, y lluvioso como suelen ser los días de la Ciudad de México, las tardes lluviosas. Pero aparte de esto el Valle de México siempre ha sido complicado para los pilotos.»
El DC-3, dice el doctor Landín, «es un avión de hélice, sin mucha aparatología, con el que dicen que los pilotos capaces se daban el lujo de ciertas maniobras». En el momento de la catástrofe ya había establecido contacto con la torre de control; estaba a punto de llegar. El aeroplano fue rasurando las copas de los árboles hasta que se estrelló. «Pienso que perdió altura; mala la visión del piloto o un presunto abuso de capacidad.»
Aparatología… ¡Vaya manera de referirse a los instrumentos de una aeronave! Ahora que rememoro las palabras del médico de niños de pueblo, imagino esos momentos finales del vuelo. ¿Cómo sería? ¿Tendrían los pilotos un atisbo de lo que estaba por ocurrir, o fue toda una cosa a la vez?: el golpe, el trueno que se extingue de inmediato, y luego el silencio, la oscuridad definitiva (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com ).